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Francia Márquez recuerda su duro trayecto hasta el 'Nobel ambiental'

Francia Márquez recuerda su duro trayecto hasta el 'Nobel ambiental'

Imagino a Francia Márquez en su casa. La imagino apagando los bombillos innecesarios, reconviniendo a quien deje parte del almuerzo en el plato, desconectando los electrodomésticos que no se van a encender, separando la basura.

A la periodista Manuela Rubio Sarria le dijo para un documental que está realizando sobre su vida:

– En Colombia tres mujeres hemos ganado el Premio Medioambiental Goldman. Eso dice mucho de cómo somos las mujeres. Estamos cuidando siempre. La casa, los hijos, todo. Por eso creo que a la política hay que incluirle ese amor maternal por el cuidado de la vida. Por ahí es el camino.

Francia se encontraba en la Universidad Santiago de Cali, donde estudió derecho. Allí fue invitada al Salón de los Rectores, a juntas directivas, mientras la seguían admiradores que pretendían una foto y periodistas. Es la vida después del premio que se concede anualmente como recompensa a los defensores de la naturaleza, en su caso por haber combatido la minería ilegal de oro en el corregimiento La Toma, de Suárez, Cauca, donde nació. Al Goldman lo llaman “el Nobel del medio ambiente”.

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Francia se sonrió con picardía cuando le pregunté cómo le habían cambiado los días desde el galardón. Era como si estuviera esperando que un reportero le indagara por ello.

– Tengo que decirle que, siendo honesta, cuando estaba aspirando a la Cámara de Representantes me tocaba buscar a los periodistas para que me hicieran una nota y varios me dijeron: “le vale dos millones, tres millones, hasta 15 millones”. Y hoy, todo el mundo quiere hacerme una entrevista. Para mí esto es nuevo, no estoy acostumbrada, pero entiendo que soy un referente para el pueblo afrodescendiente, para las mujeres, para América Latina. Y todos los días me solicitan entrevistas. Me siento asfixiada, pero creo que es importante que se reconozca el esfuerzo que hacemos, aunque he sentido que voy contra la corriente. Sin embargo estos reconocimientos como el Goldman son una inspiración para seguir empujando la lucha, seguir construyendo caminos de vida digna para la gente.

En ese momento Francia me estrechó la mano con cariño, como diciendo: “que los periodistas me hayan cobrado no es un problema”. Era el fin de una charla en la que contó de dónde viene ese vínculo suyo con la tierra y cómo una y mil veces ha resistido la comunidad de La Toma en Suárez, Cauca, a la minería ilegal, a los proyectos que les impone el Estado, al paramilitarismo, al racismo.

– Resistimos pero no aguantamos.

¿Cómo nació esa conciencia por el cuidado del territorio?

Yo crecí en La Toma, un corregimiento del Cauca. Vivíamos de la minería ancestral. No puedo olvidar que mis ancestros fueron traídos en condición de esclavitud y en mi territorio hubo una mina esclavista de oro. Mis abuelos aprendieron ese oficio y con ellos yo aprendí las prácticas tradicionales de las comunidades afrodescendientes.

La gente adoptó la minería artesanal como una forma de subsistencia pero también como una manera de hacer comunidad alrededor de esa actividad. Y algo que aprendí es que la gente en la mina es muy solidaria. Por ejemplo, la forma de hacer minería es a través de una tonga, como le decimos. Antes hacemos una reunión con la comunidad para informar que vamos a ir a hacer la tonga. En un pedacito donde se haya identificado que puede haber oro, nos juntamos todos.

La gente iba al río y hacía el almuerzo y si alguien no llevaba comida, entre todos reuníamos y no lo dejábamos con hambre. O aparecía el oro en una parte, pero donde usted estaba no aparecía, entonces lo invitaban para que fuera a sacar porque había una conciencia de que todos tenían que llevar algo a la casa. Y eso para mí es la base de los principios de solidaridad que han estado en la comunidad y que me han marcado.

Donde comen dos, comen tres…

Yo recuerdo que mi abuelo utilizaba una forma de pescar tradicional que le permitía coger una buena cantidad de pescado. Y cuando cogía mucho, mi abuelo nunca vendía el pescado; lo regalaba. Nunca vi a mi familia ni vendiendo pescado ni comida.

En mi comunidad alguien se enfermaba, y las mujeres que sabían de medicina ancestral iban a hacerle algo con sus plantas. Si no veían resultados, entre todos reunían plata para llevar al enfermo al médico. Y cuando alguien se muere igual. No es como acá, en la ciudad, que lo llevan a una funeraria y en la noche lo dejan solo ahí.

