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Compasión

Marzo 12, 2017 - 11:55 p.m. Por: Paola Guevara

Esta semana, por primera vez en sus 125 años de existencia, la Policía Nacional empezó a contar las historias de las mujeres policías víctimas del conflicto armado interno en Colombia.

Cinco periodistas fuimos invitados a contar -con libertad de visión y de estilo- la historia de cinco mujeres policías que probaron el lado más atroz de la guerra en carne propia.

A este proyecto ‘sui generis’ se sumó un editor de la talla de Jorge Cardona, editor general de El Espectador y ganador del Premio Gabriel García Márquez como el mejor editor de Colombia en el 2016.

El resultado es un libro de carácter no comercial titulado ‘El género del coraje’, que fue presentado el pasado jueves, y que se constituye en el primer ejercicio de memoria histórica que una fuerza armada haya hecho en torno a las mujeres y el conflicto colombiano.

Me correspondió contar el caso de una joven policía oriunda de Villavicencio, Meta, llamada Angélica Cruz, que encontró la muerte en una emboscada de las Farc en la vereda de Inda Zabaleta, a 45 minutos de Tumaco.

Granadas, cilindros bomba, ráfagas de ametralladoras y, finalmente, fuego, arrasaron la escena donde fueron tomados por sorpresa cinco policías, un subintendente y cuatro patrulleros, entre ellos Angélica Cruz.

Si algo me causó un profundo impacto fue la respuesta de la madre de Angélica cuando le pregunté si creía posible el perdón, a lo que ella respondió que el perdón es irrelevante: “Si perdono, mi hija no volverá. Si no perdono, mi hija no volverá. El problema no es de perdón, entonces, sino de aceptación. ¿He aceptado que mi hija no volverá? Sí, lo acepto. Ya no lucho contra los hechos, ni intento imaginar cómo pudo haber sido distinto”, dice esta mujer humilde que fue madre y padre para sus seis hijos.

Y añade -como un ejemplo de lo que son los héroes anónimos que le permiten a este país seguir existiendo- que en su corazón solo hay “compasión” por los guerrilleros, “porque también le duelen a alguien, porque también tienen madre, padre, hermanos, y no merecen morir antes de tiempo”. Y porque, concluye, “todos, policías, militares o guerrilleros son colombianos pobres matándose unos a otros, robándose la juventud unos a otros”, mientras el jugoso negocio de las drogas y el poder va por otro lado que ni sospechan los caídos.

Qué tal si, como dice esta madre sufrida y sabia, el problema de Colombia no es de perdón sino de compasión. Porque el perdón es una relación vertical: yo, bueno, te perdono a ti, malo. Mientras que la compasión, un formato horizontal, es ver la materia común de la que estamos hechos.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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