Lamento por Ignacio Padilla
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Lamento por Ignacio Padilla

Agosto 22, 2017 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

El domingo pasado, en medio del trasiego de la actualidad, se cumplió un año de la trágica muerte del escritor e intelectual mexicano Ignacio Padilla. Un aniversario muy triste, claro, pues aún no logro acostumbrarme a la desaparición de un querido colega que, por lo demás, era menor que yo (1968), y sobre todo en circunstancias tan fortuitas. Hace un año, al conocer la noticia, me encontraba en Ciudad Panamá, y recuerdo que durante toda la mañana fui incapaz de salir del hotel por físico miedo. ¿Qué pasó? Ignacio había salido al filo de la medianoche, en su carro, a recoger a su hija adolescente, que estaba en una fiesta. Sucedió en México D.F. Por una combinación increíble de casualidades, en la que jugó papel preponderante un torrencial aguacero, su automóvil acabó siendo arrollado por un camión en el periférico, a lo que, sin embargo, sobrevivió. Fue al bajarse de su carro destartalado y llamar a la hija para prevenirle que no podría recogerla, cuando dio dos pasos hacia un lado. Y ahí lo esperaba la tragedia. Un auto que venía muy rápido, al esquivar el accidente, dio con él y lo lanzó por los aires. Murió un par de horas después, en el hospital. Imposible no pensar que, si se hubiera fumado un último cigarrillo antes de salir por su hija (fue un gran fumador), o uno de menos, hoy ‘Nacho’ estaría vivo. Imposible no pensar que cada uno de nosotros, en cada segundo del día, le hemos hecho el quite a esa misma muerte por el solo hecho de que la circunstancia precisa no logró configurarse. Qué miedo, me dije hace un año. La muerte está siempre ahí, agazapada. Y me lo sigo diciendo.

Ignacio Padilla fue, junto a Jorge Volpi, la cara más visible del Crack mexicano, ese grupo de jóvenes novelistas que, en 1996, hicieron público un manifiesto en el que abogaban por una literatura ambiciosa y compleja, que diera cuenta de las grandes líneas del pensamiento de una época, y que tuviera además la libertad de estar “deslocalizada”, es decir que la obra de un mexicano no tuviera la obligación impuesta de suceder en México, sino en cualquier lugar y en cualquier tiempo. En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, publicada en 1999 y ganadora del premio Biblioteca Breve, dio a conocer la práctica literaria del Crack y fue un gran éxito internacional. A esta le siguió Amphitryon, de Ignacio Padilla, ganando en el año 2000 el premio Primavera de novela y traducida a más de una docena de idiomas. A partir de ahí, la obra sofisticadísima de Ignacio fue ganando lectores en todo el mundo. A ésta se sucedieron otras novelas, cada vez más inteligentes e imaginativas. La gruta del Toscano, de 2006 (que acabo de releer), es tal vez mi preferida. Una genial historia de aventuras que transcurre en Nepal, en torno a un guía o ‘sherpa’ llamado Pasang Nuru, quien conocería el camino hasta una profundísima gruta en las montañas del Himalaya que podría ser nada menos que la cueva donde está situado el infierno de Dante. ¡Nada menos! Su última novela, El daño no es de ayer, tuvo la extraña suerte de ganar el premio La otra orilla, de Norma, en 2011, tres semanas antes de que la editorial decidiera cerrar su división de literatura. En fin, cosas del extraño destino de Ignacio Padilla, a quien debemos recordar leyéndolo, acá en Colombia, donde tuvo pocos pero excelentes lectores.

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