Editorial

Cortar por lo sano

Marzo 12, 2017 - 11:55 p.m. Por: Editorial .

Ejemplo de desarrollo económico y aliado de Occidente, Corea del Sur vive días difíciles. La destitución de la presidenta Park Geun-hye por corrupción y tráfico de influencias, es un golpe a su institucionalidad, en medio de las amenazas de su vecino del norte.

Las protestas dejan ya tres víctimas mortales en choques callejeros. Inédito saldo en una sociedad sin antecedentes recientes de violencia política. A eso hay que sumar el desafío que significa el debate por la sucesión de Park, con elecciones casi inmediatas, bajo la mirada del mundo sobre una región en la que está latente el desafío de la otra Corea.

Con la caída de la Presidenta, las denuncias de los medios de comunicación y la presión ciudadana cobran resultados. En el caso de Park, lo que parecía ser el simple señalamiento sobre una relación con su consejera personal Choi Soon-Sil, la llamada ‘Rasputina’, saltó a ser mucho más cuando aparecieron las cifras sobre los favorecimientos que escondía la amistad entre ambos personajes.

Así, y contra la creencia de los supuestos infinitos alcances de la omnipotencia que da el poder, se demuestra que también tiene límite. Para quienes la conocen bien, Park nunca ha dejado de ser la persona que se consideraba heredera natural del primer cargo de la nación, como hija de Park Chung-hee, el dictador que marcó los pasos de la nación luego de la guerra de mitad del siglo pasado. Ahora, como tantos otros abusadores del favor popular, ella está a punto de terminar en la cárcel.

Fue en ejercicio de esa aparente condición de intocable que ella le dio la espalda a quienes la habían elegido y se empeñó en usar la política para su propios intereses, junto a los de su amiga Choi y a otras personas de un enigmático círculo de confianza. Son las que ahora se transforman en principales fuentes de las investigaciones en curso.
Pero toda esta historia, digna de un folletín, esconde en realidad las enormes dimensiones de la corrupción. Por eso, en ese juego de fichas de dominó que caen una tras otra, la situación de la ex presidenta ya empujó tras las rejas a Lee Jae-Yong, heredero de un imperio de las proporciones de Samsung. Lo que, de paso, compromete la imagen y la estabilidad de esa multinacional.

Ese es precisamente uno de los grandes debates que espera a los surcoreanos: cómo romper la malsana práctica que consciente que los grandes conglomerados económicos, los ‘Chaebol’, tipo Odebrecht, marquen el destino de su democracia y permitan la corrupción. Un perverso concubinato existente desde mucho antes que Park y que, como en muchos otros lugares del planeta, se mueve en los círculos del poder y utiliza toda clase de influencias y de sobornos para desviar a su favor el manejo del Estado.

Corea del Sur cortó por lo sano el que puede ser uno de los peores ejemplos de corrupción y abuso de la autoridad y ahora viene el desafío de no volverse a equivocar. Una decisión trascendental en Asia, porque lo que pase allí repercutirá en Corea del Norte, China, Japón, Filipinas y los Estados Unidos, como uno de los escenarios más sensibles de la paz mundial.

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