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Ironía fallida

George Bernard Shaw, el laureado dramaturgo irlandés, detestaba a Winston Churchill, héroe de la II Guerra Mundial y primer ministro de Inglaterra. Por tener esa dignidad, el día del estreno en Londres de Pigmalión, una de las obras cumbres de Shaw, este envió un mensajero a 10 Downing Street con dos boletos y una nota: “Si todavía le queda un amigo, venga con él esta noche al estreno de mi comedia”. El viejo tory acusó el golpe, y respondió: “No puedo asistir a la primera función; iré mañana si milagrosamente alcanza una segunda”.

Esas salidas del par de genios muestran el poder irónico que tenían. Para Shaw, Churchill no tenía amigos, y para este, Shaw era un autor teatral fracasado.

Yo -“¡ay mísero de mí, ay infelice!” (con la venia de Calderón y como cualquier Segismundo tulueño)- creía tener una débil vena irónica, por lo que me atreví a publicar columna en la que solté ridiculización de Uribe haciendo notar lo viejo que se ha puesto, y lo comparé con Cincinato al invitarlo a que se refugiara en El Ubérrimo, de donde lo sacaría el presidente Duque para que le enderezara cualquiera de sus múltiples tropiezos.

En esa liviana nota mencioné el agravio que le lanzó uno de los dirigentes regionales del Centro Democrático al llamarlo “viejo caco...”, lo que me pareció burda mentira, pues si algo distingue a Uribe es su prestigio de ‘varón hormonado y testicular’, como se autocalificaba Julio César Turbay. Para completar la broma, dije que el personaje es igual a los héroes de las historietas gráficas Supermán y compañía.

Pero lo que juzgué de fina ironía se me devolvió como búmeran. Los uribistas ‘pura sangre’ me colmaron de elogios, y alguno llegó a decirme que era notable que un crítico tan tenaz de Uribe lo elevara a esas alturas. Y los antiuribistas, emberracados, me tildaron de traidor, y que era el colmo que alguien como yo, con tantos años cantándole la tabla a Uribe, lo elogiara de esa forma: “¿A qué hora te volteaste?”, gritó uno; “son achaques de la vejez”, exclamó otro. Entonces, aclaro que no me pasó por la cabeza ensalzar al senador, en quien no reconozco ninguna de las virtudes que sus admiradores le cuelgan del poncho.

Yo, como ciudadano colombiano, nada le debo, y si bien es cierto que en su Gobierno se asestaron duros golpes a las Farc, detrás de ellos (Operación Jaque, muerte de Raúl Reyes) estuvo la estrategia de su ministro de Defensa Juan Manuel Santos.

Además, creo que a Colombia le hace más mal que bien el senador Uribe con su permanente incitación al odio, su obsesiva agresividad contra Santos, su fastidio por todos los que considera enemigos, que no son otros que aquellos que pensamos que él no es el salvador de la patria, sino un megalómano ávido de poder.

Para completar, le metió a esta adolorida nación al más incompetente de los presidentes, al lado del cual el mediocre Andrés Pastrana es consumado estadista. Increíble que Uribe haya direccionado a sus enceguecidos laderos a sufragar por Iván Duque, a sabiendas de sus enormes falencias.

Acepto que es otro ‘buen muchacho’ a quien ha debido dejar en el BID, o ponerlo en cargo menor para que aprendiera el manejo del Estado, pero que ese aprendizaje no fuera en la presidencia, en la que lo vemos huérfano de liderazgo, como lo exhibe con tanta frecuencia.

Así, pues, que no he bajado la guardia. Me retracto de haberlo comparado con Supermán y no con el Chapulín Colorado.


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