santiago gamboa

Del agua y sus formas

Bueno, está claro que el vaivén de los últimos días me ha impulsado hacia las salas de cine, y qué mejor que escribir sobre eso; porque una buena película es, quién lo duda, una pequeña ventana que se abre en el mundo. Desde mi adolescencia fui fanático de los cines en esa Bogotá cada vez más borrosa y lejana: el Trevi, el Royal Plaza, el Comedia, el Almirante, el San Carlos, el Libertador; ninguno de esos teatros sobrevive hoy, reemplazados por agencias de celulares o iglesias evangélicas. En ellos vi las mejores películas de mi vida y fueron parte de mi educación sentimental.

Recuerdo El libro de la selva  y Lo que el viento se llevó en el Comedia; Equus y Nunca te prometí un jardín de rosas en el Almirante; El inquilino, de Polanski, en el San Carlos; Rocky y Guerra de las galaxias en el Libertador; Bajo el volcán, en el Trevi; Donde las águilas se atreven, en el Royal Plaza. De esos años me quedó una admiración absoluta a Richard Burton, cuyos diarios estoy leyendo ahora: su vida fascinante y atormentada, su dependencia del alcohol y de Elizabeth Taylor.

Pero es de otra cosa que quiero hablar hoy, y es ese asombroso film de Guillermo del Toro que acapara la atención mundial por sus trece nominaciones al Óscar: La forma del agua. Desde el punto de vista de la imagen y fotografía, es probablemente uno de los más bellos que se han filmado últimamente; las escenas de ese extraño ser y la mujer sumergidos en el agua tienen un increíble poder evocador, conmueven, son de una gran belleza. Pero lo más increíble es la historia. ¿De dónde la sacó Del Toro?

A medida que iba viendo el film, cuando se consolida el amor entre esa solitaria mujer y el ser de las aguas “que viene de algún lugar de Sudamérica”, establecí una serie de paralelos con otras películas como El jorobado de Nuestra Señora de ParísLa bella y la bestia, Frankenstein, incluso King Kong. Filmes en los que se nos presenta a un ser anómalo, en ocasiones monstruoso, enamorado de una mujer bonita. Pero en este caso es aún más complejo, pues la mujer no es la bella típica, al estilo del cine de los años cincuenta (cuya estética recrea), sino a su vez alguien inusual: muda, solitaria, soñadora, cuya vida se complementa con la de su vecino, también un outsider, homosexual y artista.

En este punto recordé que en muchos ensayos sobre la figura del monstruo, en la cultura, se relaciona a Frankenstein con el artista: ese ser anómalo cuya forma de vida los demás no comprenden y por eso lo perciben al límite de lo humano, pero que está hecho con la suma de muchas personas. Un monstruo. A su vez, el artista/monstruo no se siente cómodo en el mundo y quiere cambiarlo a través de la escritura, la música o las demás artes. Hacer algo excepcional y retirarse. Tal como le sucede a ese par de vecinos náufragos de la película, el artista sin éxito y la muda, que deciden hacer con el ser anfibio una pequeña rebelión contra su mundo sombrío, transformándolo en una historia de amor.

“Si lo dejamos solo, entonces ni tú ni yo somos nada”, le dice en su lenguaje de señas la muda a su vecino, para convencerlo de que deben salvar al extraño ser del agua. Al volver a mi casa estuve buscando en Internet y, para mi sorpresa, vi que la historia del film no proviene de un libro, sino que fue escrita por Del Toro. Bravo. Una fábula extraordinaria.

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