vanessa de la torre sanclemente

Kestenberg

La madre de Abraham Kestenberg, Malka, llegó con su familia desde Rusia a Colombia cuando tenía seis años de edad. Huía -como tantos judíos- de la persecución nazi. En esos albores de la Segunda Guerra Mundial, el padre, Salomón, cruzó el Atlántico escondido en un barco como polizón. Llegó a Centroamérica y de ahí, por Mompox, entró a Colombia.

Salomón le llevaba 22 años a Malka, la cocinera más exquisita que he conocido. En un pacto de familias y para evitar los excesos de libertad que podrían rondar a la bellísima judía de ojos aguamarina, los casaron, a la usanza de la época. Se instalaron en Cali y tuvieron dos hijos.

El joven Abraham soñaba con ser artista. En el colegio pintaba cuanta cosa se le ocurría y con la alcahuetería de un par de profesores comprensivos, se ganó una beca de la Agencia Judía para estudiar arte en Florencia, Italia. Pero Malka, su madre, que era tan genial como posesiva, se opuso radicalmente. Era su hijo consentido. Lo quería cerca. Ni modo.

Kestenberg, entonces, estudió Medicina en la Universidad del Valle y con los años se convirtió en uno de los mejores médicos del país en cirugía de colon. Una eminencia. Siempre dotado de un gusto exquisito, durante 40 años fue el decorador, asesor, pintor y arquitecto de sus amigos. Un artista frustrado, decían.

Hace dos años decidió enfrentarse a un lienzo en blanco. El resultado fue una colección que será expuesta a partir de este jueves en el Club de Ejecutivos y en la que Abraham Kestenberg desplegó su infinito potencial creativo de colores magníficos, trazos intensos y figuras delicadas que nos llevan al ballet de Nureyev mientras pasamos por la música convertida en color de Wasily Kandinsky.

La obra de Kestenberg es alegría incluso en la tristeza. Es el resultado de un minucioso proceso de exploración y azar en el que Kestenberg fue redescubriendo al artista guardado por cuatro décadas, capaz de sorprendernos con una estética placentera y profundamente agradable a los sentidos.

Es, sobretodo, la demostración de que en la vida los sueños toca buscarlos y realizarlos. Cuesten los que cuesten. Kestenberg es un terco infinito y talentoso, un personaje fascinante y hoy nos regala una lección de vida. Para toda la vida y las que sigan.

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