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El Cervantes de Nicaragua

Una de las mejores noticias de estos días, tan llenos de contradicciones, vino como por casualidad del mundo de la literatura, y fue la concesión del Premio Cervantes 2017 al novelista, intelectual y político Sergio Ramírez. Y lo celebro porque con Sergio Ramírez, gran amigo de Colombia, todo parece verdadero, sincero, humano y real.

Es una persona de una increíble sencillez, que ha estado siempre en las mesas más exclusivas de la literatura, pero sin apartarse ni por un segundo de su verdadera identidad de centroamericano austero y sabio, que sabe que en literatura a nadie le dan por los amigos que tiene ni por estar en fotos con celebridades. Tal vez esa sea una de sus más grandes lecciones a la juventud que empieza: la literatura se hace escribiendo, creyendo en lo que se hace, tercamente, y no escalando posiciones en el establishment literario. Es el amor a la literatura y el deseo de escribir lo que, si sale bien, nos convierte en escritores. No su contrario: el sueño de quienes anhelan con ser escritores (y obviamente famosos) y para ello, entonces, no les queda más remedio que escribir, pues la escritura ya no es un fin, sino el medio para lograr lo que se proponen.

Lo leí por primera vez en 1988, viviendo en España. Recuerdo -y aún conservo- la edición de su novela Castigo Divino en editorial Mondadori y, como me gustó su estilo, comencé a buscar más libros suyos entre las casetas de segunda mano de la Cuesta de Moyano, hasta que di con un viejo volumen de cuentos, Charles Atlas también muere, de 1976, publicado por la editorial Joaquín Mortiz. Me informé sobre él y, para mi sorpresa, supe que en ese momento era vicepresidente de Nicaragua, lo que me dejó casi sin habla. ¿Un vicepresidente escribe así? Al fin y al cabo, era de la tierra de Rubén Darío.

Desde esos años gloriosos del sandinismo hasta hoy, claro está, ha pasado mucha agua bajo el puente. Demasiada. Hoy el sandinismo de Ortega es un partido corrupto y autoritario, típicamente latinoamericano, con todos los vicios que, de jóvenes revolucionarios, tanto Ortega como Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal quisieron erradicar. Tuve la suerte de conocer a Ramírez y a Cardenal en Oaxaca, en la universidad Veracruzana, donde yo daba un seminario de literatura. Estaban con Silvio Rodríguez, a quien la universidad confería el Honoris Causa. Los escuché hablar sobre la situación actual de Nicaragua, de cómo Ortega había intentado meter a la cárcel a Cardenal, congelándole además las cuentas bancarias de su comunidad religiosa en Solentiname. El desencanto de Sergio Ramírez con el sandinismo está en su libro de memorias, Adiós muchachos. Silvio Rodríguez contó que hacía poco lo habían invitado a Managua, pero que no había querido cantar Canción urgente para Nicaragua. “Eso fue para otra época”, dijo.

Las obras de Sergio Ramírez me siguieron acompañando, hasta su última, que acabo de leer, Ya nadie llora por mí (novela policial, del inspector Morales), y si algo me alegra de este premio Cervantes, además de su enorme justicia y de que recaiga en ese país inimaginable, es que contribuirá a fortalecer su posición ante el poder de Ortega, quien ya lo ha vetado. Porque con el premio Cervantes ahora las cosas son a otro precio, y cualquier zancadilla tendrá aún mayores repercusiones internacionales.

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