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Enseñar contra todo: la parábola de la profesora María Janed

Enseñar contra todo: la parábola de la profesora María Janed

Son las ocho de la mañana del dos de mayo y en la vereda Limones de Roldanillo, en el norte del Valle, una lluvia delgada y ubicua lo empapa todo: la carretera de barro, los pastizales ondulados de las montañas, las tejas enmohecidas de las pocas casas.

De pie, en el pasillo de la casona que es el colegio en el que trabaja, la mujer observa la lluvia, la ve caer lentamente, melancólica, casi silenciosa, y luego sigue barriendo, limpiando pupitres, acomodando sillas, ordenando libros. La mujer, me lo dirá más tarde, espera que esa llovizna cese, que se desvanezca pronto, porque sería una lástima que por su culpa – lluvia terca esta – los niños no fueran a estudiar.

Entonces sale del salón, camina hacia el lugar en donde hay una pequeña cocina, junto a la sala de informática, se sirve un café, me ofrece otro a mí y se sienta, ahora sí, a esperar silenciosa que las fibras delgadas de agua, de una vez por todas, amainen. Y de pronto, cuando hemos terminado el tinto y el reloj marca las 8:20, la llovizna se rinde, la mujer se levanta, agradece a Dios y a la Virgen en voz baja, toma el trapero y limpia por indeterminada vez el piso de baldosa rústica.

“Ya toca esperar por ahí hasta las nueve, porque cuando llueve se demoran más, si es que vienen, pues”, me dice, y yo le digo sin saber muy bien qué decir que “ojalá” y antes de esa hora ya hay seis de los diez niños que estudian y diez minutos más tarde ya son nueve. Algunos con uniformes, otros con botas, otro con un perro que no lo abandona, todos con los zapatos embarrados, y se sientan en sus pupitres, ríen, saludan, sacan sus cuadernos, se los ve felices.

En menos de 15 minutos han echado a perder todo el trabajo de la mujer. El piso está sucio y los pupitres lucen levemente desordenados.
Pero no importa, me lo dirá más tarde. Lo que importa realmente es que llegaron, aunque falta uno, Carlos, el niño con discapacidades cognitivas. “No importa que lo ensucien todo”, me dirá, porque para eso fue que se levantó a las cinco de la mañana y tomó un carro que la llevó durante una hora desde Roldanillo hacia las montañas de la cordillera, en medio de un aguacero, de modo que pudiera estar a las siete de la mañana en el colegio y así empezar a limpiar, a ordenarlo todo, a disponer de los panes y las leches que comerán en el recreo, a espantar los murciélagos que duermen en la sala de informática. Para eso lo hizo, para que los niños pudieran ver clase.

La mujer, menuda, de baja estatura, tiene 56 años y se llama María Janed Abadía, y no es la señora encargada del aseo. No. Es la profesora del colegio Belisario Peña de la vereda Limones, en la zona alta de Roldanillo. Son las 9:30 de la mañana del dos de mayo y hace frío y la profesora María Janed empieza una lección de ciencias naturales para sus estudiantes.

colegios rurales

La zona alta de Roldanillo, en donde se encuentran dos sedes del colegio Belisario Peña, padeció la violencia de narcotraficantes y de paramilitares del Bloque Calima.

Raúl Palacios / El País



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Del mismo modo que su estudiante María Graciela, la profesora María Janed supo, desde que era una niña de 12 años, que quería ser profesora. Y del mismo modo que ella, y que los otros nueve niños que son sus estudiantes, nació en una vereda, alejada de la ciudad, en esos lugares en que todo, hasta las manifestaciones más cotidianas de la existencia – ir al colegio, bañarse, jugar en un parque - son más difíciles.

Lea aquí:  Graciela, de los campos de coca al colegio

La profesora María Janed nació en la vereda Santa Rita de Roldanillo, estudió en la escuela de la vereda, luego sus padres se mudaron al pueblo y pudo hacer el bachillerato en la Normal Nacional Jorge Isaacs, en donde se hizo profesora. Pasó el tiempo, se enamoró, se casó, se hizo madre, enviudó y entonces, cuando tenía 28 años, hace exactamente 29 años, empezó a ejercer como profesora. La providencia, amante de las simetrías, hizo que su primer trabajo fuera en un colegio rural, en el Cañón de las Garrapatas – era la década de los 90, el cañón era un territorio de paramilitares y narcotraficantes que lo usaban como paso de drogas y armas entre la costa Pacífica y el Valle del Cauca –, en un colegio que está a seis horas del pueblo más cercano, El Dovio, en donde debía quedarse a dormir entre lunes y jueves y cocinar su desayuno, su almuerzo y su cena todos los días en un fogón de leña.

