editorial

Que hablen los votos

Como en el departamento del Quindío donde empezó su campaña, la visita a Cali y el Valle del exjefe de las Farc y ahora aspirante a la Presidencia de la República está despertando reacciones que han llegado a hechos no aceptables dentro de la política y la democracia. Y aunque puede reconocerse como una reacción explicable contra lo que el señor Rodrigo Londoño representa, no es menos cierto que se le deben respetar los derechos a expresar sus opiniones, a ser elegido y a realizar actos públicos y privados con sus seguidores.

De eso se trata la democracia. El señor Londoño está realizando su gira autorizado por los acuerdos que pusieron fin al conflicto con las Farc. Lo deseable hubiera sido que tanto él como los diez miembros de su organización que ocuparán curules en el Congreso a partir del 20 de julio, hubieran pasado por la Justicia a dar la cara por los actos que ellos y su organización cometieron y se han comprometido a responder.

Pero eso no fue lo acordado, razón por la cual actúan ahora como movimiento político que expone sus tesis, sus críticas y sus propuestas, mientras la Jurisdicción Especial de Paz decide su futuro. Por otra parte, tampoco puede desconocerse que ello da paso a la respuesta de quienes no están de acuerdo. Fueron muchos años causando dolor y sufrimiento, son muchas las víctimas y mucho el daño que ocasionaron a muchas familias y a la Nación.

Eso no puede negarse y ahora, con la participación de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, la Farc, en las elecciones, se presenta la oportunidad para que la sociedad exprese su rechazo y su crítica a los integrantes de ese partido. Pero ello no puede realizarse con violencia, porque así se niega la esencia de la democracia.

Violencia también son las vías de hecho como arrojar piedras y huevos contra cualquier persona que haga proselitismo, o impedir que se realicen reuniones políticas desarmadas. Eso es lo que hace que se diluya esa sanción social que la inmensa mayoría de los colombianos quieren expresar contra la tenebrosa trayectoria de quienes hoy están actuando en la política a nombre de la Farc. Y que se disperse también el reclamo contra la impunidad de quienes aún no han respondido por los crímenes de los cuales se les sindica.

Muchos años y no pocas épocas de confrontaciones sangrientas se han superado en Colombia mediante la política y las elecciones. Aunque no todo ha sido perfecto, en esos momentos, el voto pacífico y civilizado, así como el acatamiento a las mayorías y el respeto a las minorías por pequeñas que sean, han sido el instrumento para lograr la reconciliación.

Por eso, que hablen las urnas y no la violencia. Que los colombianos digan con votos lo que piensan sin recurrir a las vías de hecho. Y sin impedir o negar el derecho a la protesta y al reclamo, hay que permitir que quienes cumplen los requisitos que se les han fijado puedan participar en la política pacífica y desarmada. En la democracia, son los votantes los que con su voto expresan su opinión y deciden quienes son los voceros legítimos de sus pensamientos políticos.

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