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El silencio

El silencio

Mayo 16, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Lo que no hacemos, dicen los psicólogos, nos retrata de cuerpo entero. Los temas que un escritor evade dicen tanto sobre su personalidad como los que sí frecuenta (por ejemplo, la reticencia de Borges hacia el sexo). Los críticos harían bien analizando lo que un autor nunca dijo, la ‘obra negativa’, digámoslo así.

En su autobiografía, Albert Camus cuenta que una tarde se sentó en un parque, caviló largo rato sobre su futuro y al final decidió que abandonaría la pintura y se consagraría a escribir. “No fue fácil. Yo amaba la pintura pero tuve que aceptar que era imposible hacer bien ambas cosas. Muchas veces he pensado, con tristeza, en ese joven pintor que murió esa tarde”.

(Yo maté al matemático que una vez fui. Vengativo, él vive poniendo en mis manos libros de ciencias duras y de inteligencia artificial… de los que no entiendo nada. ¿Por qué sigo buscando estos libros? Porque una gran pasión no muere sin dar la pelea).

En un poema suyo, José Zuleta se fija en unos pétalos en el suelo de una floristería. La explicación es sencilla: han sido desechados por algún detalle, un borde estropeado o marchito, pero el poeta comprende la gravedad del caso: esos pétalos son cartas de amor que nunca serán enviadas.

Rulfo fue un caso especial. Hacía y deshacía. Le encantaba tachar (los que escriben saben que es una pasión irrefrenable. El arte de tachar). Pedro Páramo, contó una vez, tenía inicialmente más de 400 páginas. Entonces Rulfo tomo el lápiz rojo y tachó las intromisiones del autor, las acotaciones, las explicaciones, las obviedades y al final solo quedaron esos magníficos jirones de niebla que resultaron ser un instrumento perfecto para siluetear los fantasmas que penan en sus páginas. Luego escribió La cordillera, pero ya había perfeccionado el método y la tachó toda.

George Steiner, un glotón que lo sabe todo y lo ha dicho casi todo, vivía con culpas por unos proyectos que siempre aplazaba. Entonces tomó la pluma, escribió reseñas de esas criaturas nonatas (entre estas una soberbia sobre la envidia), las compiló en un volumen, lo tituló Los libros que nunca he escrito y les puso este sucinto y suficiente prólogo:
“Cada uno de estos siete capítulos habla de un libro que yo
tenía la esperanza de escribir pero nunca he escrito. Trata de
explicar por qué.

“Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a
la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste. Es
una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes
que nunca emprendimos. La filosofía enseña que la negación
puede ser determinante. Es más que una negación de posibilidad.

La privación tiene consecuencias que no podemos prever
ni calibrar adecuadamente. Es el libro que nunca hemos escrito
el que podría haber establecido esa diferencia. El que podría
habernos permitido fracasar mejor. O tal vez no”.

El silencio también dice cosas. Sin él no hay ritmo, que es justamente un patrón de sonidos separados por intervalos silentes. Los renglones en blanco de los textos nos advierten de saltos en el tiempo o de cambios de narrador. La prosa está obligada a la claridad y la elocuencia, pero la poesía es el equilibrio, precario o preciso, entre lo que se dice y lo que se calla. Si lo dice todo, se convierte en una estructura cerrada y puede incurrir en obviedades y perder gracia. Con frecuencia, la fuerza del poema está en lo que calla. Los recipientes están hechos de vacíos, de oquedades. La obra de un artista viene a ser el positivo de la otra, la que se quedó en el tintero.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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