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El vocero

La elección de Manuel López Obrador como presidente de México ha despertado una oleada de expectativas dentro y fuera del país, un tanto más intensa que la oleada de esperanzas populares que le catapultó al poder.

Entre ellas, figura, desde luego, la de poner fin al inaudito baño de sangre que en lo que va corrido de este siglo ha arrojado estas cifras aterradoras: más de 200.000 muertos y 35.ooo desaparecidos. Las cifras de una auténtica guerra, como la de Irak o la de Siria, y que sin embargo a nosotros no nos resulta para nada remota porque es una vieja conocida nuestra: ‘guerra contra el narco’.

López Obrador ha prometido un nuevo enfoque y un nuevo tratamiento de la misma, ha declarado que la solución definitiva pasa por promover activamente el desarrollo económico y social de cuyas carencias, la guerra se alimenta.

Ha convocado a todos sus compatriotas a participar en la búsqueda de salidas imaginativas al que hoy parece un callejón cerrado, e inclusive ha hablado de una amnistía de los implicados en la promoción de tan horrible conflicto. Y ha dado una muestra adicional de la prioridad que concede a tan enorme desafío nombrando a Alfonso Durazo como responsable de la futura Secretaría de Seguridad Pública de México, un cargo equivalente al de ministro entre nosotros.

Yo, desde luego, no soy quién para evaluar y menos cuestionar las estrategias con las que Obrador piensa poner fin a esta trágica sangría. Pero mi experiencia en carne propia de lo que ha sido y es en Colombia la llamada ‘guerra contra el narcotráfico’ me autoriza para hacerle una petición. La misma que ya le hizo en una columna reciente Andrés Hoyos y que consiste en solicitarle que él sea el vocero de todos los que en este continente pedimos el fin de la guerra contra el narcotráfico por el medio más seguro de hacerlo: la legalización de las drogas.

A López Obrador la renegociación del Nafta, del tratado comercial que une a México con Estados Unidos, le ofrece una posibilidad excepcional de hacerlo. El presidente Donald Trump quiere renegociarlo y López Obrador puede en contrapartida exigirle que movilice todo el poder político y mediático del que dispone Washington para lograr poner fin a una guerra que el propio Washington desencadenó hace 40 años, sin imaginar siquiera cuán sangrienta y destructiva podría llegar a ser.

Estoy seguro que los muchos y muy poderosos partidarios del libre comercio apoyarían su demanda.

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