Nosotros tenemos una creencia: el que se va en la noche, el muerto lo asusta en el camino. Tenemos una conciencia de acompañamiento al otro muy fuerte que es evidente en los actos fúnebres. Todos rodeamos a la familia, unos buscan la leña para hacer el café, otros llevan el café, otros el azúcar, otros el pan, hacemos mazamorra, hay mucho apoyo comunitario y eso hace parte de nuestra cultura. Para mí esa solidaridad es lo que hizo que me fuera involucrando en el trabajo comunitario. Y el vínculo tan fuerte que tenemos en el Cauca con la tierra.

¿Cómo es esa relación con la naturaleza, con el río?

Para mí era muy bonito en mi infancia ir al río, dormir junto al río con mi abuelo. Nosotros hacíamos unos ranchos a la orilla y el ruido del agua me arrullaba y me dormía. Mi abuelo llevaba su racimo de plátanos y en la noche nos hacía plátano y cogía pescado y nos lo asaba. Éramos muy felices.

Amamos al río, el Ovejas. Allá los jóvenes nos íbamos a pescar en la noche. Cuando llegó el conflicto armado ya no podíamos hacerlo, pero regularmente nos levantábamos en la madrugada para ir a pescar. También era el sitio donde íbamos a hacer minería. Llegábamos de la escuela y los mayores nos daban su trozo de tierra y sacábamos oro para comprar el mecato o lo que fuera, entonces para nosotros ha sido una forma de cultura.

El río entonces era el centro de la comunidad. Era economía pero también cultura y diversión.

¡Claro! Algunos compañeros míos en la infancia se robaban las gallinas e íbamos a hacer el sancocho y hacíamos la ‘pucha’. Es la comida comunitaria. “Vamos a hacer una ‘pucha’”, decíamos, y todos tenían que poner algo. Algunos ponían las gallinas robadas. El río para mí es lo que nos ha motivado. Yo he escuchado a mayores diciendo que el río es padre y madre. Y determinó mi vida.

¿De qué manera?

Fue en 1993 cuando recién empecé a tomar conciencia de mí, de lo que yo iba a ser, todo porque en nuestro territorio se había construido la represa de la Salvajina para regular el agua del río Cauca, y propusieron en ese año desviar el río Ovejas a la represa. La Salvajina ha tenido consecuencias sobre la vida de la gente en el norte del Cauca. La gente vivía con las madreviejas, que acá llaman humedales. Y cuando regularon el agua con Salvajina se secaron esos humedales.

Pero también se expandió el mono cultivo de caña de azúcar, que ahogó a la gente de la finca tradicional. En muchas zonas Salvajina significó inundación de la tierra de la gente. En estos treinta y pico de años el embalse ha generado un microclima que terminó afectando el café, el plátano, la yuca, por la humedad relativa. Algunas especies de árboles tradicionales que habían ya no existen.

Sin embargo antes de esa lucha por la tierra a raíz de Salvajina hubo otros conflictos…

La historia que me cuentan mis mayores es que varios de mis tíos y mis abuelos estuvieron en la cárcel. Había un terrateniente que tenía una gran cantidad de tierras y los quería despojar de sus territorios. El Cauca es un departamento marcado por la influencia de los esclavistas payaneses e históricamente las comunidades han peleado por tener su pedazo de tierra. Y la historia más reciente, nos dicen varios mayores, es que a muchos los metieron a la cárcel por defender las tierras ancestrales. El terrateniente cercaba y ellos volvían a correr el cerco para defender lo que era suyo. Mientras estuvieron en la cárcel a las mujeres les tocó trabajar en la mina para pagar los abogados. Siempre ha habido esa lucha por el territorio.

¿Cómo se organizó la comunidad cuando se anunció la construcción de Salvajina en la década del 80?

Varias cosas pasaban ahí. Una es que no había una ley ambiental, entonces nunca hicieron una evaluación del impacto de lo que podía generar la construcción del embalse. Lo otro es que esas decisiones las tomaban los políticos de turno. Quien decidía no era la comunidad sino los políticos. No hubo consulta previa, tampoco existía esa ley. A la comunidad simplemente le dijeron: “necesitamos construir una represa, les vamos a pagar algo por la tierra”, a todos lo mismo, ni siquiera le valorizaron la tierra a la gente, y obligaron a vender.

