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Nuestra ‘troyca’ tributaria

Ya es tiempo de que admitamos que en Colombia existe una ‘troyka’ tributaria compuesta por los tres entes político administrativos: el nacional, el departamental y el municipal, que ya nos exige revisar la funcionalidad general de la descentralización del país.

Los efectos de las ya rituales reformas tributarias, que la única reforma que hacen es subir el monto de los impuestos con el disfraz de estructurarlos, nos está demostrando que la ‘troyka’ tributaria está pesando tres veces sobre cada ‘troyko’ (ciudadano de cada administración), en tanto y cuanto los departamentos y municipios sigan a su gestor, el Gobierno Nacional, en la elaboración de sus presupuestos, que cada vez pesan más por el simple hecho de la evolución poblacional.

Un reciente informe sobre los aumentos que las grandes ciudades requieren para atender su crecimiento, empezando por Bogotá, nos muestra la magnitud del costo del desarrollo urbano, espoleado por el tránsito de personas del campo a las ciudades por el trampolín del deseo de una mejor vida y opción de trabajo ante la incapacidad del Plan de Desarrollo para mejorar el nivel de vida en el mal llamado campo, que según algunos sarcásticos solo sirve para que la gente se vaya de él, esto, cuando más se necesita que se quede para sostener el equilibrio productivo nacional.

La ciudad es el gran atractivo porque le mejora a la gente algunas expectativas pero le cuesta a la ciudad en términos de transformación. Así las cosas, ese costo es el que hace que las ciudades tengan que pensar y actuar en su desarrollo, que en el caso de Colombia, está golpeándolas velozmente una combinación de concentración capitalina de poder (Bogotá) y una concentración regional de no poder (provincia).

La gran realidad de Colombia hoy es que la plata no alcanza para cubrir las necesidades fiscales nacionales, departamentales y municipales, con sus veredas, dado que el desarrollo concatenado de las fuentes (impuestos de toda índole) se ve mal distribuido entre los tres integrantes de la ‘troyka’ o mal asignado a las reales necesidades, por culpa del síndrome burocrático de suntuosidad o capricho.

Es inconcebible que los gobiernos no se hayan identificado con la realidad de que el crecimiento físico que ellos mismos alientan (particularmente con la politiquería promesera) exige atenciones sustanciales de operación social que no se pueden financiar sino con agresivos planes de crecimiento del trabajo productivo poblacional, primera víctima de cualquier aumento innecesario de cargas fiscales.

El gobierno, como un todo, debe entender que si la población no tiene, mediante un modelo de trabajo bien estructurado (como se dice de la reforma tributaria cuando se la califica de estructural), no podrá ni cubrir sus gastos básicos, ni tener opciones de mejora de vida, ni pagar impuestos. El cuento de la gestión social financiada con impuestos es un engaño para cubrir con limosna la inoperancia del Estado y corrompe la sociedad.

Nuestra mecánica informativa no ha podido decirle a Colombia cuántas personas trabajan en el Gobierno, haciendo qué y ganando cuánto, y cuántas trabajan en la economía abierta y cuántas no trabajan en ninguna economía (y por qué no lo hacen o no lo pueden hacer) y primordialmente, cuánto cuestan. Solamente cuando hagamos este ejercicio tendremos la autoridad moral para hacer malabares tributarios.

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