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El 'sargento' Klein, el guardián de los animales silvestres en el Valle del Cauca

El 'sargento' Klein, el guardián de los animales silvestres en el Valle del Cauca

El ‘sargento’ Klein tiene cicatrices en sus dos brazos. En el derecho las heridas fueron causadas por una babilla. En el izquierdo, la mayoría de los rayones blancos se deben a ataques de iguanas. En cualquier caso, el ‘sargento’ Klein no guarda ningún rencor.

Es un hombre que, sobre todo, tiene una particular afinidad con los animales silvestres. Él sospecha de hecho que es de los primeros funcionarios en el Valle del Cauca que empezó a decomisarlos, rehabilitarlos, liberarlos.

Desde hace cuatro décadas trabaja en la autoridad ambiental CVC– es técnico 9, entre mayor sea el número mayor será el sueldo - y por las estadísticas se concluye que debe permanecer muy ocupado.
Solamente en 2017 su despacho reportó el ingreso de 825 “individuos”, entre decomisados y rescatados. La mayoría fueron aves y reptiles. También mamíferos y crustáceos.

En la bolsa de transporte que el ‘sargento’ carga en este momento hay por cierto un diminuto primate conocido como Tití León o Leoncillo. Lo encontraron en el patio de una casa finca del municipio de Jamundí. El ‘sargento’ lo toma en sus manos con la delicadeza con la que se sostiene a un recién nacido.

– Amo mi trabajo.

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El ‘sargento’ Klein se llama Luis Enrique Villalba. Tiene 62 años. El apodo de ‘sargento’ se lo ganó en Buenaventura. Cuando llegó al principal puerto exportador de Colombia ya trabajaba para la CVC, y entre sus tareas estaba la de hacer control y vigilancia de los recursos naturales.

Como ha sido muy estricto con su trabajo, no le quedaba otro remedio que denunciar a los que pescaban con dinamita y decomisar la madera ilegal que algunos pretendían sacar por ríos y carreteras, por lo que los traficantes comenzaron a identificarlo como el ‘sargento’ seguido de la sonoridad de su segundo apellido: Klein.

Tal vez conocían su pasado en el Ejército. Cuando tenía 17, Luis Enrique ingresó a la Escuela Militar de Popayán para hacer un curso como sub oficial y permaneció allí durante 18 meses. Egresó como cabo segundo.

Eso fue lo que le permitió recorrer Buenaventura con un revólver y una pistola al cinto, con los respectivos permisos. Eran tan frecuentes sus decomisos de madera que los traficantes concluyeron que ya no se podía ‘trabajar’ y decidieron amenazarlo de muerte. Por consiguiente él empezó a cuidarse, aunque para evitarse líos mayores pidió su traslado a Cali.

En la ciudad un sutil error de pronunciación le cambió la vida. Sucedió en alguna de las oficinas de la CVC. El ‘sargento’ dijo de mala manera el nombre del primer pájaro que identificó por su nomenclatura científica, el Troglodytes aedon, un cucarachero también conocido como el ‘ruiseñor del campo’, y una bióloga que hacía una pasantía comenzó a reírse mientras iba de puesto en puesto burlándose con los compañeros del fallo.

Luis Enrique no dijo nada, pero de inmediato, y con cierto dolor, se dirigió donde Eduardo Velasco, un biólogo amigo, y le pidió que le explicara la pronunciación correcta de los nombres científicos de los animales. En los ratos libres permanecía en la biblioteca.

Fue así como se convirtió en biólogo empírico con conocimientos profundos en veterinaria y taxonomía, la ciencia que clasifica a los organismos. También en un especialista en atrapar animales que pocos quisieran atrapar: serpientes, tigrillos y caimanes, principalmente.

Luis Enrique es el encargado, junto a la Policía Ambiental, de rescatar a los animales silvestres que aparecen en patios de los colegios, o en parques de pueblos. Igualmente comanda los operativos para recuperar especies en poder de traficantes o ciudadanos a quienes les parece lo más normal tener una boa constrictor como mascota.

Generalmente en esos operativos con los únicos con quienes se enfrenta es con los animales, para atraparlos por supuesto. Por lo regular quien es encontrado con un animal silvestre lo entrega de manera voluntaria para evitarse ir a la cárcel.

El Código Penal, en su división de delitos contra el medio ambiente, tipifica la captura, tenencia, transporte, exhibición y comercio de fauna silvestre con 68 meses de prisión y hasta 1600 salarios mínimos de multa.

Incluso en muchas ocasiones son los mismos dueños de las ‘mascotas’ los que acuden al ‘sargento’ para que se lleve al animal. Una vez se trató de una boa de 4 metros que permanecía en una casa. El día que la serpiente se tragó un perro mediano lo llamaron para que los socorriera.

Las serpientes, dice Luis Enrique, tienen un problema para quien quiera domesticarlas: como su cerebro es tan primitivo, no identifican a su supuesto amo como un amigo, sino como un proveedor de comida.
Cuando sienten hambre, o cuando están cambiando de piel, a veces no identifican ni siquiera a su proveedor de comida, por lo que cualquier movimiento lo consideran como un ataque.

