victor diusaba rojas

De ‘zapaticos’ y riesgos

Entre tantos ránquines con que nos inundan a diario, vale la pena mirar el del servicio de taxi en el mundo. Ya sea el más caro (que encabezan Oslo, Zúrich, Ämsterdam, Berlín y París, en donde una carrera corta puede costar entre 96 mil y 37 mil pesos colombianos), o los más económicos (El Cairo, Kiev y Nueva Delhi, lista a la que entran nuestras ciudades si nos atenemos a los $4.500 que vale, en promedio, la denominada ‘mínima’).

No encuentro es el top del confort, aunque si se trata de pasar por pudiente y notorio uno puede acceder como pasajero a taxis Porsche, Rolls Royce o Lamborghini en Alemania, Emiratos Árabes o Rusia.

Nosotros, los colombianos, no tenemos cómo entrar en ese estrato doce. Ni hay con qué ni se necesita. Vendrán pronto, dicen, los llamados taxis de lujo de los que ya se habla en Bogotá, dignos de una capital de la república y de ciudades como Cali, Medellín, Barranquilla, Cartagena de Indias y Bucaramanga, entre otras.

Lo que sí tenemos y afortunadamente no tienen ellos es la proliferación de los denominados ‘zapaticos’, con que uno se las tiene que arreglar a diario y de los que ha salido a hablar el ministro de Transporte, Germán Cardona. Además, a buena hora. No para acabar con ellos, como se ha dicho, sino para poner freno, creo yo, a que ese tipo de alternativa siga siendo un lucrativo negocio para algunos y un serio riesgo para la seguridad de millones de colombianos.

Y hay que comenzar por ese lado: ¿cuándo y, sobre todo, quiénes dieron vía libre a que estos minúsculos vehículos, aparte de endebles, se convirtieran en una insignia nacional de nuestra reconocida informalidad? Porque si alguien abrió esa puerta fue el mismo Estado. Y como no hay nada mejor que papaya puesta, pues ahí están los resultados y, en esa misma medida, las consecuencias que ahora afrontamos.

Dice el ministro Cardona que hasta 2016 van más de 1.700 muertos fruto de la fragilidad y de las nulas condiciones de seguridad de estos vehículos. Ministro: si es cierto que el 70% de la flota de taxis del país está compuesta por ‘zapaticos’ y esas son las reales cifras fatales, esta es una muestra más de que Dios existe.

A bordo de ellos, uno termina jugándose más que un susto. Arrumado, cuando el cupo está lleno; nada de airbag, ni frenos abs; y, casi siempre, sin cinturones de seguridad, que, recuerden, ahora obliga para los pasajeros de los puestos de atrás. Y, por si faltase algo, el tanque de gas por baúl. Todo ello, en manos de una persona que trabaja de sol a sol para pagar el producido y ganarse el sustento.

El mal está hecho, pero la corrección debe hacerse con los cuidados del caso. No será fácil. Hay que comenzar por aplicar las normas vigentes para reducir los riesgos. Eso no es negociable. Y luego, poco a poco, cambiar este tipo de parque automotor.

¿Por qué es tan urgente hacerlo? Porque estamos defendiendo la vida en uno de los escenarios en que más ella corre peligro hoy en Colombia: las vías. Allí donde la calamidad pública de la accidentalidad dejó el año pasado 7.280 víctimas mortales (y 45.256 lesionadas) “el mayor (número) de la última década e incluso la cifra más alta (...) del siglo XXI”, según Medicina Legal.

Hágalo, ministro, ponga ya en marcha esa renovación, con el debido cuidado. Sin prisa pero sin pausa.

Sobrero: Luego de escuchar a José María Borrero y a Gustavo de Roux, no cabe duda de la importancia de ‘Con los pies en el suelo’. (noviembre 16 y 17, en Uniautónoma). Ese encuentro nacional por los suelos de Colombia servirá, entre otros, para preguntarnos, y responder (si es que hay cómo): ¿qué hacer en un país donde cuatro de cada diez hectáreas de nuestro suelo están afectadas por algún grado de erosión? O lo que, quizás, es lo mismo: ¿Por qué Corinto? ¿Por qué Mocoa? ¿Por qué Salgar? ¿Por qué...?

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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