ricardo villaveces

Indignación

La indignación es una de las características más frecuentes de estos tiempos. Todos tienen una razón para sentirse indignados y consideran que deben expresar su sentimiento. Esto reduce el riesgo de que se generalicen las arbitrariedades y las actitudes autoritarias que se pueden ocasionar cuando los que así actúan creen que sólo ellos tienen la razón. Y, como dice Moisés Naim, hace que sea más difícil sostenerse en las posiciones de poder, pues todo se cuestiona y los argumentos de autoridad pierden fuerza frente a la difusión de la información y al conocimiento que todos podemos tener acerca de quienes se encuentran en el lugares destacados.

Lo anterior, sin duda, es positivo. El problema radica en la manipulación que se puede hacer de estos sentimientos por quienes tienen su propia agenda y son capaces de orientar las acciones de los indignados hacia sus propios intereses. La formación de opinión fundamentada en las verdades, las verdades a medias y las mentiras no puede menos que preocupar pues, si bien entre la gente que expresa su indignación hay posiciones sólidas producto del conocimiento del tema o resultado de la reflexión y una información suficiente, la inmensa mayoría se forma una opinión es alrededor de los titulares de los noticieros, de los comentarios superficiales de algunos comunicadores, o del discurso de quienes buscan es propósitos asociados a sus aspiraciones antes que al bienestar general. Más grave aun cuando la posición se asume a partir de esos aludes de información que inundan las redes sociales con toda clase de contenidos. Algunos serios y dignos de tenerse en cuenta y otros, la mayoría, resultado de esta ‘propaganda negra’ que nos abruma en estos tiempos de la postverdad.

Protestar es un derecho de todo ciudadano y es algo que debería fortalecer la democracia y, sin duda, son muchas las razones legítimas para el descontento. Sin embargo, mezclar todos las causas de indignación en “un mismo costal” no permite, entender las motivaciones de fondo pues habrá gente que protesta por los malos servicios de salud, otros por la inseguridad, algunos porque perdieron privilegios, muchos por algo tan justificado como su rechazo a la corrupción y otros porque ven una oportunidad para hacer campaña mirando a las próximas elecciones.

El problema de esto es que lleva a conclusiones simplistas como pensar que el gobierno es el responsable de todos los males olvidando que son tantas las causas para que se originen los problemas. Solo basta pensar la dificultad que el ciudadano corriente tiene para diferenciar entre el ejecutivo, el legislativo y el poder judicial y la tendencia para cobijarlos todos por la idea de que eso es el gobierno para ver que frente a sus preocupaciones la más probable es que se generen nuevas frustraciones. Reforzar este mensaje de que todo está mal y protestar en forma tan generalizada solo estará contribuyendo a reforzar el pesimismo y a seguir creando las condiciones para fórmulas extremas, mesiánicas, que rechazan todo lo que se ha construido y alejadas de las instituciones, con todos los riesgos que ello puede aparejar.

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