jotamario arbeláez

¿Un Inri ser publicista?

Recuperado de recientes tribulaciones del cuerpo y de la memoria, me he sentado en La montaña mágica, mi casa campestre de Villa de Leyva, en medio de las 40 cajas de mis suculentos archivos, de los siete mil volúmenes de la releída biblioteca y de una pinacoteca enclavada en los robles. Haciendo el balance de los 60 años de nadaísmo que he portado sobre los flacos hombros, encuentro que uno de los inris que se me aplica con insistencia es el de haberme desempeñado la mayor parte del tiempo de mi biografía como publicista. Y que gracias a ello haya terminado con casa, carro, y pensionado por la vida para saborearla, mientras deshago mis inolvidables pasos, que voy dejando consignados en los diez tomos memoriosos de Los días contados.

Debo dejar constancia de que los jefes que me permití como iconoclasta de pacotilla fueron, además de mis dos últimos gobernadores de Cundinamarca y los directores de cinco periódicos, también gentiles, no solamente ases publicitarios, sino mis acuciosos anfitriones y cicerones vitales, que todo me lo permitieron y en todo me impulsaron para no quedarme corto en el incierto destino. Son ellos, en su orden, Hernán Nicholls, Hennio García, Nevardo Rodríguez de Cinesistema, Jaime Jaramillo Escobar de O.P. Institucional, Gonzalo Mesa Obando de Leo Burnett, César Gómez de Sams Publicidad y Álvaro Arango y sus hermanos de Sancho. Vaya con ellos, aquí en la tierra como en el cielo que inventamos los publicistas, mi gratitud imperecedera. Y si reencarno, quisiera volver a ser poeta, publicista y periodista. Todo debe obedecer a que me gustan las P.

Desde siempre, desde mis más tiernos años literarios, me cuestionaron por haber ingresado a la publicidad, sobre todo los comunistas, y posteriormente los hippies. Porque incitaba al consumismo. Para los unos no había que consumir sino literatura revolucionaria y para los otros cannabis. Y yo consumía de ambas. Y en mis salas creativas compartía con pensadores, artistas y militantes de izquierda como Santiago García, Nelson Osorio Marín, Alfonso Monsalve, William Ospina. Yo estaba por la revolución, pero también por la supervivencia. Y en ese sentido pensaba que la publicidad era (y es) el paraíso mahometano de los poetas sin vergüenza. Que por ella corren ríos de miel y leche en polvo, se pasean ante tus ojos modelos huríes, trabajas sin sudar con la imaginación y la tecla, te dan oro por ideas y conceptos a millas luz de un buen verso. Que la publicidad es el enemigo número uno del anonimato. La loca de la casa de enfrente. Lo que no había impedido que un intelectual francés vergonzante expresara: “No le digan a mi madre que trabajo en publicidad. Ella cree que me gano la vida tocando el piano en un burdel”.

Debo insistir en que por 50 años laboré en incitar a comprar lo que no fabrico. Sin declinar mi vocación de poeta. Y como poeta, monje de una capilla que se propuso un vuelco radical en las costumbres y la estética imperantes hasta los años 60. Y me tocó ver cómo fueron variando los conceptos y los valores. Por esos años los personajes más publicitados del mundo fueron el ‘Che’ Guevara y los Beatles, adalides de movimientos de antípoda senda pero de franco rechazo, el uno al capitalismo y el otro a la sociedad de consumo: la liberación nacional armada mediante la revolución como producto de exportación y el reino pacífico de los niños de las flores fumando cannabis.

Lo único que los nadaístas tuvimos siempre para malgastar fue el ingenio y el tiempo, ya que nunca tuvimos un centavo por no trabajar. Empleábamos muy bien el ingenio y el tiempo ocioso en hacer frases que el nadaísmo haría célebres sin ninguna retribución. Cuando los publicistas nos descubrieron nos compraron el tiempo libre y decidieron malgastar en nuestro ingenio el presupuesto de sus clientes. Visto así, ¿cuál será más de culpar: el que peca por la paga o el que paga por pecar?

VER COMENTARIOS

Queremos que siga disfrutando de los mejores contenidos. Es muy fácil:

Regístrese aquí

¿Ya está registrado?





Powered by