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Una novela criminal

Hay libros que nos cuentan nuestra propia realidad de un modo detallado y preciso, pero desde otro país, con otras culturas y gentes. Es lo que pasa con Una novela criminal, de Jorge Volpi, que fue galardonada este año con el prestigioso premio Alfaguara de novela.

Al leer esta increíble historia, uno olvida rápidamente que se trata de México, que los personajes se mueven por el DF y que el presidente, en el 2005, no se llamaba Álvaro Uribe sino Felipe Calderón. Porque de lo que trata Una novela criminal es de la realidad pura y dura.

Una pareja, Israel Vallarta, mexicano, y Florence Cassez, francesa, son detenidos por la Policía el 8 de diciembre de 2005. Los acusan de secuestro. Hasta ahí, bien. Fácil, comprensible. Pero por un motivo extraño, la Policía decide repetir al día siguiente la detención, y hacerla en la casa, no en una avenida de la ciudad. Y además repetirla para las cámaras de televisión de Televisa. ¿Se lo imaginan? Un extraño director diciéndole a tres secuestrados y a dos supuestos secuestradores que todo se va a repetir, que por favor lo hagan con su mejor cara de miedo. Y pasó lo increíble: se escenificó una detención para las cámaras de Televisa, e incluso los secuestrados aceptaron volver a sus puestos. ¿Es esto posible?

Florence Cassez y su novio, Israel Vallarta fueron condenados a 96 años de cárcel. Pero la joven francesa se fue, poco a poco, convirtiendo en un símbolo. De la injusticia, del machismo, de la arbitrariedad. El presidente francés de entonces, Nicolas Sarkozy, tomó el caso de Florence como un símbolo nacional, y la pelea quedó servida. Algo muy similar, por cierto, a lo que pasó con Ingrid Betancourt. Sarkozy se obsesionó y movió todos los hilos, visibles e invisibles, para ser el gran salvador de franceses en el mundo.

Para Francia, la historia de Florence era una nueva versión de Expreso de medianoche, y así lucharon para obtener que fuera liberada. Pero del lado mexicano, el presidente Felipe Calderón, igualmente bajito y nervioso, de pésimo genio, también lo tomó como un asunto nacional: franceses arrogantes, ¿se quieren burlar de nuestra Justicia?
Calderón comenzaba la guerra frontal contra el narcotráfico usando el Ejército, y esta polémica le servía para unir al país en torno a un sentimiento que produce mucha ganancia política: el enemigo exterior.
El nacionalismo mexicano se desató de manera feroz, y el caso de Florence Cassez e Israel Vallarte quedó en medio, símbolo de la arrogancia de una potencia mundial, Francia, contra un país en desarrollo, como México. ¿Se lo imaginan?

A partir de ese momento se volvió un asunto de Estado el poder incriminarlos más, el encontrar más pruebas, más testigos. Testigos falsos. ¿A alguien le suena eso, acá en Colombia? Como por arte de magia, la Policía mexicana encontró a una serie de testigos que estaban dispuestos a declarar que ellos mismos eran secuestradores y que habían trabajado con la pareja sindicada. Las secuelas de la tortura, a estos hombres, se escondía bajo la ropa.

Esta historia también nuestra es la que se ve, y mucho más, en un libro apasionante que se identifica ante el lector como novela sin ficción, pero que es una gran novela negra que lo único que hace es retratar la realidad. Porque es ella la que parece culpable, al final: la realidad. ¡Se los recomiendo muchísimo!

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