Por eso otros prefieren abandonarlas en cualquier parte. Hace unos meses Luis Enrique se dirigió a una hacienda a las afueras de Cali para capturar una boa que alguien dejó ahí. Medía tres metros, y estaba repleta de huevos, lo que le hace sospechar que la utilizaban para cría. Para encontrarla, observó muy bien el pasto aplastado y siguió las huellas.

El comercio de fauna silvestre ocupa el tercer renglón entre las actividades ilegales más lucrativas del mundo. Un guacamayo en Europa o Estados Unidos cuesta entre 4000 y 5000 dólares. En Colombia apenas ronda el millón de pesos, y por eso los traficantes locales buscan enviar los animales al exterior.

Hace unos años, en el aeropuerto, el ‘sargento’ atendió el caso de un alemán que pretendía sacar ranas venenosas anestesiadas que llevaba pegadas con cinta por todo su cuerpo. En otra ocasión alguien durmió a un loro, lo introdujo en un tarro de PVC al que le abrió varios huecos para que ingresara suficiente aire, y lo ocultó con su ropa en una maleta.

Quizá ese pudo haber sido el destino del primate que el ‘sargento’ carga en la bolsa de transporte. Es tan pequeño, que Luis Enrique se demora algunos segundos en encontrarlo: el tiempo que tarda una mujer en hallar las llaves dentro de un bolso.

El Tití León cabe en la palma de la mano y es de origen amazónico. Los traficantes los atrapan de una manera bastante cruel: asesinan a su madre disparándole o poniéndole trampas con miel. Como ella siempre pare mellizos y permanece con ellos agarrados a su cuerpo, cuando cae los cazadores le arrebatan los bebés.

En Colombia esta especie se trafica en medio millón de pesos y es de las más perseguidas debido a la expresión humanizada de los Tití León: al mirarlos se tiene la sensación de que se está frente un niño pequeño.

En los días de apogeo de los grandes carteles de la droga, en cambio, las especies más traficadas eran las babillas. Estos caimanes llegaron al Valle desde la costa Atlántica. Pueden medir hasta 2 metros con 70 y se sospecha que algunos capos los utilizaban para desaparecer a sus enemigos. En una ocasión el ‘sargento’ encontró un lago con 14 de estos animales. Lucían robustos. Las babillas no atacan a los humanos, son demasiado tímidas para eso, pero sí comen la carne que les lanzan, dice.

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Luis Enrique es un hombre al que le gusta contar historias y soltar sonoras carcajadas, aunque hay solo una cosa que lo hace detenerse como si en algún lado se hubiera levantado el freno de emergencia de sus cuerdas vocales: el canto de un pájaro.

En ese caso hará silencio, girará su cabeza hacia donde proviene el sonido, y aguzará el oído. Ahora señala la rama de un árbol desde la terraza de la CVC y dice como quien no pretende despertar a nadie que el ave que acaba de aterrizar es un carpintero.

Identificar cada sonido de la fauna urbana así no esté en un operativo es terapia para su cerebro, explica. A los 62 años ya se le olvidan algunas cosas como el nombre del reportero que lo está entrevistando, pero recuerda con nitidez las cuatro especies de aves más traficadas en el Valle del Cauca: los azulejos, las guacamayas Carisecas, las loras de cabeza azul y las mirlas, “que cantan de manera espectacular”.

Los animales que decomisa el ‘sargento’ son llevados al Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre San Emigdio, una especie de gran finca donde intentan rehabilitarlos. Si lo logran, los animales son liberados en su hábitat natural. En 2017 fueron liberados 521; 147 tuvieron que ser reubicados en zoológicos. No eran aptos para volver al bosque.

Las vacunas que les inyectan algunos traficantes puede ser una de las razones. Una vacuna es de por sí un virus contra una enfermedad común en las ciudades, pero que no existe en la selva. Al liberar un espécimen vacunado se corre el riesgo de esparcir el virus en el bosque, lo que puede generar una pandemia.

Próximo a su jubilación, el ‘sargento’ se ve trabajando justamente con animales que no pueden volver a su hogar. Tiene una posibilidad de vincularse al zoológico La Rivera, en el municipio de La Unión, donde la mayoría de los animales han sido víctimas del comercio ilegal. También podría trabajar en un proyecto con quirópteros: murciélagos.

De una u otra manera continuará al lado de los animales hasta el “día que “Dios diga: su tiempo terminó”. Alguna vez el ‘sargento’ salió de la CVC tras una reforma administrativa, se fue para Estados Unidos donde ganaba 3600 dólares al mes lavando casas y limpiando jardines, y sin embargo apenas pudo regresar no lo pensó dos veces así su salario fuera infinitamente inferior. Un hombre afortunado es aquel que hace lo que ama.

El ‘sargento’ vive con tres gatos y en su hombro derecho tiene tatutado un dragón. En el izquierdo, un felino.

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