mario fernando prado

“Sos un pésimo pianista”

Lo anterior y hasta cosas peores le hube de soportar. Esa vez porque hice una mezcolanza de canciones y pasé de Edith Piaf a Tito Cortés, perpetré El sotareño con ritmo de chachachá y Begin the beguine como si fuera un tango, el que terminó bailando sola, feliz de la vida, no sin antes vaciarme con la autoridad que le conferían sus vastísimos conocimientos musicales.

Siempre nos íbamos juntos a los congresos gastronómicos de Popayán en los que era la vedette que todos saludaban con respetuosa admiración. En el viaje de ida llevaba el mejor de los whiskys, unas copitas de plata brilladas con la exigencia que siempre la caracterizó y unas nueces aderezadas por ella, que mezclábamos con una carne de cerdo ahumada que preparan a borde de carretera -“el humo del exhosto de los camiones le mejora el bouquet”, solía decir- y atérrense, la pasaba con un masato tan fermentado que hacía levitar la tapa de la olla, terminando la ingesta matinal con el pandebono de Pescador, “el mejor del mundo, pero lo han dañado”, comentario que finalizaba con la sentencia “estás manejando como un loco”.

Ya en la Ciudad Blanca se emperifollaba y se mezclaba con sus ancestros pontificando de lo divino y de lo humano como era su costumbre, porque sabía de todo: de historia, de culinaria, de boleros, de joyas, de procesiones y de política -fue liberal del Pantano de Vargas y antiuribista para más señas- y ¡ay de que la contradijeran!

Tenía un estómago privilegiado: antes de los almuerzos del congreso, se iba al Parque de Caldas a probar las delicias de los fogones ancestrales de las cocineras del viejo Cauca y después y como si nada, presidía las mesas con los potajes y las viandas que traían de otros países.

En alguna oportunidad fue abordada por un patojo rimbombante que la colmó de honores, con frases alambicadas y trozos de empalagosos sonetos piedracielistas. Acosada por tan impertinente personaje me llamó y al oído me preguntó, abro comillas: “¿Quién es ese hp que me está hablando?”.

Así era ella: impertinente, libertaria, con un sentido del humor bastante cáustico, pan pan, vino vino, poco simpática cuando no se le conocía, con pinta de papisa y todo lo que quieran, pero eso sí, leal amiga, extraordinaria conversadora, inmejorable compañera de viaje, única e irrepetible.

“Yo soy muy fea para salir en tu programa”, me dijo muchas veces esquivando que la entrevistara, porque un personaje como ella merecía toda suerte de reportajes sobre su trayectoria y sus infinitas experiencias.

En las Semanas Santas, compartir con ella la suite principal del Hotel Camino Real -en donde le tenían pánico por sus críticas siempre constructivas a la comida- era toda una fiesta. Conocía ‘de pe-a-pa’ todos y cada uno de los pasos de todas las procesiones mezclando sus expertas explicaciones con una jodedera que impedía aburrirse.

Hizo junto con nosotros el año pasado un viaje a su querida Popayán. De regreso, compró dos bultos de granadillas del Quijo y dos centenares de tamales de pipián. Cuando tomamos carretera escuchando ‘Non je ne regrette rien’ iluminados por ese sol de los venados, propio de los atardeceres del Valle de Pubenza, algo me dijo que era su última visita a su “ciudad de piedra pensativa”.

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