santiago gamboa

Día de Mundial de la Poesía

Proliferan los ‘días internacionales’ dedicados a cosas relacionadas con la vida y sus variados ajetreos, lo que me parece muy bien, pues al fin y al cabo ya el calendario fue colonizado por la Iglesia Católica al ponerle nombres de santos o de hechos de la Biblia a cada día. El domingo pasado, por ejemplo, en Colombia se celebraba el ‘día del hombre’ por ser la fecha que lleva el nombre de San José, y caí en cuenta, curioso, que en cambio en Italia ese domingo se celebra el día del padre. Tiene más lógica aquí, pues José, según la tradición, no fue padre de nadie.

Este martes 21 de marzo (en que escribo) le tocó el turno nada menos que a la poesía, dato que me pareció no sólo curioso sino realmente apreciable. Día Mundial de la Poesía. La verdad es que lo ignoraba, con todo lo que me gusta. ¿De dónde surge? Investigo y encuentro que se hizo para que coincidiera con el equinoccio de primavera en el Hemisferio Septentrional, y que fue aprobada por la Unesco durante su 30º periodo de sesiones, que se celebró en París en 1999. Siendo yo novelista, lo que equivale a ser miembro de la clase obrera literaria, siempre me ha fascinado la poesía, que es la alta nobleza de la literatura. Por eso, a pesar de que este texto se leerá un día después, pienso secundar este Día Mundial con mi muy modesta experiencia al respecto.

El gran poeta por excelencia, maestro de maestros, sigue siendo ya desde hace mucho Arthur Rimbaud, el genio joven de Charleville, el buscador de territorios inalcanzables en África, el aventurero, el contrabandista y quien, sobre todas las cosas, nos enseñó que lo más importante en la vida es encontrar un lugar propicio para volver a él, que es un modo de sugerir que hay territorios a los que sólo se puede acceder a través de la literatura. O mejor, de la poesía. Rimbaud, además, encaramó al poeta a un mástil y lo proclamó vidente: el que puede interrogar el porvenir y contar lo que ve a quienes están abajo y viven sus plácidas e insulsas vidas. El vértigo de la poesía es eso que el poeta ve allá muy lejos, tras nubes y montañas. Es la “teoría del vidente” de este joven genio en busca de la coherencia, para concluir que la vida es contradictoria y que crecer consiste en traicionar esos primeros anhelos.

La poesía colombiana es inmensa, claro. Hoy señalaría muy especialmente a Eduardo Cote Lamus, quien a pesar de haber muerto tan joven (36 años) dejó el que considero uno de los más grandes poemas escritos en español, Estoraques, donde reflexiona de un modo bello y profundo sobre ese mismo tiempo que fue implacable con él. Y por supuesto León de Greiff, cuyas obras son infinitas y memorables, y que con algunos amigos gustamos de recitar en voz alta por su sonoridad hipnótica, como es el caso de Relato de Ramón Antigua, Son o Admonición a los impertinentes. La poesía fue siempre generosa con Colombia y hoy siguen en activo muchos grandes: de los nadaístas, el gran Jotamario Arbeláez como supremo maestro de ceremonias (tengo a mi lado su libro Mi reino por este mundo). Y en otras escuelas poetas tan diversos y sofisticados como William Ospina, Horacio Benavides o Piedad Bonet, entre otros. Y el más joven Ramón Cote, hijo de Cote Lamus, demostrando que una familia sí puede resistir el peso de dos generaciones poéticas.

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