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Caldono, un pueblo en donde se enseña en medio de las ruinas

Caldono, un pueblo en donde se enseña en medio de las ruinas

La foto fue hecha en 2016. El fotógrafo José Luis Guzmán y yo habíamos ido a Caldono, en el Cauca, para hacer un reportaje sobre los cultivos de marihuana de uso medicinal y una denuncia que hacían las comunidades indígenas de que las licencias de producción habían sido dadas por el Gobierno a multinacionales.

Vimos la estación de Policía destruida por una ataque de las Farc de varios años atrás, la recorrimos y entonces encontramos la imagen. Atrás de la estación estaban, están, las ruinas de un colegio que había sido derribado en un ataque en 1999. Y en medio de esos destrozos estaban ellos. Cinco niños, una niña, un tipo con tizas en sus manos, quien en la mañana había llevado hasta el lugar varios asientos y mesas y a esa hora dictaba una clase de escritura a los chicos.

Estaban ahí, aprendiendo en medio de unas ruinas de casi 20 años, de un colegio destrozado y precipitado en el olvido.

Luego, entonces, el profesor, cuyo nombre ahora he olvidado, me lo dijo: aquel colegio nunca había sido reconstruido, para qué, si podría ser destruido en cualquier momento. Lo reedificaron, sí, pero en otro lugar, y estos chicos que aprendían con él eran algunos de los que no podían ir a la escuela, que por razones cualquiera no tenían un cupo, no podían comprar cuadernos, quizá algunos días debían trabajar con sus padres en las fincas, quizá. Así que solo tenían, de cuando en cuando, aquello: un salón en ruinas en donde el tablero verde perduraba.

Y lo tenían a él, un profesor indígena que, si ellos lo deseaban, podía sacar un poco de su tiempo cualquier día en la mañana para enseñarles a leer y a escribir.

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Para entonces, para 1999, el colegio Madre Laura estaba allí, tras la estación de Policía de Caldono, en el Cauca. Para entonces, también, los ataques de las Farc contra el pueblo bien se podrían presentar cada semana o cada quince días, o al menos así es como lo recuerda el profesor Orlando Campo, que desde 1989 trabaja para ese colegio.

Pero Orlando no exagera. En el 2000 Caldono hizo parte de la lista de municipios de todo el país en los cuales no había presencia institucional: no había policía, ejército, personería, defensoría... Solo ellos, sus habitantes, y las Farc alrededor.

Pero fue un año antes, en junio de 1999, cuando uno de los ataques de la guerrilla contra la estación de Policía que se dilató desde casi las cuatro de la tarde hasta ya entrada la noche, que el colegio quedó en ruinas.

Cayeron cilindros de gas, cayeron esos explosivos artesanales que llaman tatucos, cayeron granadas, muchas balas, por fortuna los niños ya habían salido de clase, pero dos monjas cuyo convento estaba en el colegio fueron heridas, una de ellas de gravedad por una esquirla de explosivo que le golpeó en la cabeza.

El ataque terminó, al día siguiente atestiguaron los destrozos y el alcalde de entonces decidió construir carpas y tiendas de plástico en el parque del pueblo para continuar con las clases. Luego se construyeron más carpas y más tiendas entre las ruinas del colegio y después, unos seis meses tal vez, dice el profesor Orlando, se inició la construcción del nuevo colegio.

Escuela caldono

En el colegio Madre Laura más del 90 % de los estudiantes son indígenas Nasa.

Giancarlo Manzano / El País


El profesor, que habla conmigo justamente en donde se encuentra la nueva construcción, lo recuerda todo con un cierto desconcierto que solo le puede dar el tiempo. ¿Cómo fue posible que luego de tanta destrucción ellos siguieran, entre las ruinas, intentando enseñar a los niños, y los propios chicos quisieran seguir aprendiendo, todos con miedo, claro, con mucho miedo, pero igual, como sabiendo que no podían rendirse? ¿Cómo fue posible?

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El colegio Madre Laura fue reconstruido a mediados del año 2000, gracias no al esfuerzo del estado sino a una ONG de Suiza y España que financió el proyecto.

El colegio fue reconstruido a casi un kilómetro del lugar en donde fue destruida su otra sede y se tomaron todas las precauciones: se construyó, además de salones y patios de juegos y una biblioteca, un búnker para proteger a los estudiantes en caso de ataques de las Farc, también se instalaron varias banderas blancas alrededor y a la entrada, en donde se encuentra el cartel que dice el nombre del colegio en lengua española y en la lengua tradicional de los indígenas Nasa, hay una señal en la que se lee que está prohibido el ingreso de armas.

El dibujo es un fusil Ak-47.

Hay lugares de Colombia en donde se debe dejar claro a las entradas de los colegios que no se puede ingresar con un fusil.

En el otro lugar, en donde fue destruido el primer colegio, aún perduran las ruinas como monumentos a la nada.

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Mientras nos sentamos en un pequeño quiosco de madera y techo de paja, que es el ‘Lugar Sagrado’ que tiene en colegio y en donde se celebran rituales indígenas, el profesor Orlando Campo intenta explicarme.

