mabel lara

El buen experimento

La historia nos remonta a la década de 1920 a 1930 en Estados Unidos con los movimientos religiosos metodistas en todo su furor, que apegados a los principios morales de la época y las buenas costumbres motivaron la prohibición del consumo de alcohol en América del Norte.

Los antecedentes estadísticos que reposan de la época conocida como Prohibicionista hablan del año 1830 donde los estadounidenses mayores de 15 años consumían el equivalente a siete galones de alcohol puro, unos tres tragos diarios. En los años 1850 a 1890 el consumo de cerveza creció desmesuradamente y el número de tabernas aumentó de cien mil a trescientas mil en 1900, con centenares de historias de hombres borrachines que dejaban a su suerte decenas de hijos y viudas por doquier.

Así nació la ley ‘Prohibición’ que estableció la enmienda 18 de la Constitución y que prohibía la venta, transportación y fabricación de bebidas tóxicas para su consumo en los Estados Unidos. La mamá de la reglamentación que hoy conocemos como ley seca en América del Sur y más específicamente en Colombia donde hemos sabido copiar muy bien modelos de desarrollo y vida de los vecinos del norte.

Lejos de cumplir su cometido, la ley seca se convirtió en todo un fracaso. El movimiento prohibicionista alimentó el consumo desmesurado de licor adulterado y parió la llegada de los muy famosos gánster recreados en producciones cinematográficas como ‘Los intocables’, con interpretaciones magistrales de Robert de Niro, Sean Conery, Andy García y Kevin Costner.

El buen experimento, como también se llamó a la restricción, no logró detener el consumo de alcohol. La ilegalidad desencadenó una serie de actividades alternas que desataron la corrupción. Lo prohibido como suele suceder se volvió más atractivo y las intoxicaciones etílicas se multiplicaron.

La oposición a la ley seca que finalmente logró desmontar la decisión en 1933 esgrimió el argumento de darle exceso de poder al gobierno sobre el individuo y en la práctica reconocer que el alcoholismo no sólo no desapareció, aumentó y eran más los riesgos por prohibir que por controlar.

Acudiendo a la misma justificación rechazo profundamente la restricción que este fin de semana implementó el alcalde Maurice Armitage en Cali. Cuando usted esté leyendo esta columna podrá calificar de positiva o negativa la orden por los resultados.

Sin embargo en el fondo, una vez más papá Armitage nos deja ver su mirada más autoritaria para gobernar. Desde el prohibicionismo hemos escuchado una y otra vez que nos quitarán el fútbol si siguen los muertos, que nos quitarán la fiesta para evitar asesinatos, dejando a un lado la función del Estado de acompañamiento y restringiendo las libertades ciudadanas que ya por cuenta de las legislaciones hemos ganado hace décadas.

Muchos me dirán que somos un país inmaduro y que por eso se justifican estas medidas para salvar vidas, pero yo sigo acudiendo a las libertades individuales y al fracaso del prohibicionismo. Estados Unidos hace 80 años nos lo demostró, ¿cómo es posible que en pleno Siglo XXI sigamos acudiendo al retrogrado modelo? Definitivamente la restricciones administrativas en Cali en los últimos años hablan más de quienes nos están gobernando que de los gobernados.

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