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Los secretos tesoros de Cali que guarda el Archivo Histórico

Los secretos tesoros de Cali que guarda el Archivo Histórico

9217 tomos, cada uno con centenares de folios históricos; 860 metros lineales de archivos; documentos que datan de 1564 y que contienen las minucias de la vida de la colonia en Cali; mapas que denotan la evolución de una ciudad que fue caserío, villorrio y provincia y que ahora suponemos moderna están en el Archivo Histórico de Cali, que en 2018 cumple 60 años de su fundación: la más prolija y aún no del todo descubierta memoria de la ciudad.

Está ubicado en el Centro Cultural de Cali, en salas cuya temperatura no puede exceder los 22 grados centígrados ni descender a los 17; en donde la humedad relativa puede oscilar solo entre 45 y 60 y a la que solo tienen acceso los propios funcionarios. Es natural: algunos documentos fechados en el siglo XVI que atestiguan la Conquista y la Colonia podrían desaparecer lentamente por el deterioro del papel, por el óxido de la tinta, por el tiempo que no cesa, por la negligencia y quizá también el pillaje: las memorias no solo son frágiles sino, incluso, indeseadas, así que hay que guardarlas con recelo pues, como se sabe, en ella reside eso que llamamos la identidad de un pueblo: la crónica de sus grandezas y también de sus infamias.

Viajar al pasado
En junio de 1958 la Alcaldía de Cali ordenó que se creara el Archivo Histórico Municipal y que se recogieran documentos de notarías, de la propia Alcaldía, documentos judiciales y otros tantos para conformar una memoria no solo dispersa sino incluso en decadencia, de Cali.
Muchos de los documentos en que quedaron consignados algunos de los hitos culturales e históricos de la ciudad se estaban estropeando guardados en sótanos húmedos y oscuros, repartidos de forma negligente en salas inadecuadas, en manos que desconocían su valor.

El archivo, entonces, se constituyó por papeles que ahora mismo se agrupan en cinco categorías: el Fondo Cabildo Concejo -que tiene documentación de Santiago de Cali entre 1564 y 1830-, el Fondo Notarial -documentación producida entre 1619 y 1968 sobre el manejo de bienes en general-, el Fondo Judicial -que equivaldría a la historia de la justicia en Cali-, el Fondo Alcaldía -con documentos de la administración pública entre 1900 y 1985- y el Fondo Miscelánea, que tiene documentación diversa producida por todos los entes gubernamentales entre 1809 y 1995.

La idea errada, dice Ana María Henao, coordinadora del Archivo Histórico de Cali, es que los archivos son un compendio de documentos antiguos que no le hablan al presente, que solo hablan de un pasado estancado y cuya utilidad se limita a ejercicios de entretenimiento académico o literario. Es errada, dice Ana María, por una premisa relativamente simple: la única posibilidad de entender el presente es conocer el pasado.

No es retórica. Ana María explica, por ejemplo,  que muchos de los problemas por la tierra y por los asentamientos irregulares de personas, las invasiones, que se viven hoy en zonas del Oriente de Cali o en barrios como Siloé, se originaron hace más de 300 años, durante la vida colonial de la ciudad.


El año pasado el Archivo atendió
a más de 3.000 personas, entre ellos 560 investigadores, 671 participantes de charlas y 214 estudiantes.

Archivo histórico de Cali

Ana María Henao Albarracín, historiadora y coordinadora del Archivo Histórico de la ciudad.

Bernardo Peña / El País

Cuando Cali era una pequeña plaza central rodeada de un compendio de haciendas de las cuales solo unos cuantos eran dueños, la corona española creó los ejidos, fragmentos de tierra de uso comunal donde cualquier parroquiano podía llevar a pastar una vaca, comerse las guayabas que daban los árboles generosos o bañarse en el río que cruzaba.

Pero en algún momento, o en muchos momentos -y eso lo dicen muy bien los documentos que se guardan en el Archivo Histórico- algunos hacendados empezaron a adueñarse de esa tierra comunal, se apoderaron de ella y pronto sumaron a sus posesiones más extensiones de terrenos que se mantenían inútiles.

“Hay investigadores muy serios, como Margarita Pacheco, que se han dedicado a estudiar los documentos de la Colonia y han concluido que muchos hacendados se apropiaron de grandes extensiones de tierra que eran ejidos y que el Rey había destinado para quienes no tenían propiedades. Eso desató muchas revueltas en Cali que terminaron en formas particulares de urbanización, como es el caso de Siloé, zona que hacía parte de la Hacienda Isabel Pérez, pero de la que los migrantes empezaron a apropiarse durante el siglo XX. Pero los casos son muchos y, hasta el día de hoy, siguen ocasionando pleitos judiciales”, explica Rodrigo Mejía, historiador y paleógrafo del Archivo Histórico.

