editorial

La cumbre de Singapur

Confusión puede ser la palabra que resume lo que quedó después de la cumbre entre el Presidente de los Estados Unidos y el de Corea del Norte en Singapur. Si bien se produjo una cita inédita entre los gobernantes de dos países enfrentados durante más de sesenta años, no es menos cierto que de esa reunión sólo salieron anuncios y declaraciones de propósitos sin compromiso que desemboque en un acuerdo para desactivar uno de los focos más grandes de tensión en el mundo.

Por supuesto, la cumbre es por sí sola un paso auspicioso, luego de la confrontación verbal de Donald Trump y Kim Jong-un en la cual no faltaron los peores epítetos. También es clara la imposibilidad de lograr que se resuelvan las profundas causas de una disputa en la cual los Estados Unidos ha venido representando hasta ahora la exigencia terminante para que Corea cese su carrera para producir armas nucleares.

Pero, después de conocer los cuatro puntos del documento firmado por los dos mandatarios, es imposible lanzar las campanas de celebración que reclama el presidente Trump. Ya muchos de los analistas mundiales afirman que Kim logró un gran triunfo por el sólo hecho de sentarse a negociar en igualdad de condiciones con el representante de la nación más poderosa del Planeta, su otrora feroz contradictor y de repente su mejor referente.

Ahora, el dictador y representante de una de las tiranías más terribles, es “honorable”, “inteligente”, “excelente negociador” y un hombre de Estado. Al parecer, y aunque sólo se comprometieron a establecer nuevas relaciones entre los dos países, a unir sus esfuerzos para construir un régimen de paz duradero y estable en la península de Corea, y Corea del Norte se compromete a trabajar hacia la desnuclearización, esas vaguedades le merecen el reconocimiento de su interlocutor.

Lo más desconcertante para sectores demócratas y republicanos en el Congreso así como en los estamentos militares, es que el presidente Trump, no bien terminó el encuentro declaró su intención de cesar los ejercicios militares con Corea del Sur, su aliado incondicional y uno de los factores más importantes para que la cumbre de Singapur no fracasara. Es el temor de que Estados Unidos empiece a otorgar concesiones sin recibir nada a cambio, sólo meses después de las amenazas de guerra y las movilizaciones aparatosas de su Armada en el Océano Pacífico.

Pasó la cumbre de Kim y Trump, sus equipos empezarán a negociar lo que debe ser el final de las armas nucleares en la península y la contraprestación que el régimen recibirá a cambio, así como la unificación de las dos Coreas, la división artificial de una sola nación. Nadie podrá desconocer el papel que han desempeñado tanto China, el mentor del régimen del Norte, como Moon Jae In, prudente mandatario de Corea del Sur, para entablar la negociación.

Pueda ser que los desarrollos del proceso iniciado el pasado martes en Singapur se conviertan en ese paso trascendental e histórico con el cual la buena voluntad reemplaza las amenazas y la guerra en la consecución de la convivencia mundial. Entonces sí será una cumbre histórica.

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