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Carrera depravada

“Dylan me dijo que Denis McGinley lo sentaba sobre sus rodillas durante la clase y que con una mano acariciaba sus partes privadas mientras corregía tareas”, declaró Linda, la madre de Dylan. Este por su parte agregó que mientras tanto, el profesor le pedía que deletreara una palabra o hiciera una suma. Cada que se equivocaba, McGinley le decía, “tranquilo, hay luz al final del túnel”.

McGinley es un exprofesor. Daba clases a niños entre 9 y 11 años que acudían a un colegio ubicado en una población irlandesa en la bucólica y presuntamente tranquila región de Donegal. McGinley fue procesado por 115 casos de abuso sexual y acceso carnal violento, delitos que cometió sistemáticamente entre 1978 y 1995, en privado y en público, en el salón de clases, delante de los otros estudiantes, a quienes simplemente pedía que bajaran la mirada. No obstante la carrera depravada comprobada, este profesor fue condenado únicamente a dos años y medio de prisión.

Los casos de esta historia del mal, plagada además de orgullo y arrogancia, están documentados en el libro ‘Breaking the silence’ (Rompiendo el silencio) escrito por Martin Ridge. Él fue uno de los dos policías que comenzaron a investigar las denuncias de abuso del padre Eugene Greene, y gracias a la confianza que pudieron crear entre las víctimas, llegaron a ellos las historias de los alumnos de McGinley. En el caso del cura, más de 100 denuncias de niños en una sola parroquia sometidos a todo tipo de vejámenes sexuales; en el caso de McGinley, los cargos son de su paso por un solo colegio, pero estuvo en siete.

Esta semana El Tiempo publicó un informe en el cual se denuncia que 120 funcionarios de colegios distritales tienen cargos por actos sexuales con menores de edad. El informe habla de acceso carnal violento, tocamientos, dinero por favores sexuales, mensajes, acoso, mejor dicho el menú completo de la depravación. Son 116 profesores, 4 funcionarios administrativos, todos con la responsabilidad de cuidar, educar y velar por el bienestar de los niños a su cargo.

No quiero ni hacer los cálculos, porque si empezamos a ver por cuántos colegios han pasado los docentes y cuántos años llevan presuntamente enseñando, podríamos estar hablando de miles de casos. Se sabe que estas personas siguen un patrón de conducta en el cual, detectan a su siguiente víctima, crean confianza, se acercan y terminan traicionándolos, todo bajo el manto de la autoridad.

En el proceso van dejando niños sicológicamente desmembrados, congelados en sus sentimientos, muchos con problemas graves de socialización, de adicciones, violencia y como documenta la historia, algunos incapaces de seguir con su vida, de manera que optan por el suicidio.

A los victimarios no se les puede creer que no obraron con malicia, porque sus acciones son totalmente premeditadas. No se puede creer que son incidentes aislados, porque sus conductas tienen un patrón.
Los dos policías que investigaron en Irlanda a un profesor y a un cura dicen que “nada en la vida, ni siquiera años de luchar contra el terrorismo del IRA, los preparó para lo que vieron y escucharon durante el tiempo que fueron responsables de destapar los casos de abuso sexual”. Es un punto en el cual “el mal choca con la inocencia y la consume a una escala inimaginable”.

Ese mal nos ha permeado en parte a todos, porque la realidad está allí, frente a nuestras narices y pareciera que nada hacemos para lograr las condenas que se merecen quienes siguen en esa carrera depravada contra los niños.

Sigue en Twitter @CarlinaToledoP

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