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Una partida de HP’s

“Honorable Parlamentario”. El nuestro no es un régimen parlamentario, pero a ellos les encanta que los denominen de esa manera.

Suelen llamarse así entre ellos cuando pronuncian sus discursos patrioteros. Y algunas veces firman sus cartas con las respectivas iniciales del ‘título nobiliario’ que ostentan. “HP. Fulanito de Tal”.

Con el ‘Honorable’ por delante. Como si sintieran con angustia la necesidad de ser reconocidos por sus semejantes como personas honorables, porque temen que nadie les crea. También les gusta que los llamen “Padres de la Patria”, aunque sean los peores ejemplos de la paternidad en este país huérfano.

Unos llegaron a la política por convencimiento. Otros no tienen idea de qué se trata pues la recibieron como herencia familiar. Y muchos más, porque tuvieron la habilidad de ver en ella el camino más fácil para llenarse los bolsillos sin tener que trabajar.

Son, en resumen, los congresistas. Un pequeñísimo club de privilegiados -apenas 274 miembros-, al que cada cuatro años los votantes le entregamos la responsabilidad de intervenir sobre los asuntos más importantes de nuestras vidas.

Ellos pueden decidir, por ejemplo, cuánta plata debemos entregarle al Estado a través de impuestos. Y cuánta de esa misma plata debemos invertir en educación para nuestros hijos. O en construcción de hospitales. O en carreteras para que los campesinos puedan sacar a la ciudad los productos que cultivan en sus tierras.

Ellos pueden decidir, de hecho, cuáles son las mejores maneras de repartir la tierra para que se convierta en un motor generador de desarrollo para todos nosotros.

Y en un futuro muy cercano decidirán cuántos años más tendremos que trabajar los hombres y las mujeres para tener el derecho a recibir una pensión.

No es, por tanto, una misión cualquiera. Tomar decisiones sobre infinidad de asuntos que pueden afectar de mil maneras la vida de millones de personas, es una tarea para mentes sabias, espíritus iluminados y corazones justos.

Sobre todo en un país como este, que se ha empeñado en desconocer sistemáticamente dos o tres cosas que la naturaleza nos ha mostrado desde siempre: que aquí tenemos riquezas más que suficientes para que todos podamos vivir con dignidad, que colectivamente podríamos multiplicar aún más ese estado de abundancia y que no es necesario matarnos por pensar diferente sobre cómo administrarlo.

Pero esa misión ha caído -desde hace ya un tiempo bastante largo- en manos de una gentuza que desconoce la importancia de la responsabilidad que tiene sobre sus hombros. Gente pequeña en visión y grande en ambición. Gente experta en pensar en las próximas elecciones, antes que en las próximas generaciones. Gente dedicada a negociar, antes que a estudiar. Gente dispuesta a transar, a cualquier precio, antes que a pensar.

Son los expertos en la ‘coima’ y en el ‘ceveyé’. Los que compran votos, contratos y conciencias. Los que juegan con el hambre de nuestros niños y el esfuerzo de los empresarios. Los que ayudaron a que en el último año se esfumaran, como por ‘arte de mafia’, $9,6 billones por cuenta de la corrupción, según la Contraloría General de la Nación.

No se desgasten y no se equivoquen. La primera misión que tenemos en este 2018 no es definir a quién elegiremos como Presidente, sino cómo haremos el próximo 11 de marzo para depurar y renovar el Congreso. Porque es allí donde podemos empezar a construir una nueva Colombia. Y me temo que hay una partida de HP’s interesados en que no lo hagamos.

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