El colegio tiene 495 estudiantes de los cuales quizá el 99 % son indígenas y de los cuales quizá el 60 % o 70 % viven en veredas cercanas a Caldono.
Lo que sucede es que Caldono es un pueblo pequeño, una calle principal, otras cinco o seis calles que se cruzan entre sí y, además, es el segundo pueblo del Cauca que más ataques por parte de las Farc sufrió durante la existencia de esa guerrilla, después de Toribío.

Así que, me dice el profesor, como es pequeño y como muchas de las personas que vivían en él prefirieron salir hacia el campo hace varios años, cuando los hostigamientos contra el pueblo no cesaban, pues es apenas natural que tantos de los estudiantes del colegio vivan en las veredas del pueblo y desde ellas vayan todos los días a estudiar.

Ir a estudiar, entonces, se convierte, del modo más literal, en un acto de fe.

La mayor parte de los niños del colegio son pobres, o para decirlo más oficialmente, de escasos recursos. No suelen tener dinero para  pagar el transporte todos los días en la chiva o en el campero que los lleva desde la vereda al colegio, de modo que siempre quedan dos alternativas.

La primera es caminar, lo que hacen muchos de ellos. Caminan, una o dos horas, de venida al colegio, luego de regreso a la casa. Otros caminan menos, media hora, cuarenta minutos, veinte minutos.

La otra alternativa es esperar la chiva o el campero y tratar, como sea posible, de subir en él. Correr por la calle tras las escaleras de la chiva y subirse a ella o sencillamente pedirle al conductor que les dé un aventón.

El profesor me lo cuenta así, como si se tratara del asunto más natural del mundo, como si me hablara de la lluvia o del sol o de las cosechas y entonces tal vez se fija en mi cara de sospecha y, por si no le creo, me dice que  puedo ir a mirar, entre las dos y dos y media de la tarde, cómo en todo el parque del poblado los niños esperan a que llegue la chiva y  cómo le piden al conductor que los deje subir o cómo sencillamente se suben, sin pagar, y nadie dice nada. “Por fortuna”, dice el profesor. “Lo que pasa es que los conductores también son indígenas y son del cabildo, entonces nos ayudamos entre nosotros”.

Escuela Caldono

A la entrada del colegio hay una señal que prohíbe el ingreso de armas.

Giancarlo Manzano / El País

“Hay cosas tan difíciles en estas partes del país, cosas que la gente de la ciudad ni se imagina”, dice el profesor Orlando Campo, y sigue intentando hacerme entender.

La guerra ha pasado, las Farc se han desmovilizado. Ahora quedan sus tremendos efectos. El profesor sabe que un porcentaje muy bajo de sus estudiantes irá a la universidad o a algún instituto técnico, de hecho sabe que el porcentaje de deserción, el número de niños que abandona el colegio sin terminar, es mayor al del promedio del resto del país.

El profesor sabe, y me explica, que son muchas las razones, tantas, y tan complejas...

Estamos acostumbrados a ver la guerra en su estado, digamos, más espectacular: balas, explosiones, gritos, cosas que se desmoronan, que se rompen...

Pero sus efectos más profundos son más silenciosos, más soterrados, menos obvios. La guerra de las Farc terminó por destruir la mayor parte del tejido social y económico de Caldono. Las Farc y su guerra convirtieron al pueblo en un lugar en el que sus campesinos solo podían trabajar para comer: ¿cómo intentar vender si las Farc no dejaban transitar en las carreteras? ¿A quién vender si nadie se atrevía a ir al pueblo? ¿Qué vender si no es posible cultivar?

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Muchos de los campesinos indígenas, padres de los niños que van al colegio, trabajan para subsistir en fincas cafeteras del departamento: recogen café y el dinero que ganan depende de cuánto café reúnan. Para reunir más, por pura aritmética simple, se requieren más personas que trabajen.

Así que, dice el profesor, una familia que tiene un padre y una madre y tres hijos, preferirá llevarlos a los tres a la cosecha de café porque eso les asegurará mucho más dinero al final de la cosecha, porque eso de algún modo les asegurará mayores posibilidades de subsistencia.

Si un niño tiene cinco, seis, siete años, quizá estudie sin parar, mientras pueda llegar al colegio. Si tiene ocho o nueve o más, lo más probable es que durante las cosechas de café no vaya al colegio, y lo más probable es que una vez comprenda que para ganar algo de dinero no necesita estudiar, sino trabajar, en lo que sea, cortando pasto, cuidando vacas, recogiendo café, entonces seguro no regresará.

Ahora mismo están en cosecha, dice el profesor, y ya nota la ausencia de unos 20 estudiantes. “Y seguro serán más”, dice.

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El profesor Orlando Ocampo, sin embargo, enseña. Recibe a sus alumnos, les enseña castellano y también lengua indígena, no se cansa, es un Sísifo anónimo: cargará la roca durante el tiempo que sea necesario, se chocará con cuántos muros se le planten.

Del mismo modo lo hace la profesora María Janed, que enseña en la escuela Belisario Peña de la vereda Limones de Roldanillo, en donde no hay internet y a donde llega todas las mañanas de lunes a viernes para barrer y limpiar y trapear y espantar los murciélagos de la sala de informática.

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¿Cómo es posible tanta obstinación, de dónde sacan tanta fuerza? ¿Cómo es posible seguir enseñando, sin desmayar, en medio de tantas ruinas?

Escuela Caldono

El colegio fue reconstruido a la salida del pueblo, alejado de la estación de Policía.

Giancarlo Manzano / El País

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