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Polarización

“Si la sal se corrompe” reza el adagio popular, que cae como anillo al dedo para describir los resultados de las elecciones en Finlandia, país que aparece en los primeros lugares en todos los índices que miden desarrollo humano, educación, bienestar, nivel de vida, ingresos, igualdad y felicidad. El partido ultranacionalista, antinmigrantes, anticambio climático, ‘Finns’ obtuvo el segundo lugar en los recientes comicios a menos del uno por ciento del ganador, el partido social demócrata. Hasta esa sociedad y sus hermanas escandinavas están cayendo en el fenómeno de la polarización extrema, que está fracturando las sociedades del mundo a través de múltiples fallas, creando pocos espacios de conciliación, generando verdades absolutas, transformando la política y convirtiendo el gobernar en el ‘arte de lo imposible’.

Contribuyendo a la polarización está el despertar de las mayorías, lo que se conocía como ‘la mayoría silenciosa’ que ya no lo es más, que expresa en las urnas sus odios, resentimientos y aversión hacia las minorías cuyos derechos han sido privilegiados por las democracias en las últimas décadas. Los derechos de las minorías raciales, religiosas, étnicas, de orientación sexual y otras, están siendo percibidos por algunos sectores de las mayorías como menoscabo a los suyos. Las dificultades económicas en el planeta, especialmente en las clases medias, han generado altos niveles de ansiedad social, propicios para acoger y adoptar posturas extremistas.

Los procesos de paz que buscan darle fin a largos conflictos internos son fuente por excelencia de polarización. Lograr la paz entre grupos que han batallado por años implica concesiones que amplios sectores de las sociedades no están dispuestos a hacer, ya sean estas económicas, políticas, en el espinoso tema de justicia o ceder privilegios considerados ‘divinos’.

La polarización que vivimos en Colombia desde el plebiscito del 2 de octubre de 2016 repite el patrón que se vivió en El Salvador, Guatemala, Mozambique, Filipinas, Israel, Angola, etc., tras la firma de los acuerdos de paz, la mayoría de los cuales terminaron sucumbiendo, víctima de las fracturas irreconciliables que estos procesos causaron.

Las redes sociales con el anonimato, la velocidad de difusión, las ‘bodegas’, ‘troles’ y demás criaturas de la fauna digital, sirven de caja de resonancia para las posiciones políticas extremas, odios, exclusiones y descalificaciones, fomentadas además por pescadores de río revuelto que buscan acceder al poder, beneficiándose de esa polarización. Dictadores, autócratas en ciernes y populistas de todos los pelambres como Hugo Chávez, Tayyip Erdogan, Rodrigo Duterte, Víctor Orban, Mateo Salvini, Evo Morales y una pléyade de símiles, fomentan la polarización, dividen las sociedades entre buenos y malos, ellos y nosotros, de aquí y de allá.

Desde su llegada al poder Chávez se dedicó a fragmentar la sociedad venezolana, el término ‘pueblo’ aplicaba solo a sus seguidores, los opositores fueron tildados de vendepatria, pitiyanquis y traidores y no eran parte del ‘pueblo’. Así construyó esa ‘clientela chavista’ que ha sido clave para la permanencia en el poder suyo y de su sucesor designado Nicolás Maduro, quien ha usufructuado esa polarización.

Superar la polarización en las sociedades es un ejercicio complejo in extremis, requiere liderazgo, circunstancias propicias y conciencia colectiva. Lo anterior no parece abundar por estos días.

Sigue en Twitter @marcospeckel

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