Columnistas

Aeropuertos 2017

Agosto 15, 2017 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Me dice mi amigo Alfredo Rey, caleño notable, que la destrucción del viejo aeropuerto de El Dorado (en aras del nuevo) no provocó ni una lágrima, no generó a nadie tristezas o nostalgias. Por eso escribiré hoy sobre aeropuertos, que son, de un modo muy preciso, los grandes templos contemporáneos de la nostalgia. ¡El viejo El Dorado! Por él hice mi primer viaje a Europa, en 1973.

Yo tenía 8 años. Recuerdo el placer que sentí al cruzar las puertas y adentrarme en eso que era todo un misterio. Por fin me tocaba a mí. Subir a un avión en horas de la tarde y ver el anochecer de la ciudad desde lo alto. Este viaje por poco acaba en tragedia, pues dos horas después de nuestra llegada a Roma el aeropuerto de Fiumicino sufrió un ataque terrorista, con 39 muertos.

A los 19 años me fui de Colombia, definitivamente, por El Dorado. Fue como asistir a mi propio funeral. Al menos cuarenta personas, entre familiares, amigos del barrio, compañeros de universidad y, por encima de todo, mi novia de esos días, lloraban y hacían caras largas. Hace poco, asistiendo a una cremación, reviví con gran exactitud el momento en que uno debía cruzar las puertas de vidrio esmerilado del aeropuerto e irse. Las personas que se quedaban del otro lado me miraban llorando, compungidos o con expresión dura. Todo el mundo me decía adiós con intensidad y entusiasmo, como si en vez de un avión fuera a hacer el largo viaje en un féretro. Despegamos y me alegró sentir que me alejaba de ese aeropuerto triste. Porque a los 19 años, cuando uno se va para siempre, aún de forma voluntaria, todos los aeropuertos son tristes.

Y felices los del reencuentro. Como en esa hermosa foto de García Márquez saludando a Cepeda Samudio, en el aeropuerto de Barranquilla, a su regreso de Nueva York. ¡Qué bueno volverse a ver, carajo!

En El Dorado viví reencuentros, separaciones, alegrías y tristezas. Y luego, de tanto volver e irme durante más de treinta años, acabé por llegar solo, en un taxi, y cruzar las puertas sin mirar atrás. Hoy, en la nueva estructura, es difícil reconocer todo eso. Ya solamente está en la memoria. Lo mismo me pasa en el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, ciudad en la que viví diez años. Es tal vez el aeropuerto en el que más veces lloré de alegría por la llegada de la persona amada, y luego de tristeza al verla partir. Un aeropuerto peligroso para los sentimientos.

Alguna vez le pedí a una joven, bañada en lágrimas, que se quedara a vivir conmigo, pero ella siguió hacia la entrada de vuelos internacionales, empujando su maletín de mano con decisión. Y por esas cosas de los aeropuertos, al retirarme pude volver a verla de lejos, muy tranquila, eligiendo unos perfumes en el Duty Free, ya sin lágrimas. La vida, los aeropuertos.

Como este en el que me encuentro ahora, escribiendo esta columna. Madrid, Barajas. Ya no es el viejo aeropuerto al que llegué, hace 32 años, con el anhelo de una nueva vida, y en el que, en una ocasión, llevando a Mario Mendoza cuando se iba de viaje por Medio Oriente, me vi encañonado por un soldado israelí. Todo eso quedó en el pasado, en la memoria. Hoy la terminal T4 de Madrid ya no es ni siquiera un aeropuerto. Es un gigantesco centro comercial con aviones en el que uno está obligado a pasar por delante de los ávidos almacenes, antes de embarcar. No es lo mismo, pero aun así seguiré viajando.

Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

VER COMENTARIOS
Columnistas
Hoy:
Publicidad
Publicidad