víctor diusabá rojas

Facebook, una vez más

Esta columna se podría llamar ‘Se los dije’, lo que, aparte de prepotente, sería una exageración. Porque deducir que Facebook iba a terminar siendo masivo instrumento de manipulación solo necesita más de un par de minutos de reflexión y treinta segundos de sospecha.

Tanto como advertir que esa y otras redes sociales irían a parar a manos -y cerebros- dispuestos a cuestionables propósitos, nada menores además. Lo dirá más adelante la historia cuando cuente que en estos tiempos la humanidad pegó un espeluznante viraje en escenarios políticos del tamaño de Londres, Washington, Barcelona y quién sabe otros lugares donde también habrá pasado. Más lo que está por verse.

En una columna que publiqué en febrero de 2009 en este mismo diario me preguntaba sobre lo que Facebook estaba dispuesta a hacer “con el material de sus (en ese momento) 150 millones de usuarios en todo el mundo” Y me respondía: “Nada bueno, dirían las abuelas. O un gran negocio, a costillas de quienes (le) confiaron su intimidad”. Intimidad que, agregaba, “de hecho, había dejado de serlo”.

No era una ocurrencia personal. El propio Facebook había dejado ver en ese momento el tamaño de su poder cuando establecía “nuevas condiciones de uso” de sus abonados. Eso en realidad traducía hacer con sus datos lo que mejor (¿o peor?) le pareciese. Alguna gente olió lo que se veía venir y protestó. Entonces, la respetable marca tomó en cuenta las “muchas opiniones” recibidas y, en consecuencia, decidió regresar a las “condiciones de uso previas”, tal cual rezaba en un comunicado oficial. Eso sí, con un agregado: “mientras resolvemos los problemas que la gente nos ha comunicado”. Mejor dicho -decía- sí, pero no.

El 17 de junio de 2013, en pleno escándalo por las filtraciones de Edward Snowden, me pregunté en otra columna: “¿Las 9 mil peticiones (pudieron ser 10 mil) que hizo el gobierno americano a Facebook en 2012 -como lo admite esa red social- para que facilitara datos de 18 mil usuarios (pudieron ser 19 mil), qué pretendían? ¿Qué entregó Facebook? ¿Cuántos de esos usuarios lo supieron? ¿Cuántos de los contactos que a su vez tenían estos usuarios tuvieron conocimiento de que entraban a ser monitoreados, investigados?”.

Ahora Facebook vuelve y juega en el terreno de lo comprometedor. No puedo decir que el señor Mark Zuckerberg haya cometido pecado alguno. Quizás, él siga siendo el buen revolucionario, como en su momento lo fue Alfred Nobel cuando dio con la dinamita. Quedemos, por ahora, en que ambos vieron destinar sus inventos a otros fines muy diferentes a los que querían para quienes harían uso de los mismos.
Y seguramente Zuckerberg tampoco imaginó que alguien llegaría a decir: “Si conoces la personalidad del elector, puedes ajustar mucho más tus mensajes y multiplicar el impacto”, eso mismo que la tal Cambridge Analytic puso a andar hasta imponer nuevo inquilino a la Casa Blanca ¿Cómo?, violando la intimidad de 50 millones de usuarios de Facebook (apenas 270 mil de ellos habían dado permiso para ser vulnerados).

Tras todo esto, ¿cuál es el dilema de los usuarios? Ya verá qué hace cada uno, comenzando por si acaso esto que ha pasado les importe algo. Nadie se va a ir de Facebook, seguro. Como extraños seguiremos siendo quienes le hemos hecho el quite. Incluso, conscientes (y lo digo con suficiente conocimiento de causa) del costo profesional que conlleva no estar matriculado ahí, o en Twitter, a donde suelo entrar para una sola cosa: salir corriendo.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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