liliane de levy

Trump y el desafío persa

Donald Trump se precia de cumplir con sus promesas electorales y ahora parece haberle llegado la hora de desmantelar el cuestionado acuerdo nuclear iraní, que la Administración Obama había concluido en el año 2015, en compañía de miembros de la Unión Europea y el apoyo de Rusia y China.

El acuerdo buscaba aliviar la tensión de ver a los ayatolás dotarse de la bomba y suspender sus esfuerzos en ese sentido, a sabiendas de que pecaba de serias fallas en su aplicación. Tampoco brindaba garantías suficientes sobre lo que sucedería después de cumplir su término, fijado a diez años. Y eso a cambio de enormes ventajas económicas concedidas a Irán, como el desbloqueo de fondos billonarios y el levantamiento de sanciones que se les venían aplicando. Un acuerdo incompleto, vulnerable y que una comunidad internacional firmó para regalarle una tregua a sus angustias y permitir que los jugosos negocios con Irán siguieran prosperando.

Desde el primer momento de su aparición en el escenario político de Estados Unidos, Donald Trump denunció el acuerdo. Lo calificó de ‘el peor’, de ‘desastroso’, y prometió anularlo si ganaba las elecciones, en aras de ‘la paz mundial’. Y es lo que en estos momentos está haciendo, a su manera y con una estrategia ‘de garrote y zanahoria” que se volvió su tarjeta de presentación y, aparentemente, le está funcionando. La utilizó con Corea del Norte, con la Otan, la Unión Europea e incluso con China y Rusia, en tratados económicos (aluminio y acero) y de defensa, y se salió con la suya. Ahora la está aplicando a Irán, con el mismo rigor.

Al anular el acuerdo nuclear en mayo, Trump emitió una serie de sanciones “contra cualquier nación o empresa del planeta que haga negocios con Irán so pena de no hacer negocios con Estados Unidos”.
Sanciones que entran en vigor en dos etapas: la primera comenzó el martes pasado sobre transacciones económicas varias y la segunda quedó fijada para noviembre sobre todo lo relacionado con petróleo y gas.

Europa capituló de inmediato, Rusia decidió retirar discretamente Lukoil (gigante petrolero ruso) y China quedó sin involucrarse. Algunos países implicados trataron de salvar la cara por medio de un pataleo legal contra las amenazas de Trump, pero no encontraron la manera de aplicarlo. Al mismo tiempo -y sin ceder en su inflexible decisión- Trump recurrió a la ‘zanahoria’ política que acostumbra a utilizar después del garrote: “aprovechó la pregunta de una periodista para declarar públicamente que estaría dispuesto a reunirme -sin condiciones- con los gobernantes iraníes para discutir una reforma (en profundidad) del acuerdo nuclear”.

Hasta ahora los ayatolás no han respondido a su (amable) invitación. Allí juega un elemento religioso y ambiciones regionales que no existieron a la hora de tratar con Norcorea. Sin embargo, los iraníes pueden claudicar porque están al borde de la asfixia económica, con desempleo generalizado, devaluación galopante de su moneda, el rial,
(50 % en estos momentos), corrupción, huelgas, opresión policial y religiosa, etc.

El desespero de los iraníes es total, de ahí su resentimiento contra gobernantes que invierten billones en guerras ajenas en Siria, Yemen, Líbano o Gaza. Sin hablar de su vociferada voluntad de ‘erradicar a Israel del mapa’ que lo coloca al borde de una guerra nuclear. Pese a su ostentosa arrogancia, Irán está de rodillas y es así como Trump lo quiere tener a la hora de sentarse a negociar.

Definitivamente, desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca el mundo se tuvo que rendir ante la evidencia de que Estados Unidos es y será, por largo tiempo, la única superpotencia. Pese a los fiascos de administraciones pasadas en Afganistan, Irak, Irán, Rusia , China, Europa... Y Trump se encarga de recordárselo en cada minuto que pasa.

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