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Manoseo a la democracia

Imagine que faltando 20 kilómetros para culminar la etapa reina del Tour de France, a los organizadores les da por correr la meta 20 kilómetros.
Un exabrupto de ese calibre representa la propuesta de ampliar por dos años los períodos de los actuales alcaldes, gobernadores, diputados y concejales.

A estos personajes el pueblo les dio un mandato por cuatro años. Ni un día más. Entonces, darles 24 meses adicionales en sus cargos es traicionar el mandato popular. Así sean los mejores gobernantes del planeta.

Si hay algo que en una democracia seria no se puede hacer es, precisamente, traicionar ese mandato. Por ninguna razón.

Resulta increíble, entonces, que a alguien que se dice demócrata se le ocurra plantear esa idea. Más insólito aún es que 22 miembros de la Comisión Primera de la Cámara hayan votado de forma favorable esa funesta iniciativa.

Al proyecto le faltan 7 debates y aún hay tiempo de que el Congreso actúe con sensatez y lo hunda. Pero el sólo hecho de que haya sido aprobado en primer debate es grave. Además, por más de que la iniciativa naufrague, quienes la impulsaron seguirán en sus curules. Con lo cual hay que tener los ojos muy abiertos para evitar que intenten meternos otro gol de esos.

Insisto, no entiendo como los honorables representantes que aprobaron la iniciativa no entienden la gravedad que constituye cualquier intento de manoseo a la democracia. Y es que el primer principio de la democracia es no cambiar las reglas de juego en la mitad del partido.

Es normal que eso ocurra en democracias de fachada como la venezolana, donde todos los días alteran las normas para favorecer la dictadura de Maduro. La mejor muestra de ello es la elección de una asamblea constituyente que no ha abordado ningún tema constitucional y cuyo único fin es suplantar a la Asamblea Nacional, de mayoría opositora.

En Colombia no podemos abrir esa puerta porque los manoseos a la Constitución uno sabe dónde empiezan pero no dónde terminan.
Los argumentos que se han expuesto para intentar justificar ese bodrio son muy flojos. El principal de ellos es equiparar los períodos de los alcaldes y gobernadores con el del Presidente.

Esa idea atenta contra el espíritu descentralista de la Constitución del 91. Primero, porque los mandatarios regionales tendrían que alinear sus planes de desarrollo con el del gobierno central. Y segundo, porque la elección de los candidatos locales quedaría condicionada a intereses nacionales.

La verdad no veo ninguna razón para equiparar esos períodos. Me parece que como están las cosas funcionan bien. Pero si insisten en hacerlo, que lo hagan, como propuso la representante Juanita Goebertus, a partir del próximo período. O sea que los próximos gobernantes locales sean elegidos por seis años. De esa forma, al menos, los electores sabrían a qué atenerse.

Pero a la propuesta, tal como está, hay que darle un entierro de tercera cuanto antes.

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Quiero agradecer las múltiples muestras de afecto recibidas con motivo del premio al Editor Ejemplar que me concedió la Fundación Gabriel García Márquez.
Espero seguir dando ejemplo desde esta columna y desde mi labor como editor para hacerme merecedor de un reconocimiento tan honroso.

Sigue en Twitter @dimartillo

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