julio césar londoño

El ‘coco’ que los unió

En 1848 un fantasma empezó a recorrer Europa, el comunismo, y de inmediato todo el continente, el papa y el zar, los radicales franceses, los polizontes alemanes y los pragmáticos ingleses, organizaron una cruzada para exorcizarlo. El fantasma llegó por acá un siglo después (todo nos llega tarde…). Llegó echando plomo. Lo normal. El plomo es la lengua universal, la música de la política.

En Latinoamérica, las guerrillas fueron exterminadas a punta de música. En el mundo, el comunismo pataleó y perdió. El capitalismo boqueó, hizo bizco, pataleó, se ‘reingenió’, le sirvió al Dios y al diablo, a Washington y a Beijing, y ahí va, maltrecho pero vivo. En el camino, ambos se suavizaron: el primero renunció a la estatización radical, y el segundo asumió como propias las banderas sociales del comunismo. Y ahí estamos, buscando esa fórmula esquiva que no encontramos en el sudor de los esclavos, ni en las espadas feudales, ni en la sangre de los monarcas, ni en el equilibrio de la democracia, ni en la sagacidad del mercado, en la fe de que el oro tiene razones que la bondad no entiende.

El fantasma colombiano se llama Petro y ya obró el portento de unir al país, o al menos al país político. Me conmueve hasta el llanto ver a Uribe, Vargas, Pastrana y Gaviria juntos. De repente, todos comprendieron que Uribe no era un maleante, y Uribe los recibió sin ruido, sumisos y apaleados, por el sótano, como en los buenos tiempos de la Casa de Nari.
Fe de ratas: olvidé citar en la Gran Coalición CD a Opción Ciudadana, alias PIN (como en los buenos tiempos).

Con este revolucionario y juvenil dream team, Duque promete llevarnos a buen puerto y salvarnos del acoso del fantasma ojibrotao. Nadie le cree pero muchos lo siguen porque temen que Petro nos lleve al abismo. En la otra orilla, millones de colombianos nos alineamos con Petro porque llevamos veinte años en el abismo cavado por Uribe y nos resulta obvio que darle más poder del que ya tiene es un suicidio.

Lo único bueno de un triunfo de Duque, es que el gobierno no padecería la maligna y obstinada oposición de Uribe.

Un equipo de gobierno, dicen los manuales de administración, debe:

1. Priorizar las necesidades y trazar, con una mezcla precisa de imaginación y pragmatismo, políticas públicas que las atiendan.

2. Ser capaz de convocar voluntades y unir al pueblo en torno a la ejecución de sus políticas.

En el primer punto Petro gana lejos, en el segundo se rajan ambos. Petro no es un buen ejecutor, y la especialidad de Uribe es la división, no la suma de voluntades (no menciono aquí a Duque porque de él no sabemos nada, solo que obedece órdenes de un sujeto del que sabemos demasiado).

Es falso que los dos siglos de gobiernos de derecha hayan sido un completo fracaso. En los últimos cincuenta años, por ejemplo, hicimos avances notables en servicios públicos y atención social. Pero no podemos ignorar que somos el país más inequitativo de Suramérica. Con la excepción de Venezuela (comunismo radical + Cartel de los Soles) varios países de la región han tenido gobiernos de izquierda exitosos: Chile, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia mejoraron sus índices de desarrollo humano y hoy están mejor que nosotros. ¿Será mucho pedir que, por una vez en dos siglos, le demos una oportunidad a un modelo alternativo?

Por estas razones, y por opiniones tan autorizadas como las de Mockus, Claudia, Clara, Ingrid, Piketty, Singer, Uprimny, Caballero, Kalmanovitz, Coetzee, Alberto Salcedo y Slavoj Zizek, votaré por Gustavo Petro.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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