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Adiós a Sergio Pitol

“Leí hace poco que te habías muerto en un accidente, ¿es cierto?”, le pregunta el escritor mexicano Sergio Pitol, en un sueño, a un conocido con el que se encuentra en un restaurante y con el que termina yéndose a beber a un bar, para concluir, al despertarse del sueño y encontrarse en un avión, en pleno viaje a Moscú, que tal vez ese hombre había venido a traerle un mensaje. ¿Pero qué mensaje? ¿Que moriría pronto? ¿O un saludo de alguien desde el más allá? Al final del sueño, escribió Pitol, el hombre no le dijo nada, tal vez porque su vocabulario era muy limitado y sólo acertaba a decir trivialidades. Un mal mensajero del destino, con mínima capacidad expresiva. Esta escena, que proviene de su libro ‘El viaje’, me vino a la memoria con la noticia de su muerte, y la busqué, con la manía del lector que, al morir un escritor que admira, va a buscar algo a sus libros. ¿Qué busca uno? Nada en concreto, tal vez algún mensaje o el saludo de alguien desde el más allá. Los escritores, y más aún Pitol, sí gozan de una gran capacidad expresiva para enviar mensajes, sea desde el más allá de la muerte o desde ese otro más allá (aunque cercano) que puede ser la indiferencia o la lejanía.

La obra de Sergio Pitol, tan sofisticada y genial, llegó con cuenta gotas a Colombia, y por eso yo mismo tardé en conocerla. Supe de su existencia por Enrique Vila Matas en un libro llamado ‘Lejos de Veracruz’. “Fui a Xalapa porque me dijeron que ahí andaba quedándose a vivir Sergio Pitol”, escribió Vila Matas, y yo al leer esto sentí ganas de leer a Pitol y, tal vez, algún día, de vivir un poco en Xalapa, o incluso de quedarme a vivir para siempre en Xalapa. ¿Por qué no? México siempre me ha producido un extraño sentimiento: ganas de ser más joven, para ser un muchacho colombiano que llega a México y se deslumbra e influencia con todo lo que ve.

Tardé en leer sus libros. Para ser sincero, lo conocí primero a él, personalmente, en una tarde inolvidable muy lejos de Veracruz, en la Feria del Libro de Praga. Si no recuerdo mal fue en el año 2004, en un bellísimo galpón art nouveau que parecía una vieja estación de ferrocarriles. Mlada Frontá, la editorial que tuvo a bien interesarse por mis libros, publicaba a Sergio Pitol, así que participamos juntos en un debate sobre literatura. Pero Pitol hablaba en checo, y si yo admiro algo es el don de lenguas. Me quedé sin palabras. Cuando fue mi turno pedí sinceras disculpas por no hablar checo y apenas dije trivialidades, como el mensajero del sueño de Pitol. Mi capacidad expresiva se vio muy limitada ante su enorme talento. Al fin en el 2010 fui como profesor invitado a la Universidad Veracruzana, por dos meses, y así pude vivir Xalapa y conocer la casa de Pitol, su increíble biblioteca, sus amados perros. Me entristeció saber que había perdido a sus dos padres siendo un niño de brazos, a ambos el mismo día, ahogados en un río durante un paseo familiar, y que poco después murió su hermano. Su timidez, la lejanía en que vivió y su elegante silencio me hicieron creer que los recordaba a diario. Ahora creo haber leído todo lo que escribió y no tengo duda de que fue un autor genial, que seguirá creciendo y enviando sus mensajes desde ese lugar que es la literatura y que es el único espacio de la experiencia en el que sí existe el regreso, y donde la lejana infancia aún puede ser feliz.

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