Baltimore, Poe
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Baltimore, Poe

Septiembre 26, 2017 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Es curioso que Estados Unidos, con su manía de banalizarlo todo, no haya logrado acabar con la hermosa y triste imagen de Edgar Allan Poe, uno de sus muchos genios literarios. Y no es que no lo haya intentado.

En Baltimore, donde murió, el equipo de béisbol (¿o es el de fútbol americano?) se llama Los Cuervos, por el poema El cuervo, de Poe. Venden muñecos del escritor cuya cabeza bailotea, de esos que se ponen encima de la guantera del carro, y lo han triturado hasta convertirlo en caricatura, imán para pegar en la nevera, peluche; su cara triste y algo deforme se ve repetida en jarritas, calcomanías, tazas, camisetas.

Pero basta acercarse a la Calle Amity, en la zona norte, y caminar por un barrio deprimido y tremebundo hasta llegar al número 203. Ahí, en esa diminuta casa, vivió Poe entre 1832 y 1835. Basta ver el muro de ladrillo desnudo, el increíble desamparo que emana de ese escueto techo y esas pobres ventanas, para caer de rodillas, una vez más, ante su figura. Ese mártir de sí mismo que, como dijo Borges, sacrificó toda su vida a la literatura. La casa tiene tres pisos a los que se llega subiendo por una estrecha y baja escalera de madera. Los actuales obesos de Estados Unidos no caben por esos espacios estrechos del pasado. Dos habitaciones y una buhardilla, es todo. Ahí vivió con su mujer y prima, Virginia Clemm, y la madre de esta, María Clemm, tía y suegra. Extraña combinación, como todo en la vida de este hombre apesadumbrado. Me pareció palpable la melancolía en esas habitaciones de ventanas pequeñas, que debían de ser muy oscuras al atardecer. Esa hora en que las casas se vuelven amenazadoras y un sentimiento de orfandad se apodera de todo el que no esté muy bien parado en el mundo. Entre esas desoladas paredes, Poe escribió uno de sus mejores cuentos, Berenice, en el que describe su propia situación: la de un hombre enfermizo que idolatra a su prima hasta que ella muere, como murió Virginia a los 25 años, apenas dos antes de la muerte del propio Poe.

Intenté imaginarlo ahí, en una de esas habitaciones turbadoras, escuchando los resoplidos de su tía enferma y los cuidados prodigados por su esposa en el cuarto vecino. Me pareció verlo agacharse y sacar algo, debajo de la mesa. Una botella envuelta en un estuche de cuero de la que tomó dos tragos largos y, con gesto nervioso, volvió a poner en su escondite. Whisky de centeno. Luego siguió escribiendo, tal vez Manuscrito hallado en una botella, que publicó en el Baltimore Saturday Visiter, en octubre de 1835. Vivía de esos escritos y del periodismo en general, aunque sería mejor decir: malvivía. Era colérico, incapaz de la menor concesión. Por eso lo despedían con frecuencia de los trabajos que encontraba. Vivió al borde del precipicio, siempre a punto de caer e incapaz de alejarse del borde. Hasta que murió, también en Baltimore, en un episodio misterioso que desafía la ciencia médica. Lo encontraron desvariando por la calle, vestido con ropas sucias que no eran suyas. Había estado bebiendo. Tuvo un fuerte delirio con alucinaciones y luego entró en coma. Se repuso y estuvieron a punto de darlo de alta, pero el cuarto día, sin salir aún del hospital, murió. Todos esos enigmas, los que se desprendían de él y los que venían a acosarlo, me parecieron visibles en esa casa angustiante, y tuve que caminar un rato, afuera, para sobreponerme.

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