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¿Se puede repetir la tragedia de Guatapé en el Lago Calima o Buenaventura?

La seguridad en un mar tan convulsionado como el Océano Pacífico o en un lago ‘sin fondo’ como el Calima, es un asunto mucho más complejo que revisar si el viajero porta o no un chaleco salvavidas.

Los guardacostas de la Armada Nacional se encargan de verificar que no haya sobrecupo en la lancha o embarcación ni sobrepeso por carga. Que tenga el combustible suficiente para llegar al sitio de destino, que posea radio de comunicaciones en VHF Canal 16 y en buen estado para comunicarse en caso de una emergencia.

Además, que lleve al menos dos extinguidores en buen estado y luces de bengala para alertar en altamar, que porte flotadores y botes de salvamento si es una embarcación de mayor calado, que esté debidamente matriculada y tenga matrícula y certificaciones en regla, que ningún turista, pasajero o tripulante haya consumido licor o drogas...

En fin, son muchas normas, algunas de las cuales no cumplía El Almirante, la nave que naufragó en la represa de Guatapé (Antioquia) el pasado domingo 25 de junio con el saldo trágico de 9 personas muertas, entre ellas, la hija del dueño de la barca, quizás confiados en que un lago así no tenía la bravura, ni la inmensidad ni la profundidad del mar.

Una verdad distinta y que conocen a fondo todos en el Pacífico: como la marea sube cada seis horas, para ellos el mar es un ser vivo que en cualquier momento abre sus fauces y se traga al que esté desprevenido.

“Si no tienes el chaleco salvavidas puesto, el guardacostas no te deja salir o te devuelven y te multan”. Esa frase la repiten en Buenaventura y en Tumaco, en Juradó y en Málaga, en El Charco y en Bahía Solano, en Malpelo y en Gorgona, en Juanchaco y Ladrilleros, los viajeros frecuentes, los turistas, los lancheros, los nativos, los expendedores de tiquetes, los operadores turísticos y obviamente, el capitán de puerto y los guardacostas.


El almirante Luis Hernán Espejo, comandante de la Fuerza Naval del Pacífico, dice que el cuerpo de guardacostas de la Armada Nacional es el encargado de vigilar, controlar y verificar que toda lancha que parte del muelle turístico de este puerto sobre el Pacífico, llegue a buen destino con “cero eventos de pérdidas de vidas humanas”, porque eso es lo más importante de su vida misional.

El almirante Espejo atribuyó situaciones como la de Guatapé “a la ausencia de una autoridad” que haga cumplir las normas de seguridad y dijo que si allá hubiese habido uno de sus hombres –aclarando que su jurisdicción es solo el mar abierto– no habría ocurrido esa tragedia. Un evento que no se presenta a lo largo de los 1320 kms. que ellos controlan, desde Nariño, en la frontera con Ecuador, hasta el último pueblo del Chocó, en la frontera con Panamá.

Las 40 lanchas de turismo que en un puente festivo como este transportan a unos 40.000 turistas y en temporada alta como Semana Santa o de avistamiento de ballenas, mueven unos 60.000 visitantes y durante todo el verano hasta 120.000, tienen los chalecos salvavidas marcados con el nombre de la lancha y el número serial. Así evitan que los lancheros trasteen estos flotadores cuando van los inspectores a hacer operativos de control.

Sin embargo, un bonaverense que viaja por trabajo a las poblaciones cercanas al Puerto, denuncia que no se cumple la norma como exige la ley: que los chalecos deben ser de color naranja y reflectivos, para que puedan ser divisados en la inmensidad del mar, en una tormenta o de noche.

“Ahora por chicanería les ha dado por comprar chalecos azules, negros, rojos y otros colores y solo tienen unas pequeñas líneas color neón reflectivos, que no facilitan distinguirlos en las aguas gris oscuro del Pacífico y peor en la noche o en una tormenta”, dice.

Pero hay quienes a veces se niegan a usar el chaleco salvavidas. Carmen Riascos, nativa de La Bocana, dice que “uno va bien bañadito y bien arregladito al Puerto a hacer una diligencia a una oficina, y en la lancha le pasan ese chaleco mojado, sucio, oliendo a pecueca, entonces uno medio se lo pone por encimita no más”.

