santiago gamboa

Miss Vergüenza Ajena

Hace rato que no veía ni tenía noticias del malhadado concurso de Miss Universo, al punto de que, supuse, lo habían suprimido, signo de los tiempos; tal vez alguien denunció su increíble cosificación de la mujer, observada y medida allí como un caballo en una feria ecuestre, pero agregándole el morbo, la sexualización plena, y esa idea trasnochada de que la más agraciada, la de mejor trasero y piernas y sonrisa, logra una superioridad cuasi moral sobre todas las demás.

En fin, yo pensaba que el show había terminado, hasta que, por casualidad, me topé este domingo con la transmisión en directo del canal RCN, desde uno de sus estudios, donde una especie de gigantesca torta de cumpleaños humana, de severo escote, hacía los comentarios más banales, superficiales y previsibles que he podido escuchar, creo, en toda mi vida. “¡Es que Laura se lo merece!”, decía minutos antes del veredicto final. ¿Y por qué se lo merece?, pensé. Tal vez porque es muy atractiva, me dije, ¡pero si todas lo son! ¿Por qué ha de merecerlo una en particular? Pues porque es colombiana, pareció responderme la torta, y nosotros, acá y en el canal RCN, ¡somos colombianos! Es por eso, ¿captas? Y luego, ya en la apoteosis de la estulticia, gritó: “¡Colombia se lo merece!”.

Por principio he estado siempre en contra de esa consideración machista de la belleza como una jerarquía superior de la mujer, algo que, por desgracia, no sólo los hombres sino muchas féminas ejercen y dan por sentado. Por eso he dicho que, en Colombia, lo que más afea a la mujer es la excesiva belleza, y más aún si es de clase alta, pues se suman dos cargas explosivas que dan como resultado unas jóvenes arrogantes, mandonas, sobreprotegidas y vanidosas, y por supuesto malgeniadas, pues viven muertas de la ira por todo. La verdad es que no se las soporta ni la santa madrecita que las parió. Se toman entre 15 selfies por hora, se miran con intensidad en espejos y en toda superficie reflejante, y andan con una amiga algo menos agraciada que es una especie de Sancho Panza, mezcla de criada y secretaria, que por lo general es mucho más simpática y cariñosa que la jefa.

El Miss Universo, que debería llamarse Miss Vergüenza Ajena, es la apoteosis de esta psicología decadente y trasnochada. Pero seguí viéndolo y, al llegar el momento de las preguntas, casi no doy crédito a mis ojos (o a mis oídos). Nuestra candidata nacional, ante una pregunta sobre el terrorismo, dijo que quería un mundo limpio de armas, lo que no estuvo nada mal. Pero de inmediato los comentadores del directo, con acento peruano o mexicano, exclamaron: “¡Miss Colombia acaba de perder!”. ¿Por decir eso? Lo señalaron como un error evidente. Supuse que el lobby de las armas, incluido el propio Trump, debía tener influencia en el jurado. Y sentí compasión por la joven Laura, pues imaginé que esa frase, que ella debió repetir de un libreto sin saber bien lo que decía, la dejaba realmente por fuera, pues era una frase cierta. Muy cierta. Mucho más que esas luces lobísimas del escenario y que los vestidos improbables de las candidatas y que la misma Laura González, con su sonrisa profesional. Una verdad que no encontró su lugar en ese mundo anodino y frívolo. Entonces me entusiasmé y me dije: si realmente miss Colombia perdió por decir algo cierto y evidente, entonces fue mucho mejor perder.

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