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El país de ‘Danny’

Marzo 19, 2017 - 11:55 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

No soy el más asiduo seguidor de las columnas de Daniel Samper Ospina. Ni de sus videos. A diferencia de cómo sí lo fui de su padre, de quien aprendí muchas cosas y a quien extraño, tras su respetable decisión de irse a ver el oficio desde la barrera. Nos hace falta el gran Daniel.

Comparto entonces con ‘Danny’, como se le conoce ahora, esos eventuales encuentros de opinador (él) y lector (yo). Ah, y algo verdaderamente importante: nuestra mutua condición de santafereños.
¿A qué viene la precisión? A marcar distancia necesaria para hablar sobre la última ocurrencia de Danielito. Se llama ‘Mi puta obra’ y está en cartelera en el Teatro Nacional de Bogotá.

La semana pasada tuve la oportunidad de asistir, por esas carambolas de la vida, a una de las funciones de preestreno. Y la verdad, debo agradecerle a ‘Danny’ haberme permitido, sin saberlo él, entrar de su mano a una de las disertaciones más serias que he escuchado en mucho tiempo sobre estos últimos quince años de la vida colombiana.

Con un paréntesis: hubiera sido mejor del 94 para acá, si bien el tío Ernesto no se salva en este monólogo de unos buenos tiros de (imagino) su sobrino menos preferido.

Antes de decir por qué me pareció lo que me pareció, hay que agregar que la puesta en escena es acertada. Porque, como dijo el periodista Mauricio Sáenz mientras subían el telón, “se necesita valor de torero para hacer esto”. Sí, Danielito, aunque le duela, valor de torero. Dio pues en el blanco la dirección al poner a un periodista no a ser actor sino a hacer lo que sabe: escribir y contar.

Bueno, ahora sí a lo que vinimos: en su ‘Puta obra’ el columnista, youtuber y demás, secciona con el bisturí de su humor negro ese cadáver viviente que nos asusta y nos corre de día y de noche a los colombianos, la maldita politiquería.

El mismo cadáver que encarnan quienes mueren y resucitan, no al tercer día sino cada vez que les viene en gana. ¿Para qué? Para cargar con todo lo que encuentran mal puesto, porque ya se han llevado antes lo otro, aquello que estaba bien puesto. Esa es la enorme diferencia entre ellos y el bueno de Juanito Alimaña.

Escogidos con acierto en el guion, desfilan todos estos personajes que hemos decidido soportar. Unos, en ejercicio. Los otros, jubilados de mentiras porque siguen vigentes y empeñados en sus ‘patrióticas’ tareas.

Ruedan, pues, en fotos y videos, para volver a verlos en las suyas: alzar niños; besar viejitas (y algunas jóvenes); bailar el aserejé como si fuera salsachoque, y salsachoque como si fuera bambuco; hacer los que comen tamal; y, en fin, todas esas cosas con las que, en tarimas y centros de convenciones, superan con creces a Cantinflas.

Pero sobre todo, uno vuelve a verlos mentir, con el descaro de siempre. Todo por la causa. Aclaración: por la billonaria causa.

Es en ese preciso instante cuando ahí, en el mismo teatro, mientras los de al lado ríen por las ocurrencias de Daniel Samper Ospina, uno siente que algo le sube por la bota del pantalón. Algo que quema y fastidia, más cuando eso mismo termina por llegar a la cabeza.

¿Qué es? La ‘piedra’ de saber que, más allá de la caricatura que ‘Danny’ hace de ellos, no tiene límites la sinvergüencería de estos supuestos adalides de la democracia. Y lo peor, nosotros mismos la hemos acolitado durante años y años.

Por eso, como remata usted, Danielito, estamos como estamos. Aunque, ingenuamente, sigamos creyendo que no hay mal que dure cien años o que al perro no lo capan mil veces.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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