Y en cualquier momento puede pasar un imprevisto. Solo el pasado lunes festivo no alcanzó a llegar una lancha a la playa de La Bocana. El piloto, por imprudencia, bajó los motores sin disminuir gradualmente la velocidad y la barca se fue de “fundillo”, relata Kener Vallejo Hurtado, lanchero nativo que aprovecha el día de semana para hacer mantenimiento a los dos motores de su lancha, antes del otro puente festivo.

“Los pasajeros cayeron al agua y todos los lancheros corrimos a recogerlos. Aquí no se muere nadie, aquí todos estamos listos a salir corriendo si se presenta alguna emergencia”, dice. Como hicieron hace seis años cuando se quemó un buque de la Armada. Apenas lo vieron humear a lo lejos, salieron al rescate de la tripulación. Sin embargo, murió un infante de marina.

“El problema de Guatapé fue del capitán del barco, un barco en el que la gente no tiene chaleco puesto no debe salir. Aquí (en el Pacífico) el guardacostas no te firma la orden de salida”, refiere el hombre.
Pero hay nativos como Marquídes Ocoró, que desde los 8 años pesca en altamar y nunca en su vida ha portado chaleco. Se ayuda con una brújula para saber dónde está; una sonda para medir la profundidad, y un compás que le da el norte y el rumbo magnético.


Con su amigo Willington Flórez viene desde Timbiquí hasta La Bocana a pescar hasta 42 brazas mar adentro y dice que nunca ha tenido un percance. Pero si lo tuviera, advierte que lo mejor es tener calma y esperar, solo esperar.

“La gente se ahoga porque se desespera y comienza a tratar de nadar; el dicho dice, no nade contra la corriente, porque entonces se cansa y ya sin fuerzas, se ahoga. Lo que tiene que hacer es mantenerse a flote hasta que lo rescaten”, advierte este viejo lobo de mar con la paciencia digna del protagonista de la obra cumbre de Ernest Hemingway. Y dice que mejor que el chaleco es respetar el mar: si está picado, él no sale. Por esa razón lo encontramos en la playa al mediodía.

Marquídes dice que nadie está libre de un problema, como un paisano al que en altamar se le apagó el motor en una lancha tipo zapatico (pequeña) que fácilmente el viento se la lleva. Por eso la Armada lo rescató la semana pasada 44 horas después de quedar a la deriva.

Lago Calima, piloto en seguridad fluvial
lago calima

Los turistas que usan el ferry para hacer un recorrido recreativo en el Lago Calima deben cumplir las normas de vestir el chaleco y someterse a pruebas de alcoholemia, entre otras disposiciones.

Foto Javier Jaramillo / El País

Por Javier Jaramillo, especial para El País

El Lago Calima, tradicional sitio de veraneo en el Valle del Cauca, es el embalse piloto para todo el país en donde se observan las normas de seguridad de manera rigurosa desde hace varios años.

Esa es la apreciación del inspector Fluvial del Lago Calima, Jaime Guido García, frente a la tragedia registrada en Guatapé el pasado fin de semana, donde el barco El Almirante zozobró con 167 personas a bordo, de las cuales 158 fueron rescatadas con vida por lancheros del sector y 9 perdieron la vida.

“Antes de zarpar las embarcaciones, verificamos que todas los pasajeros tengan puestos sus respectivos chalecos salvavidas debidamente ajustados. Los controles son permanentes, todos los días del año y durante las 24 horas del día”, indicó el funcionario.

Dichos controles a las motonaves en el Lago Calima se hacen en forma coordinada con la Policía de Turismo y de Carreteras, en especial durante los fines de semana y en las temporadas de gran afluencia de público, tanto en la entrada número cinco, que es de libre acceso, como en los hoteles y clubes náuticos.

“Con el apoyo de la Policía se hacen pruebas de alcoholemia a los motoristas de las lanchas, los pontones y el ferri que prestan el servicio público de transporte”, indicó el inspector y enfatizó: “No permitimos que una embarcación zarpe si no cumple con todas las medidas de seguridad”.

Resaltó que el lago está debidamente señalizado a través de boyas, estableciendo zonas determinadas por donde deben navegar las lanchas y los jet sky o motos náuticas y así evitar accidentes o colisiones entre estos aparatos.

