víctor diusabá rojas

Gabo volvió a Estocolmo

A los 91 años de edad, el maestro Gabriel García Márquez ha vuelto a Estocolmo el día de su onomástico. Cuánto daría por contarlo así, sin añadir que lo hizo de manera simbólica. Y cuánto mismo me gustaría echar aquí el cuento de que, en medio del atafago de su visita o fruto de los inefables olvidos que acompañan la vejez, el Maestro ha olvidado sobre una mesa un par de juegos de gafas, un maletín de mano y un reloj de muñeca. Y que, aparte, en un abuso entendible, el Museo Nobel de esa ciudad ha decidido quedarse con esos objetos como muestra de admiración. Y el Maestro, tras meditarlo un poco, ha dicho que sí, que hagan con ellas lo que consideren. Incluso, exhibirlas en una vitrina.

Suena macondiano y, por eso mismo, sucedió. Gabo volvió la semana pasada a Estocolmo y ahí reposan ya esos lentes, las manecillas sobre el tablero y el bolso, testigos mudos de su cotidianidad literaria. Ahora ellos serán vecinos de otras piezas íntimas que acompañaron en algún momento de sus vidas a Fleming, Pasternak, Mandela, Dalai Lama y Malala, entre tantos otros personajes.

Pero, como en todas las historias que tocan al Maestro, comenzando por las suyas propias, hay personajes fascinantes. La de este capítulo es Martha, nació en Armenia y hace 40 años llegó a la capital de Suecia. Tenía dieciséis y un sueño en la nieve. Para conseguirlo, trabajó en el aeropuerto de Bromma (el viejo y chico de la ciudad) y limpió oficinas y consultorios en el Hospital Karolinska. Un caleño, Alfredo, se negó al amor de lejos y le siguió los pasos hasta allá para ser su esposo.

No hay espacio aquí para contar lo que les sucedió desde entonces, incluidos dos hijos. Solo basta decir que esta colombiana es la actual Directora de la tienda del museo y miembro de la Junta Directiva. Eso sí, sin dejar jamás el acento medio paisa ni el amor por la tierra donde nació.

Hace unos años ella se metió en la cabeza que el maestro Gabo debería tener en el Museo cosas propias. Comenzó a golpear puertas y puertas donde creía que le podían ayudar, algunas se las cerraron en las narices. Pero como Macondo es tierra de sorpresas y extrañas casualidades, una familia que visitaba la tienda hizo la pregunta tan colombiana: “¿Cómo así que aquí no hay nada de García Márquez?”. Les explicaron que, pese a los esfuerzos, no se había podido conseguir porque debía ser una donación. “Déjeme yo hablo con Mercedes (Barcha)”, dijo la que parecía ser la voz cantante de ese grupo de turistas, Cecilia Restrepo de Bustamante.

La gestión pasó por Cartagena, Medellín, Ciudad de México y la propia Estocolmo donde ella, la quindiana, con el apoyo de su esposo, el caleño, no descansaron hasta conseguir que gafas, reloj y cartera estuvieran en camino. Solo que faltaba un detalle: quién podría llevar la carga de historia en sus manos. Las empresas de mensajería se negaban a hacerlo, temerosas de que el encargo se extraviara o se malograra.

Fue ahí entonces cuando (digo yo) Gabo se inventó otro personaje. Juan Pablo, hijo de Cecilia y estudiante de una maestría en Boston, había elegido La saga Millennium del autor sueco Stieg Larsson como espinazo de su trabajo. Por eso, debía viajar a Suecia a rematar su tesis. El resto es fácil: Juan Pablo llevó del trópico lo que permitirá ahora que el Maestro -ya con gafas- no solo pueda escudriñar mejor entre los libros de los genios que lo precedieron y los que fueron sus contemporáneos, sino además ver pasar en el reloj las horas, los días, los años y los siglos. Y quién sabe si echar un manojo de Peppakarkakor (galletas hechas de canela y jengibre) en los bolsillos de su mochila de marca, mientras ve cómo su paisana Martha echa a reír porque este cuento tuvo el final feliz que soñaron ella y su marido, Alfredo, tan suecos hoy, como colombianos siempre.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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