Allí estuvo durante seis años, enseñando con el método de enseñanza para las escuelas rurales que se llama 'Escuela Nueva', atendiendo en un mismo salón, ella sola, a niños desde los 5 hasta los 15 años que cursaban primero, o segundo o tercero o quinto de primaria.

Como por esos días sus dos hijos aún eran demasiado chicos, la profesora María Janed pidió que la trasladaran a Roldanillo para de ese modo no tener que dejarlos en la semana al cuidado de una niñera. La escucharon y durante los siguientes 23 años, hasta enero de este año cuando fue enviada a la vereda Limones, fue profesora del colegio Belisario Peña, en la sede que está en ese municipio.

Son las 10:25 de la mañana del dos de mayo y la profesora pasa de pupitre en pupitre corroborando que cada uno de sus estudiantes esté haciendo la actividad propuesta en cada una de las guías que el Ministerio de Educación les envía.

Cuando llega al puesto de Juan Esteban – el hermano de María Graciela que quiere ser futbolista – este le pide, con un gesto de desesperación infantil, que le rasque la espalda y ella lo hace con la naturalidad de una abuela que hace algo por su nieto, y le dice que si le sigue picando le va a echar vaporub. Juan Esteban se sienta, dice que ya no le pica más y continúa rellenando la letra S con papelitos de colores.

Cinco minutos después salen al recreo y la profesora María Janed camina hasta un pequeño cuarto que hace de cocina, en donde le entrega a cada estudiante una galleta, un mango y una caja de leche que hace parte de la merienda que la Gobernación del Valle envía para los estudiantes campesinos.

Cuando termina de entregarla me siento junto a ella, que me ofrece otro café, y pregunto.

-¿Qué es lo más difícil de enseñar en las escuelas de las veredas?
- Tener que enseñar a niños de grados diferentes a la vez. Eso es lo más difícil...
- Y ese modelo de enseñanza, ¿desde cuándo funciona?
- Ufff, desde hace muchos años. Yo enseñaba así cuando empecé como profesora en el Cañón de las Garrapatas...


Estudiantes rurales

La profesora dicta clase a diez niños entre los 5 y 12 años que cursan entre preescolar y quinto de primaria.

Raúl Palacios / El País

La profesora no se equivoca. El modelo de enseñanza actual para las escuelas rurales del país es relativamente viejo. Se implementó en 1975 en un intento del gobierno de Alfonso López Michelsen por mejorar los tristes índices de educación entre los campesinos, que para entonces afirmaban que más del 40 % de las personas que vivían en el campo no sabían leer ni escribir y más del 70 % no habían terminado la primaria.

El modelo se llamó 'Escuela Nueva' y buscaba aumentar el número de colegios y de niños campesinos matriculados en estos, y ante el problema que planteaba el número de profesores, se decidió que uno solo pudiera dictar todas las materias de todos los cursos. Hoy, 43 años después de su inicio, ese modelo continúa y aún se le llama ‘Escuela Nueva’.

El modelo, dicen investigadores como Susana Martínez, María Cecilia Pertuz y Juan Mauricio Ramírez, ha funcionado a medias. Aunque el número de estudiantes es cada vez mayor, lo cierto también es que el total de personas que han terminado el bachillerato en las zonas rurales aún no llega ni al 35 %, mientras que en las ciudades supera el 70 %. La profesora María Janed lo dice de un modo más simple y práctico: estar atento a diez estudiantes de grados diferentes disminuye las posibilidades de ayudar a los alumnos a desarrollar mejor sus actividades.

“Por eso los niños de las zonas rurales están de verdad muy atrasados respecto a los de las ciudades”, continúa. En general, el analfabetismo en las zonas rurales del país es del 12.5 % y en las ciudades y pueblos es del 3 %.

Las cosas se complican mucho, muchísimo más. Históricamente, los niños campesinos han hecho parte de la fuerza de trabajo de sus familias: trabajan en las labores de la tierra que ejercen sus padres y esa situación hace que muchos de ellos nunca sean enviados al colegio. O, en otros casos, que sean retirados de las escuelas cuando tienen doce o trece años, edad en la que pueden realizar trabajos mucho más importantes para la supervivencia de la familia, para el clan. Por otro lado, las cifras en embarazos adolescentes, una de las principales razones por las cuales las niñas dejan el colegio, dicen que en el campo las tasa es del 26 % mientras que en las ciudades es de 17 %. Y además, la educación rural resulta más costosa que la urbana: se requieren más útiles escolares, más gasto en transporte, es más difícil encontrar profesores...