Igual parte de seguridad da Abelardo Gómez, coordinador del Consejo Municipal para la Gestión del Riesgo de Calima El Darién. El funcionario afirma que en las temporadas altas como Fiesta de Reyes, en enero; Semana Santa o las Fiestas de Verano, en agosto, cuando el Municipio recibe entre 60.000 y 80.000 visitantes, de las cuales el 80 % utilizan el embalse, se adopta un Plan de Contingencia con todos los organismos de socorro en prevención de hechos que lamentar.

Hoteles, centros recreacionales y clubes naúticos, por obligación, deben aplicar el mismo plan de contingencia, pero durante todo el año, no solo en temporadas de gran afluencia de turistas, afirma el coordinador.
“Desde hace unos 14 años, tanto operadores como propietarios de las empresas que prestan el servicio de transporte público, adoptaron el uso del chaleco salvavidas para todos los usuarios en toda clase de embarcaciones. Además, estas firmas deben tener seguros de responsabilidad civil para proteger a sus pasajeros”, explica Abelardo.

El secretario de Turismo de Calima

El Darién, Mario Germán Gómez, corroboró que en cada temporada alta como la que se acerca, se diseña el Plan de Contingencia en coordinación con el Consejo Municipal para la Gestión del Riesgo, en el que las normas de seguridad se aplican de manera rigurosa.
Sin embargo, “a mediados del año pasado un joven, que conducía un jet sky murió por inmersión al volcarse ese vehículo porque de manera terca se había rehusado a utilizar el chaleco”, recordó el Coordinador de Gestión del Riesgo.

Ricardo Rodríguez, paramédico y guía turístico de la lancha La Arrierita, en la que hace un promedio de 15 recorridos diarios alrededor del lago, de media hora cada uno, dijo a El País que “personalmente le ajusto el chaleco a cada uno de los pasajeros y quien no quiera usarlo, no le permitimos abordar la lancha”. Antes de partir, Rodríguez da unas recomendaciones para que las personas sepan cómo actuar en la eventualidad de presentarse un naufragio.

“Eso me parece extraordinario, porque así uno está más tranquilo y confiado”, dijo Carlos Carvajal, quien el pasado miércoles estuvo de paseo en el Lago Calima con su esposa e hijos.

En esto coincide, Luz Marina Duque, copropietaria de la empresa Calimarina. Dice que desde hace unos 25 años, cuando ella inició con dos socios el servicio de transporte público de pasajeros alrededor del embalse, “la observación de las normas de seguridad es rigurosa, eso ya es una cultura”.

“Tenemos una lancha con la que hacemos recorridos por todos los muelles para verificar que cumplan las normas de seguridad”, dijo el Inspector Fluvial del Lago Calima. También certificó que el ferri que presta el servicio de transporte público de pasajeros, con capacidad para 60 personas, dispone de chalecos y cumple con todas las especificaciones técnicas y equipos de comunicación vía radio de banda corta y celular para advertir cualquier emergencia.

“Todo esto hace parte de un proceso de educación y concientización que se ha hecho durante varios años con los operadores de transporte de servicio público, lo que se refleja en el bajo índice de accidentes que tenemos”. De acuerdo con el funcionario de la Alcaldía, los fines de semana acuden al lago Calima en promedio unas 5000 personas y para las temporadas altas entre 50.000 y 60.000.

Los riesgos de los nativos
lancheros

Marquídes Ocoró, pescador de Timbiquí, dice que siempre ha navegado el Pacífico en esta lancha, sin chaleco salvavidas y nunca ha naufragado.

Henry Ramírez - El País Buenaventura

Si los controles con los visitantes en el muelle turístico de Buenaventura son más estrictos, otra realidad es la que se vive en los muelles La Palera y El Piñal. Allí zarpan barcos de cabotaje, o sea, los de carga, de pasajeros (utilitarios), pesqueros y de combustible.
El País visitó una vetusta embarcación que se alistaba para salir a las 6:00 p.m. hacia Timbiquí. Y sintió una desazón como la de Mcqroll El Gaviero, como si fuera con rumbo desconocido a las fronteras con la muerte.

Latas oxidadas por el efecto salobre del agua marina, que con un fuerte oleaje pondría en riesgo a los 25 pasajeros y a los seis tripulantes que llevan el timón.

