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Autores en su patio

Las tradiciones literarias se fundaron por esa selección natural que puso a los autores delante del paisaje y sus circunstancias, por fuera de una intención histórica y por supuesto, más allá de la voluntad de sus protagonistas.

En la historia americana, desde el norte, alguna vez el escritor estadounidense Ernest Hemingway declaró que “antes de Mark Twain no teníamos nada…”. Twain (1835), viajó desde el Sur, desde Hannibal en Mississippi, hasta la progresista Connecticut, el Estado que a fines del Siglo XIX y comienzos del XX, ya era un emporio editorial. La naturaleza puso a Twain muy cerca de Emily Dickinson (1830), la poeta de Amherst, Massachusetts, y la sacó del claustro monástico en el que vivía a través de una pequeña publicación donde se conocieron sus primeros poemas. También, ese mismo mundo en el que florecían los pintores naturalistas y las teorías acerca de la ‘Desobediencia civil’ de Thoreau, hizo que frente a la casa de Twain en Hartford, viviera, por un azar feliz del destino, Harriet Beecher Stowe, la autora de ‘La cabaña del tío Tom’. De tarde en tarde, ella y Twain se reunían al aire libre para tomar un té; ambos antiesclavistas, ambos con una crítica ácida y a veces humorística del modelo político y económico de su nación.

Esos hilos invisibles del tiempo, unieron en una urdimbre hoy histórica, el inicio de una tradición literaria en Norteamérica. Emily, Twain y Stowe.
Entre nosotros es circunstancia feliz el que haya sido el Valle del Cauca el escenario de la primera novela romántica del continente (1867), unida al nacimiento de una literatura a caballo entre la historia y la ficción (Ver ‘El Alférez Real’, 1886). Su autor, Eustaquio Palacios, nació en Roldanillo en el mismo año de la poeta Dickinson, 1830, pasó la mayor parte de su vida en Cali, estudió Latín en el convento de los Franciscanos, y Ciencias Políticas en Popayán. El advenimiento de una tradición poética premoderna, permitió en la segunda mitad del Siglo XX la aparición de una literatura urbana, contestataria, de ruptura con el pasado. Desde el movimiento Nadaísta, poetas como Jotamario Arbeláez, Elmo Valencia, el Nadaísta de Cartago, pusieron la semilla de un canto quebrado, oscuro, para traducir el mundo obrero, la vida de los barrios, la desazón de la existencia.

Si tuviéramos que referirnos a una tradición literaria en Colombia es menester mencionar ese momento en que, también, tejido por los hilos del azar se reúnen en una tienda de cazadores en Barranquilla, entre 1940 y 1950, Gabriel García Márquez, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Ramón Vinyes, entre otros.

En Cali, desde orillas diferentes, Andrés Caicedo Estela y Umberto Valverde abrieron la llave de la música en escenarios cruzados por el amor, la sorpresa del descubrimiento, la noche y sus acechanzas. Cali, particularmente fue profusamente narrada en el siglo pasado y en este que ya despunta. Hablo de autores como Fabio Martínez, Humberto Jarrín, Germán Cuervo, Harold Kremer, Ignacio Izquierdo -acaba de publicar la novela ‘Cuadros de una exposición’-, Alberto Esquivel, Orietta Lozano, Ángela Becerra, Pepe Zuleta.

Más recientemente se destaca el trabajo literario de Julián Chang, Jair Villano y Harold Pardey, jóvenes de los que se hablará necesariamente en los años por venir. Julián es el autor de ‘Cuando suena la brisa’, una novela llena de Cali y de música. Villano acaba de publicar ‘Escribir por escribir’.

Hoy, se perfila como cuentista Jaime Galarza Sanclemente, quien dio a conocer inicialmente unos cuentos con seudónimo, y como novelista Óscar Hernán Correa Victoria. Desde la orilla del Pacífico, William Vega, Oscar Seidel y el Moro Manzi dan a conocer su narrativa de novelas y cuentos en los que se reconoce una criba de años, una prosa cuidadosa y poética.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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