Se trata, como es evidente, de un problema que no se ha estudiado a profundidad en todo el país.

Otro fenómeno que podría comprenderse en función del pasado y sobre el cual los documentos históricos podrían permitir concebir mejores soluciones, es la delincuencia y marginalidad del centro de Cali, exactamente la del barrio El Calvario.

Aquella zona fue durante la primera mitad del siglo pasado el principal centro de venta de alimentos de la ciudad. De hecho, en donde ahora se ubica el barrio El Calvario existió la Plaza de Mercado del mismo nombre.

Los documentos históricos que reposan en el Archivo Histórico muestran que, a finales de los años 60 y principios de los 70, cuando una sector burgués caleño decidió hacer de la provincia una ciudad moderna, las leyes sobre salubridad pública empezaron a afectar a los vendedores de carne, de frutas, verduras y granos, que hacían parte de la Plaza de Mercado.

Luego, con el objetivo de crear el centro administrativo de la ciudad en esa zona, se decidió que la galería debía trasladarse a un lugar periférico de la ciudad y, dice Ana María, un conjunto de personas que vivía alrededor de todo el movimiento económico de la plaza de mercado, perdieron el centro de su subsistencia.

“Esa galería desaparece y toda esa población que dependía de ella queda en el aire. Allí está el origen de lo que conocemos hoy como El Calvario y que, como sabemos, hace parte del proyecto ‘Ciudad Paraíso’”.

Se trata de pistas para entender el presente y para construir el futuro. O, en un sentido más pesimista, de señales que indican que damos vueltas en el tiempo.

Mucho, casi todo sobre esta ciudad, puede entenderse a través de las páginas que se guardan en el Archivo: por qué desapareció el Ferrocarril, por qué hubo una época en que la élite caleña vivía en los alrededores de la Plaza de Caicedo y cómo empezaron a migrar hacia lo que luego serían los barrios Granada o La Flora; cómo se pobló desde los años 70 el oriente de la ciudad, cómo fue que la caña de azúcar se convirtió en el cultivo más importante de la economía local.

El Archivo Histórico es la frágil memoria la ciudad.

La decadencia de la memoria
Frágil porque toda memoria, escribió Borges, está alimentada o enriquecida por la invención, por la falsedad, por las pérdidas, por las omisiones.  En el caso del Archivo Histórico, esas omisiones y pérdidas no son pocas. Se sabe que en Cali hay alrededor de 27.000 metros lineales de documentación que aún no ha sido ordenada y que, por tanto, aún no ha pasado a hacer parte de los estantes del Archivo.

Es una memoria que anda en oficinas vetustas, que seguramente carcomen el polvo, las polillas y el orín, en sótanos no se sabe muy bien de dónde: una memoria fragmentada y rota, caída en la desidia.
Se sabe que en 1985 gran parte de los documentos que guardaba el CAM sobre las decisiones administrativas de la ciudad, se perdieron por la inundación que provocó la salida del Río Cali.

Se sabe que la ciudad no cuenta con un lugar adecuado para albergar todos los documentos que ahora mismo están en el Archivo Histórico y los miles que se encuentran dispersos por toda Cali, porque a pesar de que las salas del Centro Cultural cumplan con especificaciones mínimas, no son las ideales para mantener un archivo de tal tamaño.

Se sabe también que muchos de los papeles que han sobrevivido guerras, indundaciones, incendios, negligencias diversas desde la Colonia hasta nuestros días, cada vez están más afectados por el tiempo y que en Cali no hay laboratorio que pueda restaurarlos.

Uno podría pensar, para insistir en la metáfora, en uno mismo, sin memoria, sin arraigos por lo que sea: familia, tierra, casa, amigos, uno mismo como un receptáculo vacío que ignora su comienzo y por eso mismo no puede erigir un destino. Quizá eso pueda estar ocurriendo con la ciudad: la pérdida de lo que hemos sido, la pérdida de los documentos que atestiguan cómo hemos llegado a ser lo que somos y que podrían indicarnos cómo no volver a cometer los errores consignados en esos papeles.

“Por eso -dice Ana María Henao, coordinadora del Archivo Histórico- el proyecto de construcción de un Archivo de la ciudad donde se puedan albergar todos los documentos que hoy están dispersos, y donde además se puedan realizar labores académicas de enseñanza, en donde los espacios para la investigación sean adecuados, es tan importante para Cali”.

Construir un Archivo Histórico es, casi poéticamente, construir una habitación para la memoria.

Archivo histórico de Cali

Los folios se guardan en habitaciones a las que solo tienen accesos los funcionarios del Archivo.

Bernardo Peña / El País

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