La gente hizo una movilización hasta Popayán y ahí salió un acta que se conoce como el Acta del 86, donde el gobierno se comprometía a hacer acueductos, vías, porque la gente quedó incomunicada, hacer varios puentes en la margen del embalse para que la gente pudiera transitar porque eran familias que quedaron al otro lado. Prometieron hacer centros de salud, se comprometieron a reubicar las zonas de minería porque quedaron inundadas y paradójicamente esas zonas, donde la gente hacía su actividad ancestral, responsable, sin utilizar mercurio, se la habían otorgado a la Anglo Gold, una productora mundial de oro. Salvajina generó un gran impacto.

¿Y qué pasó en 1993 cuando propusieron desviar el río Ovejas?

Con esa medida nuestro territorio se quedaba sin agua, sin cómo cultivar y hacer minería ancestral, entonces la comunidad dijo: “no lo vamos a permitir”. Hicimos una movilización hasta la CVC y les exigimos que hicieran una evaluación de los impactos ambientales que eso generaría y pararan la desviación del río. Fue la primera experiencia de consulta previa que iniciamos en Colombia en 1994 a partir de la Ley 70, que nos reconoció ese derecho de ser consultados.

¿Finalmente el río Ovejas no se desvió?

No, pero ha tenido muchas afectaciones porque ha llegado la minería ilegal que lo ha envenenado, que ha acabado con la minería artesanal, ha destruido varias zonas productivas, ha alterado el territorio. No solamente ha generado cambios de la zona en términos físicos, sino también impactos culturales que se han dado a partir de la llegada de personas de afuera.

Y además muchos llegaron, con títulos en mano, a explotar esa zona.

Al mismo tiempo que nosotros estábamos luchando para que no desviaran el río Ovejas, tuvimos presencia de paramilitarismo en el norte del Cauca. Lo más grande que se ha conocido es la masacre del Naya, en 2001. (Los paramilitares asesinaron a 24 personas y desplazaron a 3.823).

Pero antes de eso hubo muchas otras violencias que se cometieron sobre esos territorios que generaron pánico, y después aparece que en esa misma zona se le entregaron títulos de explotación minera a una empresa fachada de Anglo Gold. Además le entregaron títulos a personas naturales como un señor que se llama Héctor Sarria, o Raúl Fernando Ruiz. Esos señores empezaron a solicitar órdenes de desalojo de las comunidades negras de sus propios territorios. Es ahí cuando yo me vengo a estudiar derecho a la Universidad Santiago de Cali.

¿Y qué pasó en la Santiago?

En primer semestre, con el apoyo de varios abogados, instauramos una acción de tutela porque empezaron a darse órdenes de desalojo permanentes en nuestro territorio. La Defensoría del Pueblo jugó un papel muy importante porque cada vez que había una orden de desalojo, la Defensoría sacaba un documento suspendiéndolo.

El señor Héctor Sarria entuteló para que le protegieran su derecho a su título minero. Nos declaró perturbadores de mala fe. Pasamos de ser poseedores desde 1636 de nuestra tierra, a delincuentes. Y bueno nosotros también entutelamos, aunque nos negaron la tutela con el argumento de que no no teníamos un título colectivo y que el suelo era del Estado y el Estado se lo podía entregar a quien considerara. Pero la Defensoría del Pueblo ayudó mucho como también el Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de Los Andes. Y logramos instaurar una nueva acción de tutela para alegar la violación al debido proceso y la violación al derecho fundamental a la consulta previa.

Fue cuando la Corte expidió el Auto 005 de 2009 para la protección de los derechos de las comunidades negras…

Sí, porque había un riesgo inminente de desplazamiento de cientos de personas. Y la Corte en el 2010 falla una sentencia, la T1045A, en la que reconoce que en La Toma somos una comunidad afrodescendiente, que tenemos un territorio, que la minería que hacemos es ancestral y suspende los títulos mineros que se habían otorgado.

Nosotros sentimos un alivio, ya la hicimos, pensamos. Pero no. Después de eso, llegó la minería ilegal. Las mismas máquinas que destruyeron el río Dagua en Buenaventura, llegaron a nuestro territorio. Hubo corrupción institucional. Porque, ¿por dónde pasaron esa maquinaria? No son cajas de fósforos que uno se echa en el bolsillo.