El contador, un hombre joven encargado de cargar y entregar los víveres que los pasajeros llevan para sus lugares de origen, dice que el barco tiene capacidad para 65 toneladas. Y admite que varias veces los guardacostas los han devuelto desde el puerto de Aguadulce, donde hacen los controles, por haberse volado la línea de carga, es decir, ese límite de peso, a veces porque no calculó bien el peso del Acpm, el combustible que mueve el barci.

“Entonces toca devolverse y bajar mercancía, arroz, aceite, azúcar, granos, o materiales de construcción como cemento, pinturas, algo de la mercancía que los nativos necesitan allá”, dice el hombre de mar que desde hace 15 años trabaja en este barco que hace rutas también a Tumaco o El Charco, en Nariño; Guapi o Timbiquí en Cauca, o Pizarro, Bahía Solano o Juradó, en Chocó.

Millas suficientes para conocer los riesgos del Pacífico y por eso muestra cinco botes de salvamento, cada uno con capacidad para seis pasajeros; ocho extintores, seis de ellos en el cuarto de máquinas; dos aros salvavidas, luces de bengala y dice que los chalecos están debajo de las colchonetas de los camarotes, que por ley deben llevar seis chalecos adicionales al número de pasajeros, por si en el momento de una emergencia algunos se los lleva el agua, y mínimo 12 para niños.
El País solo halló tres o cuatro chalecos, pero el hombre dijo que era que a veces los recogían y los traían solo a la hora de zarpar. No obstante, un nativo reveló que hay embarcaciones, en las que cada pasajero porta su propio chaleco, como el motociclista lleva su casco. Y el que no tiene para comprarlo, pues viaja a la deriva.

El contador dice que nunca han tenido emergencia, pero que sí han pasado cinco y hasta ocho horas en altamar reparando la máquina. De ahí que los lancheros coinciden con él en que lo más importante es que ese, que es el corazón del barco, funcione, no importa si la lámina está oxidada. Y confiesa también que han rescatado personas de barcos o lanchas que han naufragado.

El hombre dice que la Capitanía del Puerto envía un inspector cada tres o seis meses para hacer las revisiones de la máquina, algo así como la revisión tecnicomecánica de un carro, que se expide cada año, pero si no cumple las condiciones, puede ser suspendida para prestar el servicio.

Javier Torres, presidente de la Asociación de Transportadores de Cabotaje, Asocabotaje, dice que el transporte utilitario del Pacífico es el más seguro de Colombia a lo largo de los 1320 kms. de costa. “En cien años los siniestros no superan las 50 personas, cuando en Colombia puede morir ese número de personas en un fin de semana. Y los naufragios en el Litoral Pacífico son de uno en diez años, gracias a que los marinos son los mejores preparados de Colombia, justamente por la misma complejidad de la navegabilidad de la región”, dice Torres.

Cifras muy bajas dice él, considerando que 73 embarcaciones movilizan 27.000 pasajeros al mes en temporada baja y transportan 73.000 toneladas de carga al mes y 1.400.000 galones de combustible a estos pueblos donde no llega el fluido eléctrico y donde el único medio de transporte es marítimo, pues a lo largo y ancho del Litoral Pacífico, solo el 3 % tiene carreteras.

Prueba de ello es que los barcos internacionales tienen que recurrir al piloto práctico, es decir, un nativo del Pacífico que recibe al gran barco en altamar y lo entra a la bahía y al Puerto porque conoce el camino como la palma de la mano y así evitar riesgos, porque los pilotos extranjeros no lo dominan.

Daños a lancheros

Lancheros del Puerto denuncian que ellos sí están en riesgo por los barcos de carga de gran calado al atracar.

El lío es que no disminuyen la velocidad a 7 millas náuticas por hora como exige la ley, sino que entran a 10, 12, 14 y hasta 20 millas náuticas/h. y levantan olas muy grandes.

Hace cuatro años un fuerte oleaje causado por un enorme barco destrozó cuatro lanchas, dañó dos más y tumbó una casa y la azotea de otra, dice uno de los nativos de La Bocana.

Denunciaron ante la Sociedad Portuaria para que reclame por los daños, “pero cuando uno pelea con grandes multinacionales, lo de los pobres no vale nada”, se quejó uno de los afectados.

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