santiago gamboa

¡Que vienen los tártaros!

Qué bueno es volver a los clásicos, esas viejas lecturas que, al igual que ciertos lienzos, con el tiempo se van opacando y desdibujando en la memoria. Hay novelas cuyo argumento ya se me extravió, pero una llama se enciende cuando las evoco, aún si sólo recuerdo eso: la maravillosa sensación de haberlas leído, de haber sentido algo inusual, sofisticado o conmovedor; de descubrir el mundo con ese libro particular, aunque ahora no recuerde nada. Esto me pasaba con El Desierto de los Tártaros, de Dino Buzzatti, que por una afortunada casualidad volví a leer en estos días, y si escribo hoy sobre él es porque creo haber superado en esta nueva lectura el placer increíble de la primera vez, allá a finales de los años ochenta.

Un libro lleva a otro libro, y leyendo la última novela de Javier Cercas, El monarca de las sombras, encontré citado el libro de Buzzatti y el nombre mágico y evocador de su protagonista: el oficial Giovanni Drogo. Al posar mis ojos sobre esa precisa combinación de letras, en el libro de Cercas, volé hacia el pasado. Como en las películas de submarinos cuando el capitán grita: ¡Inmersión! Entonces, sin recordar muy bien por qué, me conmoví y sentí al mismo tiempo una infinita ternura por Drogo, y tuve la sensación de verme a mí mismo, muy joven, soñando con ese futuro glorioso que los jóvenes siempre se prometen desde ese islote que es la juventud, en el que todas las quimeras son posibles. Así es el joven oficial Drogo, que sube a la Fortaleza Bastioni con el deseo incontaminado de participar en la Historia y darlo todo por su patria y cumplir un acto valiente del que luego, en la reposada vejez, pueda sentirse orgulloso, tal vez acariciando la espada con la que alguna vez fue un héroe. Pero el destino del hombre es otro y debe salir para siempre de esa isla de la juventud y poco a poco ir cruzando las sucesivas fronteras de la vida, sin posible regreso. Entonces los anhelos se ven siempre postergados, nos dice Buzzatti. La oportunidad de ser héroe no llegó ayer ni hoy, pero tal vez lo haga mañana, y la esperanza consiste en creer que lo mejor está aún por venir, y que vendrá, qué duda cabe. Para eso esperamos y esperamos, un día tras otro. El tiempo se va midiendo en meses y después en años, hasta que llegan las décadas, y un buen día el ya no tan joven oficial Drogo, ahora comandante, entiende que lleva media vida esperando el ataque de los tártaros para cumplir su ansiado destino de héroe, pero ese asalto enemigo, que debería venir de las neblinas exteriores de la Fortaleza Bastioni, tal vez ya nunca vendrá. La Fortaleza no será el espacio de su audacia sino, al revés, el mausoleo de sus anhelos perdidos, de su derrota y posterior paso al olvido, que es el único destino de todo lo que alguna vez estuvo vivo, incluidas las ansias de grandeza.

Y tal vez por leerla ahora, pasados los cincuenta, la novela de Buzzatti me conmovió aún más, pues quien la leyó por primera vez, a fines de los ochenta, veía en el joven oficial Drogo su propio espejo esplendente, pero quien la leyó hoy, en cambio, se reconoce más en el Drogo maduro, el que esperó en vano el atribulado y definitivo combate que debía darle la gloria, y que poco a poco se fue resignando, como dice Buzzatti, “a los duros plazos de la vida”.

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