antonio de roux

Mi voto es por la esperanza

Entiendo a los jóvenes que llenos de idealismo se han dejado seducir por el verbo de Gustavo Petro. Y es que para hacer viable al país hay que corregir cuanto antes la desigualdad en la distribución del ingreso; sacar la corrupción de la vida pública; refundar la Justicia; hacer que todos los colombianos tengan acceso a la salud y la educación.

Pero lo que muchos no han comprendido es que tales transformaciones deben hacerse dentro de la institucionalidad, en contexto de democracia y respetando la racionalidad económica, o de lo contrario el remedio será peor que la dolencia. Podríamos terminar como cierto vecino en medio de la tragedia humanitaria y la represión brutal.

Un hecho cierto es que Petro no posee talante de genuino demócrata. Que es orador convincente y ha tenido valor civil para denunciar, no hay duda. Pero por todas partes afloran los rastros de su egolatría y resentimiento; de su incapacidad para administrar; de su concepción autoritaria del Estado y de un mesianismo que lo hace sentir superior a cualquier ley humana. Como lo trinara alguien que lo conoce bien: “En sus escenarios mentales solo cabe un líder grandioso y unas masas o multitudes a las que conducirá a la tierra prometida…”.

Siento alarma por el futuro cuando veo que miles jóvenes no conocen la historia del país, ni la de aquellos movimientos populistas que en otras latitudes han logrado instalarse indefinidamente. Eso es lo que hará Petro porque así se lo dictan su modo de ser y sus convicciones.
Ténganlo claro los soñadores y altruistas: con este personaje abordo no habrá lugar, en plazo razonable, para otros proyectos ciudadanos de largo aliento como el de Sergio Fajardo y Jorge Robledo.

Qué pena ver a los dirigentes del Partido Verde empeñados en actuar con cálculo politiquero. No les ha importado manipular a Antanas Mockus en la fragilidad de una enfermedad catastrófica; ni aprovecharse de la errática condición psicológica de Íngrid Betancourt. Qué vergüenza registrar a aquellos directivos ofreciéndole a Petro la máscara para que oculte sus intenciones verdaderas.

Con esta estrategia los líderes de aquel partido quieren borrar su rechazo antiguo hacia el exalcalde. En un nuevo y calculado fundamentalismo llegaron al extremo antidemocrático de proscribir internamente el voto por Duque, todo frente a las desconcertadas bases del Partido que huelen el persistente tufillo del oportunismo. Y es que la explicación última de la jugarreta podría estar en el deseo de Jorge Iván Ospina y Claudia López de posicionarse para las alcaldías de Cali y Bogotá.

Petro exhibe apoyos turbulentos como el del partido de las Farc, mientras a Duque le llegaron adherentes de la política tradicional. Pero Duque ha sido consistente, no acepta negociar cuotas ni programas, y sobre todo es un buen ser humano. Tiene carácter, no conoce los odios y es capaz de construir consensos; su visión de la sociedad y las soluciones se nutre en las ideas liberales. Lo acompaña Marta Lucía Ramírez, siempre comprometida con la construcción de una mejor Colombia y cuya experiencia en asuntos del Estado pocos pueden emular. Duque presidente mantendrá la independencia frente a cualquier poder o influencia, pero aquel no es el caso de Petro. Este ya es rehén de sus demonios interiores y del ego.

Duque y Marta Lucía son la esperanza. Votaré por ellos.

Sigue en Twitter @antoderoux

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