santiago gamboa

Hoy es siempre todavía

Acabo de leer el libro de Alejandro Gaviria, ministro de Salud y paciente de cáncer, con un bello título que es un verso de Machado, Hoy es siempre todavía, una narración que, a pesar de su brevedad, logra ser varias cosas a la vez, a saber, una suerte de manual del optimismo lúcido, aunque consciente de los peligros y sinsabores de la vida, y el testimonio de una crisis médica, con su inevitable sensación de injusticia. Eso que César Vallejo, en su más conocido poema, llamó “las caídas hondas de los Cristos del alma”. La narración de una caída y de la necesidad de levantarse y continuar, porque el hoy es siempre y, sobre todo, es todavía. Un poema que Borges parece responder en El tango, cuando dice: “¿Dónde estarán? Pregunta la elegía / de quienes ya no son, como si hubiera / una región en que el Ayer, pudiera / ser el Hoy, el Aún y el Todavía”. Los adverbios de tiempo, con los años y el paso riguroso del calendario, se apoderan de nuestro presente. Porque el paso del tiempo es el verdadero tema de todas las novelas y también de nuestras vidas.

Hay una curiosa simetría entre la experiencia de Gaviria y otro poema de Borges, el Poema de los dones, pues el argentino fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires en 1956, el mismo año en que quedó definitivamente ciego. Dice así: “Nadie rebaje a lágrima o reproche /esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”. Una suerte de nuevo suplicio de Tántalo: todos los libros, y no poder leerlos. En el caso de Gaviria la coincidencia es asombrosa. La gran ironía del mismo Dios de Borges consiste, para él, en recibir la terrible noticia del cáncer siendo ministro de Salud, pero no sólo eso: tras habérsela jugado antes de su enfermedad por un sistema de cobertura médica con regulación de precios que permitiera que ciertos medicamentos clave, como los del cáncer, no fueran tan costosos, y en particular el Rituximab, que sirve para tratar, entre otras patologías, el linfoma no Hodgkin de célula grande tipo B, exactamente el que le diagnosticaron un par de años después.

También hay coincidencias en lo político. La negativa a la aspersión con glifosato del gobierno Santos, recomendada por Gaviria, tuvo también el cáncer como eje, pues fue tras conocer los estudios científicos más modernos (en la revista The Lancet Oncology) y ver que en ellos se establecía una relación estrecha entre el glifosato y el cáncer, que el ministro de Salud recomendó suspender su uso. ¡Y quién dijo miedo! Gaviria cuenta cómo el entonces procurador Ordóñez fue a intimidarlo al Ministerio por esa decisión, lo mismo que otros políticos (suponemos cuáles), pues para ellos dejar de fumigar las montañas con glifosato era una concesión a la entonces guerrilla de las Farc, por supuesto sin considerar que invadir la vegetación con ese químico ponía en riesgo a los campesinos de esas mismas zonas.

Todo esto y mucho más en un buen libro que nos recuerda a todos, enfermos y sanos, que la salud es un milagro cotidiano y que la lucha por preservar la vida incluye el asombro y el disfrute de esa misma vida que aún tenemos; pues al final del camino alguien vendrá a llevarnos, como en ese verso de Nelson Simón que él cita: “y que entren, llevándoselo todo, / los sordos ejércitos del tiempo y del olvido”.

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