editorial

La sorpresa del ciclismo

La carrera Oro y Paz fue todo un espectáculo digno de las mejores épocas de las competencias ciclísticas en Colombia. Además, fue la oportunidad para demostrar que el deporte de las bielas, del sacrificio y los largos esfuerzos, está en el alma del pueblo colombiano.

Aunque hoy existe la televisión como medio para ver con comodidad una carrera de ciclismo, las carreteras por donde pasó la competencia fueron colmadas por miles de personas que a diario salían a ver pasar a los ciclistas, a manifestarles su cariño y su respaldo. Si bien cubrió apenas una porción del territorio nacional entre los departamentos del Valle, Cauca, Caldas, y el Quindío, en todo el recorrido se pudo presenciar el calor humano y la unión que despierta el que es uno de nuestros deportes nacionales que más satisfacciones y reconocimientos nos ha otorgado.

Eso se reflejó en la admiración y el agradecimiento de quienes participaron en la competencia con las grandes figuras del pedalismo colombiano. Y se destacó en las palabras de los invitados como el gran campeón Alberto Contador, de los entrenadores y dirigentes de algunas de las escuadras más significativas del ciclismo internacional y de los enviados de los medios de comunicación.

Todos ellos expresaron su sorpresa por el extraordinario recibimiento que encontraron en las vías y las localidades donde se desarrolló la carrera, y el conocimiento que de ellos tienen los campesinos y los habitantes de nuestros pueblos y ciudades. Fue su contacto con algo que no es nuevo para nosotros pues lleva casi setenta años de tradición en las Vueltas a Colombia y el clásico RCN donde se forjó una larga lista de figuras legendarias, muchas de las cuales fueron campeones nacionales y alcanzaron a descollar en las carreteras de América y luego en Europa.

Aunque se haya producido un declive en las movilizaciones populares y en el acompañamiento a las competencias tradicionales, con la nueva Oro y Paz se demostró que la afición sigue intacta y lista a acompañar el ciclismo en toda Colombia. Y para completar, se puso de presente la extraordinaria calidad de nuestros deportistas, muchos de los cuales son estrellas de gran importancia en el firmamento del ciclismo mundial.

Existe una faceta que por su importancia no puede ser ignorada: durante la semana que duró el certamen, los colombianos recibieron buenas noticias y volvieron a encontrar una razón para compartir en paz sus carreteras, sus pueblos y el amor por el ciclismo. Por eso, la carrera Oro y Paz merece el reconocimiento y el llamado para que sea respaldada en el futuro como una contribución necesaria y oportuna para la reconciliación.

Es cuestión entonces de motivar a las empresas nacionales para que se sumen a quienes apoyan ese deporte como un propósito de Nación y como vehículo publicitario de gran importancia, al igual que ocurre en las grandes carreras internacionales. Con ello se hace un gran aporte a la construcción de una identidad nacional a través del deporte, el vehículo que demuestra la cara amable y positiva de esta Colombia que busca siempre la manera de vivir en paz.

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