víctor diusabá rojas

Luisé

Me sorprendió saber que Luisé tiene 90 años. Estaba seguro de que tenía más. Los buenos caricaturistas no envejecen, simplemente se hacen cada vez mejores y más agudos. Y tampoco tenía idea de que no se llamara Luisé, tal cual se lee en el completo perfil que Isabel Peláez escribió en Gaceta sobre el ‘Maestro’, así como le he llamado durante décadas y le seguiré llamando por los siguientes 90 (lo digo, no sin optimismo, a mi favor). Y quizás, Isabel, ese sea mi único reparo a la nota: que usted haya develado el nombre de pila al que, estoy seguro, Luisé no responde desde hace años.

Conocí una historia similar en Bogotá con otro clásico de esos a los que la vida, y la suerte, te permiten encontrar e, incluso, tomar de ellos lecciones de sabiduría y humildad. Hablo de Manuelhache, el fotógrafo. Contaba él que había perdido desde oportunidades de trabajo hasta citas médicas porque, una vez se sentaba a esperar a que lo llamara la secretaria del despacho o del consultorio, pasaban las horas y nada. Era entonces cuando se enteraba que el tal Manuel Hermelindo Rodríguez Corredor al que habían anunciado con insistencia toda la mañana, era él. Entonces, para no traicionarse, negaba llamarse así y se marchaba no sé si feliz pero sí tranquilo con su Manuelhache como señal de identidad.

Pero volvamos a Luisé y a la caricatura, la línea más seria de todas cuantas existen en el llamado periodismo de opinión. Los caricaturistas -en este país y en el mundo entero- han hecho siempre algo más que poner el dedo en la llaga. Me atrevo a decir que son la historia más fiel de los hechos. No viví a Rendón, pero mi abuelo, liberal y gaitanista y, por ende, enemigo natural del rojaspinillismo, me hizo seguidor de Chapete, Yo, por mi parte, me puse la tarea de no dejar pasar de largo los apuntes de Mingote y Pepón. Por culpa de los tres me aficioné a entrar a los periódicos por las tripas para buscar, allá dentro, esas miradas que saben dar en el blanco.

Y ahora que Luisé ha decidido hablar (los caricaturistas son, con contadas excepciones, hombres de pocas palabras), pues nada mejor que recordar cómo ese género ha sido auténtica (y directa) conciencia crítica en esta tierra tan afín a los eufemismos. Ya sea a punta de los editoriales de trazo de Osuna (el respetable señor, ajeno a la notoriedad, que en cuatro años vi una o dos veces a la distancia por la redacción de El Espectador) o de ese personaje del sillón con el que Antonio Caballero dibuja mejor que nadie la clase dirigente (?) de esta nación. Como lo hacen Matador, Mheo, Garzón, Consuelo Lago, Betto, Palosa, Calarcá, Turcios y Vladdo, y otros más, capaces a diario de lo imposible: hacer que esta sociedad se mire un segundo al espejo, con todas sus vergüenzas.

¿Qué es un buen caricaturista? Gente tan punzante como responsable, que pone la cara, en tiempos donde tanto sinvergüenza se escuda en el anonimato para hacerse tristemente célebre en las redes sociales. Y gente que paga su precio por dibujar la realidad, tal cual Álvaro Montoya Gómez, el mordaz de profesión y pielroja en los labios en los viejos tiempos de El Siglo, al que obligaron a largarse de este país a punta de amenazas. Gente como Luisé, digna de hacer y defender este oficio, y ejemplo de que no todo pasa sino que muchas cosas buenas quedan, como él mismo. Felices primeros 90, Maestro.

***

Sobrero:
si algo ha comenzado a cambiar en Colombia son los destinos de las temporadas turísticas, y no por casualidad. Caquetá, Guaviare, Meta y Vichada, y otras regiones más, entraron en la agenda de miles de colombianos en esta Semana Santa. De allá volvieron asombrados de sus bellezas naturales y dispuestos a regresar. Ah, e intactos, como siempre debió ser.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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