Y ahí empezaron las amenazas de muerte…

Cuando llegaron mineros ilegales con esas máquinas nosotros en la comunidad dijimos: “vamos a irlos a sacar”. Yo empecé a decirles: “ustedes tienen que salir porque aquí hay una sentencia”. Y ellos decían: “nosotros no comemos de sentencias”. Y empezamos a recibir las amenazas. Aunque desde que salieron los títulos mineros y salió la sentencia a nuestro favor, fuimos declarados objetivo militar por grupos armados. Yo tuve que salir de la zona y sigo con un esquema de protección. Voy al Cauca pero no me quedo.

Se han cometido asesinatos de personas al interior del territorio y eso ha generado pánico. Se cometió una masacre de 8 mineros que estaban en el río Ovejas. Hasta ahora no sabemos qué pasó con esas personas. Y se han cometido muchas muertes selectivas.

De esa lucha contra la minería ilegal viene lo que planteó en el discurso de los premios Goldman: consolidar un modelo económico sostenible. ¿Cómo sería ese modelo?

Yo creo que eso parte de hacernos consientes como seres humanos. Hacernos conscientes de que necesitamos el agua para vivir, necesitamos alimentos y oxígeno para respirar. Si tenemos claro esos tres elementos que son fundamentales para la existencia de la vida creo que podemos pensar en cómo hacer un cambio al modelo económico, porque son esos tres elementos los que se están afectando con el modelo actual. Acabé de ver un informe que decía que alrededor de 80 ríos están envenenados con mercurio en este país. ¿Eso qué significa para la vida?

Un modelo económico sostenible pasa entonces por el amor maternal. Como seres humanos tenemos que volver a retomar ese amor maternal que nace de ese vínculo entre la mamá y el hijo cuando le pone el pecho. Uno no quiere que a su mamá le pase nada malo. Y así mismo uno tiene que ver el territorio. A la mamá uno tiene que cuidarla. Y tiene que cuidarla porque es la que otorga la vida. Y yo creo que para mí el modelo implica eso más allá de lo económico. Lo que está en juego es la existencia de la vida en general.

Hay analistas que argumentan que el discurso del cambio climático es un instrumento político de las potencias para evitar que otras naciones se desarrollen. ¿Cuál es su mirada del tema?

Yo he notado el cambio climático en mi comunidad. Sabíamos cuándo era verano y cuándo invierno; hoy no. La gente sembraba según las fases de la luna, pero hoy no es tan fácil identificar eso porque hay una alteración del sistema. En mi comunidad nosotros en las noches nunca sentíamos frío, y hoy se siente un frío impresionante, y en el día un calor que usted no se lo soporta. Y yo creo que eso muestra que el clima está cambiando. Esta misma ciudad, Cali, lo está sintiendo. Hay épocas en las que llueve terriblemente. Científicamente está demostrado que hay un cambio climático.

Tenemos que elaborar una nueva cultura. Adoptamos la cultura del consumismo, de destrucción, de desecho, y creo que hoy nos toca replantearnos esa depredación. Tenemos que pensar en una cultura de la conservación. Y eso pasa desde la casa.

Y hay que resistir, además, pero no aguantar. Fue la frase que desató un aplauso estruendoso en la entrega del premio Goldman. ¿Qué es resistir?

Yo creo que nosotros como pueblo hemos resistido toda la vida. La resistencia de nuestros ancestros empezó con tirarse de los barcos negreros. Preferían eso antes de aceptar la esclavitud. Pero los que llegaron acá también han resistido fugándose de las haciendas esclavistas y haciendo sus palenques. Como comunidades afro nosotros hemos resistido a la violencia histórica, contemporánea, estatal.

A veces nos ha tocado ir a hablar con los actores armados para que no maten a la gente en nuestros territorios, poniendo en riesgo la vida misma. Porque cuando uno se va a hablar con un actor que tiene un arma en la mesa, uno corre el riesgo de que o lo convenza de parar su violencia o que te terminen matando. Para mí eso es resistencia, pero también la gente ha establecido prácticas de buen vivir que van desde la producción de sus propias economías y la conservación de sus prácticas ancestrales que han ido pasando de generación en generación. Es otra forma de resistir.

Pero no podemos aguantar la violencia, no podemos seguir aguantando el racismo estructural, no podemos seguir aguantando el patriarcado que en mi condición de mujer nos sigue golpeando y nos sigue violentando, y no podemos aguantar injusticias. Resistimos pero no aguantamos. Es decir que tenemos que transformar esa realidad, eso es lo que me ensañaron mis abuelos. La gente de la comunidad lo ha dicho siempre: resistir no es aguantar.

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