“Enseñar en el campo es de verdad muy duro. Pero cuando uno ama lo que hace - y además uno se encariña mucho con estos niños – entonces todos los días trata de hacer lo mejor por ellos. Así es esto”, dice la profesora y sale al patio a llamar a los estudiantes, porque el recreo se ha terminado.

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Entre las once de la mañana y la una de la tarde, la profesora María Janed dictó una lección de castellano a Juan Esteban y a Sara, que están en primero; una de matemáticas a Angie Manuela y a sus dos compañeros de segundo; otra de ciencias naturales a Fabián, que cursa tercero; una de comprensión lectora a María Graciela, que está en cuarto, además de otra de manejo de colores a sus dos alumnos de preescolar.

La profesora, entonces, dividió el tablero en varias partes y en cada una hizo las anotaciones propias de cada lección. Luego pidió a sus estudiantes que abrieran las guías con que estudian y estuvo durante casi una hora pasando de puesto en puesto, percatándose de que realizaran correctamente las actividades. La diligencia de la profesora María Janed es admirable, y contrasta con la lamentable negligencia que el Ministerio de Educación Nacional y la Secretaría de Educación del Valle exhiben en este lugar.

En el colegio, por ejemplo, no hay internet. Hay una pequeña sala de informática con cuatro computadores, de los cuales funcionan tres, y de la que todos los días, en la mañana, la profesora debe espantar los murciélagos. El Ministerio de Educación les regaló 20 tabletas que por ahora son utilizadas para leer algunos cuentos y para disfrutar de juegos educativos que la profesora les hizo instalar en Roldanillo.

No hay un tanque de almacenamiento de agua potable, tampoco hay comedor y los sanitarios hace varios años que debieron ser reemplazados. La biblioteca es en realidad una estantería de madera en la que se disponen las guías de clase.

La situación, incluso, es más difícil. El día en que conocí el colegio, mi visita coincidió con la de una funcionaria de saneamiento del departamento que pudo comprobar que muchos de los alimentos que la gobernación había enviado para las loncheras de los niños estaban en descomposición. No fue una casualidad, dice la profesora. En general vienen vencidos o con las fechas de vencimiento próximas.

Mientras cada uno de los niños se despide de la profesora para salir hacia su casa, es imposible no imaginar cuántos otros colegios atraviesan condiciones semejantes, o peores. En la vereda Cajamarca, a unos 30 minutos, la construcción del comedor quedó a la mitad, y en el colegio en donde la profesora María Janed inició su carrera como profesora la energía eléctrica funciona por temporadas.

En Caldono, Cauca, el colegio público fue destruido por varios ataques de las Farc hace varios años. Una comunidad indígena del pueblo dicta clases a los niños en medio de las ruinas.

Son solo algunos, de todos, de tantos.

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La profesora María Janed aceptó viajar con el fotógrafo y conmigo de regreso a Roldanillo en el carro del periódico. Era más cómodo y no tenía que esperar a la persona que la recoge y la regresa a diario, y a quien debe pagar $10 mil todos los días, de su propio salario.

Mientras descendemos me cuenta que las llantas de colores nuevas que están en el patio, que son el único juego que sus estudiantes tienen, fueron puestas allí por los papás de los niños y espera, además, que ellos mismos construyan unos columpios.

- Estamos haciendo todo eso así, por voluntad propia, porque no nos podemos quedar esperando a que el gobierno haga algo. Y lo bueno es que los papás y las mamás ayudan mucho. Para el Día del Niño, por ejemplo, yo les compré unos heladitos y unas bobaditas de regalo, y con ellos les hicimos una fiesta – dice la profesora con una modestia ya natural, que no intenta fingir.
- Yo creo que lo que usted hace es admirable, profesora - le digo.
- Muchas gracias - contesta, como avergonzada. Es que uno siente como si estos niños fueran sus hijos y uno hace lo que pueda porque estén contentos...
-¿Y en las tardes, en su casa, normalmente qué hace? -, pregunto.
-Bueno, pues preparo clase para el día siguiente. Hoy, por ejemplo, también voy a separar una ropa que tengo para regalarle a varios de los niños. Ahora me pongo en eso - dice y se despide.

Antes de que el carro arranque veo a la profesora mirar al cielo y la escucho decir. “Qué llovedera por estos días. Ojalá mañana amanezca clarito...”.  En el fondo, hacia las montañas en donde está el colegio, las nubes grises se arremolinaban.

estudiantes rurales

La profesora junto a dos de sus estudiantes, una de preescolar y la otra de primero.

Raúl Palacios / El País

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