óscar lópez pulecio

Superioridad moral

Cuenta Bill Clinton en su extensísima autobiografía, que lo que más le molestaba de los republicanos, quienes habían logrado la mayoría en ambas cámaras en la elección de medio término de 1994, la cual fue una desconsoladora derrota para el Presidente que recién comenzaba, era sus aires de superioridad moral. Era una clase de personas que él conocía bien pues se había criado entre ellas en su natal Arkansas: hombres creyentes, blancos, fieles seguidores de su religión, trabajadores y austeros, que respaldados en esos antecedentes, se consideraban con el derecho a pensar que todas sus acciones políticas eran correctas.

La cara oscura del conservadurismo sureño blanco: “Gente que afirmaba que su piedad y su superioridad moral eran suficiente justificación para reclamar su derecho al poder político y para satanizar a quienes discreparan de ellos, generalmente respecto de los derechos civiles”. Buenos cristianos, pero también intolerantes y racistas.

Ese mismo aire de superioridad moral se respira hoy en la política colombiana, con protagonistas parecidos. Líderes que consideran que su religión, su amor a la Patria, su rectitud social y su compromiso con un credo ideológico, forman un conjunto de valores moralmente superior a otros, que les da patente de corso para descalificar a los demás, para declararlos enemigos del bien común y para enarbolar sus ideas políticas como la verdad revelada. Naturalmente, llevar el debate político al terreno moral, que es un asunto personal, es un camino escabroso, porque ningún hombre público está libre de su pasado, ni de sus pecados. Sin embargo, ese es el terreno en donde se plantea el tema de la polarización política para darle un poco de oxígeno pues su agotamiento es evidente.

El gran reparo de la derecha política en Colombia, agrupada bajo un manto tan artificial como la llamada coalición de No, es de carácter moral: un Presidente sin principios morales, sin patriotismo, que entregó el país a las Farc para su gloria personal. Para esos hombres probos, las concesiones que se hicieron a la guerrilla para que se desmovilizara y se incorporara a la sociedad, están basadas en falsos valores republicanos, en la impunidad, en el triunfo del terrorismo, en cálculos políticos que ensombrecen el futuro de la democracia, cubiertas por un manto de inmoralidad.

Así es como se ha querido limitar el debate político a una lucha entre el bien y el mal, entre el oro puro y la escoria, entre el sí y el no, estrategia que tuvo éxito en la campaña plebiscitaria de ratificación de los acuerdos de La Habana, tontamente emprendida por un Gobierno con mayorías parlamentarias, las cuales al final salvaron el día. Pero no parece que esa estrategia vaya a seguir rindiendo frutos indefinidamente, porque todo indica que la mayoría de la opinión pública, que en su conjunto apoya líderes de los más variados pelambres ideológicos, piensa más en que debe haber un ambiente político de reconciliación que permita a colombianos de diferentes clases e ideologías, disentir y vivir en paz.

Decía el mismo Clinton ante la descalificación de quienes se consideraban sus superiores morales: “Yo creía que en Estados Unidos podíamos construir una unión más perfecta, ampliar el círculo de la libertad y de las oportunidades, y reforzar los lazos de la comunidad por encima de las divisiones que nos separaban”. Y tenía razón.

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