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De princesas y bestias

Marzo 26, 2017 - 11:55 p.m. Por: Paola Guevara

Está en carteleras ‘La bella y la bestia’, y es justo reflexionar sobre el papel de las princesas de cuento en la configuración de nuestra idea de mujer.

Para empezar, una princesa no tiene nada propio, todo lo que tiene le viene de herencia, no construyó nada, no trabajó por nada, no mereció nada.

Y la validación de su lugar en el mundo le viene dada, esencialmente, por los hombres: el padre sin carácter que la mima en la infancia y el marido poderoso y acaudalado, que la protege en su adultez y la rescata de las garras de las demás mujeres.

Porque si algún enemigo natural tienen las princesas son las otras mujeres, por eso van por el mundo encontrando por doquier madrastras malvadas, hermanastras malvadas, brujas malvadas, reinas malvadas, y hasta hadas malvadas que lanzan hechizos transgeneracionales.

Le queda entonces, a la princesa, su belleza como única arma, y es esa belleza que a las demás mujeres inspira envidia y a los príncipes inspira deseo, la que en últimas les ayuda a resolver sus grandes problemas monetarios. Y, de paso, los de su familia.

Como talentos de princesa están los caseros, bordar, barrer, coser, cocinar, limpiar, dirigir el hogar y lograr que todos los enanos de casa se laven las manos antes de cenar.

Y si acaso una princesa tiene un talento distinto al hogareño, como en el caso de Ariel, que tiene una voz de sirena prodigiosa, es interesante el análisis que hace la muy talentosa escritora caleña Carolina Andújar.

Ella nos advierte (a propósito de su libro ‘El despertar de la sirena’) el mensaje aterrador tras el cuento en la versión de Disney: Ariel renuncia a su don natural (pierde su propia voz para ir tras el príncipe), abandona su elemento (el agua, su reino) y acude a la modificación corporal para encajar en el mundo de su amado (cambia su hermosa aleta de sirena por dos piernas), para ser, a fin de cuentas, rechazada.

Admitámoslo, algunos padres crían pequeñas “princesas” esperando que al crecer se conviertan solo en “reinitas” del hogar sin voz ni autonomía.

Y si bien los cuentos de hadas, con princesa abordo, permiten en la infancia aprender importantes lecciones morales y asimilar las primeras nociones de bien y mal, qué ingenuo es pasar de los 30 para pensar que un arquetipo tan estrecho como el de la princesa es capaz de explicar la complejidad, profundidad, diversidad, capacidad, inteligencia y maravilla de ser mujer.

Qué tal que, por estar jugando a las princesas después de tiempo, nos termine por parecer adorable una bestia.

Sigue en Twitter @PGPaolaGuevara

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