proceso de paz

El encuentro para curar las heridas que dejó la guerra en El Arenillo, Palmira

Sus manos temblorosas sujetan las velas que consigo elevan oraciones y plegarias a Dios, nadie es tan consciente del dolor como ella misma, y sus ojos, encharcados, reafirman que el perdón es un proceso lento y que el olvido no es más que una utopía.

El aire se vuelve denso, la neblina desciende de la montaña y los rayos del sol logran colarse entre su penumbra. Cerca de allí, en la vereda El Arenillo de Palmira, Valle, está ubicado el ‘Chalet de la muerte’, un lugar que emana frío y recuerda la barbarie a la que fueron sometidos cientos de campesinos por personas pertenecientes a grupos subversivos ya desmovilizados, entre ellos, el M-19 y el Bloque Calima de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC.

Ese lugar, donde hace un tiempo decenas de personas perecieron tras ser víctimas de tratos inhumanos y degradantes, aquel 18 de diciembre, después de tantos años, fue el escenario para que una madre hablara del dolor que lleva a cuestas por la pérdida de su hija y su nieto.

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Entre los recuerdos del pasado y lo que es de su vida hoy, doña Clemencia, de 60 años, sostiene en sus manos una vela y mientras lo hace se escucha un pequeño barullo, una oración silenciosa cargada de emotividad. En ese momento no hubo ni quejas ni reclamos, solo la melancolía y desasosiego de la pérdida de sus seres queridos.

“Mucho nos hablan del perdón y la reconciliación, pero nadie sabe y entiende del dolor y sobre todo la pena que uno lleva dentro. De perdonar uno perdona, pero jamás se olvida”, dice doña Clemencia, mientras por sus mejillas se deslizan lágrimas que parecen ser de sufrimiento, porque aunque ha pasado el tiempo, no deja de recordar los días soleados cuando veía la sonrisa de su hija y de su pequeño nieto.

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Por mucho tiempo estas tierras solo vieron recorrer las botas de campesinos que cultivaban la tierra para el progreso de sus familias, pero la comunidad de la vereda el Arenillo, desde 1985, fue asediada por los grupos armados. Para esa época, el movimiento M-19 hacía presencia en la vereda con combates con el Ejército Nacional y el uso del territorio como ruta de tránsito hacia otras zonas.

Más tarde vendría una segunda ocupación, en 1999 se asentó en ese territorio el Bloque Calima de las Autodefensas, que inició su consolidación con la operación de varios frentes; entre ellos, el Central, Farallones, Pacífico, Cacique, Calarcá, Yumbo y La Buitrera.

Para ese entonces, a El Arenillo llegaron alrededor de 70 hombres, los cuales con el tiempo se fueron multiplicando, al punto que llegaron a ser 700 militantes de este grupo subversivo, número que superaba a la población que vivía para ese entonces en la vereda.

Esos hombres fueron los encargados de difundir el miedo y el terror entre la población, a través de sus actos de barbarie. Doña Clemencia expresa que para esa época fue cuando le arrebataron la vida de su hija y su nieto.

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“Mi hija y mi nieto venían de Palmira, pasaron ocho días y no teníamos noticias de su paradero, nunca se nos pasó por la cabeza algo como lo que vivimos, pero así fue, después de transcurrir esos días los encontramos cerca a la escuela de La Ruiza, una vereda que queda muy cerca de aquí. Fueron esos hombres quienes les quitaron la vida. Nunca hubo respuesta alguna, nadie nos dijo el por qué de todo esto, ni ellos ni el Gobierno”, cuenta Clemencia.

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Ya han pasado 13 años de la salida de las AUC de esta zona y por eso el pasado 18 de diciembre, como una especie de conmemoración, habitantes de El Arenillo de Palmira y El Arenillo de Pradera, se dieron cita en el denominado ‘Chalet de la muerte’, que cambió su nombre por el ‘Chalet de la Vida’, en un acto simbólico promovido por la Unidad para las Víctimas para resarcir los hechos agudos del conflicto armado y de los cuales fueron víctimas por tanto tiempo.

El evento incluyó varios momentos, entre ellos, la bendición del lugar por parte del sacerdote Arturo Arrieta, director de Pastoral Social de la Diócesis de Palmira.

“Encendemos esta luz por todas las víctimas y por los victimarios, para que los corazones de piedra se transformen en corazones de carne.
Bendecimos este lugar para que el dolor sea sepultado. Este ya no es más el ‘Chalet de la Muerte’, debe ser el ‘Chalet de la Vida’”, dice, mientras todos los presentes encienden velas y elevan plegarias a sus seres queridos.

Mientras esto ocurre, Edgar Hernández, un campesino de la zona, hace hincapié en que este tipo de actos son necesarios para cerrar los ciclos de dolor y sufrimiento.

“Nosotros los campesinos temimos cientos de veces por nuestras vidas, nunca nos fuimos porque este es nuestro hogar, para uno ponerse a pasar necesidades también es complejo y, ahora que ya todo ha pasado, deseamos y esperamos seguir viviendo tranquilos”, expresa Edgar.
“Ahora solo espero que se me venza el contrato, y mientras mi hora llega, yo prefiero vivir en mi paraíso, estas tierras que lo dan todo. Aquí, uno no tiene nada más que pedirle a la vida”, añade.

Sobre El Arenillo

Con la presencia de las Autodefensas en la vereda El Arenillo de Palmira, Valle, las mujeres fueron acosadas sexualmente, al punto que los familiares preferían no enviarlas al colegio. Algunos hombres dejaron de trabajar porque tenían que cuidar de sus esposas para que no fueran violentadas.

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