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Cartas de Cortázar

Por ser una de las lecturas más largas que hice el año pasado, pensé que comentarla merecía capítulo aparte: son las Cartas de Cortázar, cinco tomos de 600 páginas. Una vida escrita que va desde 1937, cuando tenía apenas 23 años, en Buenos Aires, hasta la última, fechada en París, en el hospital, el 20 de enero de 1984, veintitrés días antes de su muerte. La escribió a Felisa Ramos, de la editorial Alfaguara, en Madrid, a quien hace breves comentarios sobre las pruebas de la edición de Rayuela. Le dice que llegaron “en el peor momento”, pues “sigo muy enfermo, pasando por laboratorios y hospitales a fin de que me encuentren por fin lo que tengo”. Su debilidad se ve reflejada en la repetición de la palabra “fin”, un pequeño error de edición que, de otro modo, jamás se le habría escapado. Y justo esa palabra, cuando su propio fin estaba tan cerca.

Uno de los asuntos más delicados al leer correspondencia ajena es que el lector sabe algo que el autor ignora, y es el futuro. Cuando Cortázar habla de su temor a que Rayuela sea mal recibida y no encuentre lectores, uno sabe que es un temor infundado, pues será un gran éxito literario y comercial. Cuando le escribe a Aurora que la extraña y que quiere pasar la vida a su lado, uno sabe que la dejará en 1968 para irse a vivir con Ugné Karvelis, quien a su vez, diez años después, será reemplazada por la joven canadiense Carol Dunlop.

Y ahí empieza lo terrible. Cuando Cortázar describe la misteriosa enfermedad de Carol y expresa su fe en la recuperación, uno sabe que morirá antes que él, algo que, para Cortázar, sería impensable. Y luego su propia muerte. Es muy triste leer el entusiasmo con el que hace sus proyectos para 1984: viajes a Cuba y Nicaragua, visitas a amigos en Suecia y Madrid. Pero la muerte interrumpirá sus quehaceres el 12 de febrero de 1984. Hoy se sabe la causa de su enfermedad. En 1980, Cortázar sufrió una hemorragia gástrica que casi acaba con él, y para tratarlo le hicieron una transfusión de treinta litros de sangre. Al parecer, le habrían inoculado el virus del Sida, del que no se sabía nada en esos años. Y a su vez, Cortázar lo habría transmitido a su esposa. En las cartas uno ve su incertidumbre por la misteriosa enfermedad de Carol y luego por la suya propia, que por la descripción de los síntomas fueron idénticas.

Por lo demás, la selección muestra sus amistades y afectos, sus amores y amoríos. A Francisco Porrúa, a los pintores Eduardo Jonquières y Julio Silva. Cortázar siempre negó haber sido amante de Alejandra Pizarnik, pero en una carta le dice que le gustaría bajarle los calzones, “¿amarillos, blancos?”. Hay algunas cartas escritas mientras bebía, dictadas por quién sabe qué extrañas voces, aunque lo que predomina en todas es el humano rumor de un hombre generoso y dulce, buen amigo de sus amigos, leal y solidario. Ignoro si haya otro tipo de cartas, pero esta es la imagen que de él quiso dejar quien las seleccionó, el gran amor de su vida, quien fuera su esposa y luego una especie de hermana y mejor amiga, y al final enfermera y viuda: Aurora Bernárdez. Tras la extensa lectura, tras reponerme de la tristeza y algunas lágrimas, tuve la impresión de haber asistido a una vida completa, exitosa y plena. Y de querer aún más a Cortázar.

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