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Agua que corre

Marzo 26, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Ahora que los aguaceros bíblicos son regla y los ríos se salen de madre en muchos lugares del país, con todas sus tragedias, de las que nunca parecemos aprender. Y ahora mismo que Buenaventura y la Guajira vuelven a morir de sed, vale preguntar por qué precisamente nos va tan mal con lo que más abunda, el agua.

¿Cómo es que si somos una de las cuatro naciones con mayor volumen hídrico (al lado de Unión Soviética, Canadá y Brasil), andamos, por un lado, huyendo de las crecientes y, por el otro, viendo a ver cómo solucionamos la escasez que padecen millones de compatriotas?

Al igual que con otros temas nacionales, aquí nos cogió la noche, pese a que si hay algún problema diagnosticado es este mismo. Y la conclusión no puede ser otra que somos demasiado ricos en agua y demasiado pobres en su aprovechamiento.

Con algo más grave en el horizonte: estamos condenados a vivir en el futuro una escasez de tal tamaño que pondría en riesgo muchas de las posibilidades de las nuevas generaciones. Porque, aparte de todos sus valores conocidos, hay uno nada despreciable: el agua es y será cada vez más estratégica en el mundo. Como irrebatible es el hecho de que la mitad de nuestros páramos estará en serio riesgo de desaparecer, a la vuelta de solo tres décadas.

Quizás de tantas cosas que administramos mal, esta es la de mayor desperdicio. En la práctica, botamos cuatro de cada diez litros, como lo indica el reciente estudio de la Universidad de la Sabana sobre el tema. ¿Cómo?: “Por rebosamiento o fuga de tanques, deterioro de redes y conexiones ilegales, y errores de medición”, No lo podemos hacer peor.

Aunque si ese fuera el único problema, podríamos dedicarnos a luchar para revertir esa tendencia. Lo grave es que hay tantos intereses económicos y políticos de por medio, que perfectamente se puede decir que para transformar el país hay que comenzar, entre otras, por cambiar el curso del negocio millonario en que se convirtió el agua.

En su camino se cruzan los contratos asignados a dedo en los departamentos a los menos honestos y capaces, con el sabido disfraz de legalidad. Además, los intereses de sectores que la utilizan como motor de sus exploraciones pero olvidan, a propósito, las tareas medioambientales que les corresponden. Y no dejemos de lado la mentira de quienes llaman a esto “exageración”, tal cual consideran el cambio climático.

Aparte, sumemos otros factores negativos. La desidia de un Estado que ha postergado el hecho incontrovertible de que hablamos de un derecho fundamental, convertido en burla. Además, de un tamaño aún por precisar. En realidad, ¿cuántos colombianos tienen hoy agua potable? ¿Y cuántos, alcantarillado? En esa materia, ¿cuál es la diferencia entre la Colombia urbana y la rural?

Encuentra uno tantas cifras y tan diferentes sobre este asunto que es evidente que alguien miente y no es precisamente quien está privado del servicio.

Y hay otros culpables: nosotros mismos, los que tiramos el agua y solo nos acordamos de ella en las épocas de racionamiento. Y los que contaminamos, que casi siempre somos los mismos.

El agua solo parece dolernos a hora de la factura o cuando la pagamos en recipiente, con IVA incluido. A propósito, ¿sabía usted que estamos muy atrás en materia de legislación frente a países que obligan a que bares y restaurantes pongan agua potable gratuita en las mesas? Ya verá usted de cuál toma. A ver qué senador o representante le apuesta a un proyecto similar, más allá de las atenciones con que a veces los sorprenden las embotelladoras.

Debería importarnos más el agua. Tanto como lo que es, vida misma.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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