editorial

Mares que mueren

Ese mar que se pierde en el infinito, pletórico de vida y colores, donde los recursos naturales parecen inagotables muestra síntomas alarmantes de deterioro. La contaminación lo tiene enfermo, el cambio climático le pasa la factura, pero es la indiferencia su peor enemigo.

Hay imágenes como la de la costa de Honduras inundada por kilómetros de desechos plásticos, divulgadas a finales del año pasado, que muestran cómo los océanos se han convertido en basureros crónicos. La fotografía que poco se ve es la de la contaminación que llega por las aguas vertidas arrojadas sin ningún tratamiento al mar, o por los químicos utilizados en la industria, la agricultura y la minería, que van a dar a los ríos y al final desembocan en él.

Esa es la razón principal para que en los últimos 50 años se hayan cuadruplicado las llamadas zonas muertas en los océanos; son kilómetros de mar que se han quedado sin oxígeno, con las consecuentes pérdidas de vida animal o vegetal. A ello se suma el impacto del cambio climático, que ha aumentado las temperaturas en las aguas superficiales dificultando la llegada del oxígeno a sus profundidades y de paso provocando un aumento en las emanaciones de óxido de nitrógeno, un gas con efecto invernadero 300 veces más poderoso que el dióxido de carbono.

El panorama, presentado así, parece muy cercano al cataclismo marino. Su gravedad es innegable, pero no significa que todo esté perdido o que no haya una manera de reversar ese daño hecho a los océanos. Se necesita, hay que decirlo de nuevo, de la voluntad del mundo para detener el cambio climático y del compromiso de los gobiernos para hacerse responsables de la cuota de negligencia que les corresponde así como para emprender las acciones que son necesarias.

Mientras las aguas internacionales sean de todos pero de nadie, por ellas seguirán transitando los barcos que derraman combustible porque sólo a 1 entre 500 se le hace control, 6,5 millones de toneladas de desperdicios irán al fondo del mar cada año o formarán islas flotantes de residuos plásticos, y la pesca ilegal reducirá el número de especies que aún sobreviven en los océanos. Las zonas muertas también aumentarán si el 70% de los desechos industriales y el 90% de las aguas vertidas terminan en ellos sin recibir ningún tratamiento.

A Colombia se le debe reconocer su esfuerzo por crear políticas para enfrentar los problemas ambientales. Para este semestre se ha anunciado la expedición de una normatividad que establezca controles a las sustancias contaminantes que se descargan en sus dos mares, pondrá límites a los vertimientos que hacen los sectores productivos y un manejo especial de las aguas servidas, sobre todo en las poblaciones costeras.

Este es un paso importante, pero será insuficiente e ineficaz si no existe el compromiso de toda la sociedad. Ello se conseguirá si a las normas van acompañadas de un ejercicio real de autoridad y si se educa a los colombianos para que aprendan que la responsabilidad ambiental comienza en ellos y la salud del Planeta, incluida la de los océanos que ocupan la dos terceras partes del mundo, depende de cómo actúen en su vida cotidiana.

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